lunes, 11 de junio de 2012

EL CAJERO



Ayer me pasó una de esas cosas curiosas que me hacen preguntarme hacia dónde vamos, y, sobre todo, cuánto de bueno estamos perdiendo por el camino. Todo surgió por una trivialidad, un hecho sin importancia, pero que me dio para pensar un rato largo.


            Me dispuse a hacer una transferencia bancaria por internet. Reconozco que esas cosas aún son terreno virgen para mí, no me suelo ocupar yo de esos asuntos, pero esta vez me tocó arremangarme. El asunto era enviar dinero a la cuenta de unos amigos que se casan, un regalo de boda. Comencé la operación. No sé qué botón apreté, pero me dio un error. Lo volví a intentar. Me equivoqué de cuenta. Otra vez a empezar. Todo iba bien hasta que me pidió la firma electrónica. “¡Cielos! ¿Cómo era?”. Me exprimí las meninges durante un rato, pero no di con la respuesta acertada, y a la tercera intentona… ¡cataplof! Cuenta bloqueada. Estupendo. Como dicen en mi tierra, “para una vez que me arremangué, se me vio el trasero”. No me quedaba más remedio que esperar a la mañana siguiente para desplazarme a otra población, buscar una oficina de la entidad bancaria en cuestión y hacer el ingreso en ventanilla.


            Con esa disposición fui en cuanto dejé las niñas en el colegio. Cogí mi coche, salí del término municipal y me planté en el pueblo de al lado (en el que no hay cristiano que aparque, por cierto, ir allí siempre es una experiencia hostil) y me dirigí a la calle en la que están todos los bancos. Malo sería que no hubiese una sucursal del que yo buscaba. No la había. Fantástico. Vuelta a empezar. Dos pueblos más allá logré encontrar una, y conseguí dejar el coche a solo seis manzanas de mi objetivo.


            Esperé la cola de la ventanilla. Media horita, más o menos, solo había un empleado para atender a bastante gente. Cuando llegó mi turno, le alargué la tarjeta con el número de cuenta de los novios, saludé educadamente y dije: “quiero hacer un ingreso en efectivo a este número de cuenta”. Para mi sorpresa, el señor bancario se levantó con fastidio y me dijo: “acompáñeme”. Me llevó a la puerta de la oficina, hizo cola conmigo en el cajero, y como si fuera una niña pequeña se dispuso a enseñarme a hacer el ingreso directamente en la máquina. Me quedé muerta. “Apriete aquí, teclee allá, meta los billetes por acullá, escriba su nombre, ponga el concepto…” Yo no miraba ni a la pantalla. Le miraba a él.


            Recuerdo que, cuando era pequeña (y no hace tantos siglos de eso), rompía periódicamente mi hucha e iba, de la mano de mi padre, a ingresar los ahorros en mi cuenta. El empleado solía ser un señor bien vestido, con la camisa planchada, corbata, las uñas cortas y limpias, peinado y bien afeitado, con un olor a Aqua Velva o a Floïd que traspasaba la ventanilla. Después se fueron incorporando mujeres, y solían ser señoras y señoritas de cuidado aspecto, agradables, arregladas y estupendas. ¿Dónde está toda esa gente? ¿Ya no se les exige una presencia correcta para estar cara al público haciendo malabares con nuestro dinero? Yo miraba al señor que me estaba instruyendo en el uso del cajero automático último modelo súper chachi-guay, en vaqueros, sin afeitar, con el bigote tapándole la boca, la camisa por fuera y zapatillas de deporte. De diseño, pero zapatillas. Y me dio vergüenza ajena. Ya ni eso se respeta, es lo que necesitaban los bancos para perder la poquísima credibilidad que les quedaba: estar atendidos por empleados desaliñados, desganados, desmotivados y descorteses.


            Cuando acabó de instruirme con su aire cansino, no me pude resistir y le dije: “estupenda maquinita, ¿ha caído en que cuando nos haya enseñado a todos a usarla usted se quedará sin trabajo?


            Si las miradas matasen hoy estaríais de entierro, rezando por mí. Pero es que si me muerdo la lengua, me enveneno.

2 comentarios:

  1. jajajjaa,tienes toda la razon,como ha cambiado todo....

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  2. Una anécdota para pensar. La realidad ha cambiado pero lo importante es que se perdieron valores como la cordialidad y otros. Recuerdo aquella canción de Serrat sobre el banco que está ahora donde había un cine... Muchas gracias! Alberto Auné

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