jueves, 28 de junio de 2012

EL DIOS EN PRÁCTICAS


            Nadie nace sabiendo. Ni siquiera los dioses. Por eso, cuando el Dios del que voy a hablaros decidió crear un mundo para gobernarlo, se equivocó. Mucho.

            Primero, antes que nada, creó la naturaleza, pero olvidó darle el aire para respirar y todo murió. Aprendió de su error y dejó ese primer planeta desierto colgando en el espacio.

            Creó un nuevo mundo, hizo la naturaleza y le dio oxígeno, pero olvidó hacerlo junto a una fuente de calor, no lo puso cerca de ningún sol, sino en medio de la nada, y todo se congeló sin remedio. La vida no era posible. Abandonó su segundo intento fallido en el vacío y buscó otro lugar para empezar de nuevo.

            Liberó una tercera bola de masa, más cerca de una estrella. Inició de nuevo el proceso, pero cuando la temperatura fue idónea y el aire respirable, olvidó dotarlo de agua, y de nuevo la vida fue imposible. La muerte de aquel mundo fue más lenta que la de los anteriores, pero el final fue inevitable. Y el Dios en prácticas, que había tomado buena nota de todos sus errores, abandonó aquel nuevo intento fallido y buscó un nuevo lugar.

            Siete tentativas fueron necesarias para que al fin consiguiese su objetivo, pero al fin, a la octava, lo logró: un mundo estable, con capacidad para mantenerse vivo gracias al aire, al agua y a la luz. Un sistema en equilibrio. Era hora de poblarlo. Como no era el más imaginativo de los seres (el que dijo que Dios era perfecto se equivocaba, ni siquiera él lo era), creó unas primitivas bacterias y las echó al agua. Y esperó a ver lo que ocurría. Esperó tanto a que evolucionaran que le entró sueño y durmió durante algunos millones de años. Cuando despertó, ya el hombre había llegado a ser “presuntamente sapiens” y manejaba la Tierra a su antojo.

            El Dios en prácticas se enfadó mucho: no le hizo ni pizca de gracia el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Una parte de la humanidad creía en un Dios que no era él. Otra parte creía en otro, y afirmaba que era el único, asesinando y persiguiendo a los que no pensaban lo mismo y pregonando que se lo mandaba “su Dios”. El resto de dioses que habían creado los otros mundos, más viejos y con mucha más experiencia, le miraban preocupados. Se le estaba yendo todo aquello de las manos.

            El ser humano de aquel mundo de prueba fue perdiendo el respeto por cuanto le rodeaba, y no dudaba en destruir todo aquello que le molestaba. Si sus cosechas se veían amenazadas por la lluvia, ahuyentaba las nubes, y rompía el equilibrio. Si un bosque le estorbaba para hacer casas y enriquecerse, le prendía fuego. Si un animal le parecía peligroso lo exterminaba. Si otro hombre tenía algo que él ambicionaba, se lo quitaba o lo mataba. La humanidad se organizó en sistemas tan caóticos y estúpidos que la comida se pudría en los almacenes mientras los niños se morían de hambre, valoraban el oro más que el agua y que el aire, y llegaron a ser una amenaza para toda su creación.

            El Dios en prácticas decidió que debía hacer algo al respecto, y mandó la esterilidad al hombre para que dejase de multiplicarse. Así, en el plazo de unos ochenta o noventa años, habrían muerto todos y el planeta podría regenerarse y sobrevivir. Pero el ser humano buscó la forma de continuar engendrando individuos desafiando las leyes naturales mediante la ciencia, así que el Dios novato se vio en un cruce de caminos: o exterminaba al hombre con sus propias manos o dejaba que él se destruyese a sí mismo sin mancharse la túnica ni la conciencia.

            El resto de dioses creadores de los otros mundos fueron a visitarle y a ofrecerle consejo. Les explicó su problema, y todos movieron la cabeza consternados. “Bueno, equivocándonos es como aprendemos. No te molestes en aplastarlos, ellos solos se extinguirán cuando hayan acabado con todo lo que les rodea. Ya no es tu problema. Lo mejor es que comiences de nuevo, y esta vez procura no dormirte”.

            El Dios en prácticas se fue de gira por los mundos gobernados por los otros dioses. Miró, observó, anotó y aprendió, y después de ver cuanto necesitaba ver volvió a su creación, que ya agonizaba entre humos, incendios, inundaciones, terremotos y miseria. Cuando ya el último ser vivo había dejado de respirar, empujó la bola de aquel mundo muerto para hacer sitio a su noveno intento.

Mientras comenzaba de nuevo, miró los ocho fracasos anteriores girando inertes alrededor del sol, y de verdad deseó que esta vez todo fuera distinto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario