martes, 5 de junio de 2012

EL LADRÓN DE CAMPANADAS



            El ritmo de la vida en muchos pueblos aún se rige por el sonido de sus campanas. En este, donde yo vivo, así es. A las ocho de la mañana comienzan a sonar para dar puntualmente las horas, las medias y los cuartos. Y a las diez de la noche tocan por última vez hasta el día siguiente, para no perturbar el sueño de los vecinos. El reloj que las emite está conectado a la megafonía del pueblo, de modo que las señales horarias resuenan por los altavoces colocados en todas las esquinas y calles; así nadie, por lejos que viva del ayuntamiento, se pierde su sonido.


            Cuando llegué aquí me resultó extraño; no es una práctica habitual en los pueblos del norte, en los que la gente vive más “para dentro”, y cada uno se ocupa de sus asuntos. Aquí se convive más en la calle, se comparte más con los vecinos, y las campanadas del reloj consiguen que el ritmo de toda la comunidad sea el mismo. Por ejemplo, cuando suenan las ocho, cada día, la señora Isabel abre su puerta y sale a barrer la calle. Al dar la media, la furgoneta de reparto del horno cierra la portezuela y arranca con un fuerte acelerón. Al dar las nueve, las terrazas se llenan de mamás que acaban de dejar los niños en el cole y van a tomarse un cortadito. Al tocar las diez ellas se van y llegan los hombres a almorzar, y al sonar la media se levantan apresuradamente para volver al trabajo. El cartero sabe que si al oír las doce campanadas aún no ha llegado al barrio alto ese día no acabará el reparto… en fin, ese sonido vertebra el pulso de todo un pueblo.


            El reloj comenzó a saltarse campanadas hace un par de semanas. A las nueve faltó una, volvieron a sonar las ocho, y algunos niños llegaron tarde al colegio porque pensaron que se habían equivocado. La señora Isabel volvió a salir a barrer la calle jurando para sus adentros que aquello ya lo había hecho, y preguntándose si no comenzaba a estar demasiado mayor y a chochear. A mediodía faltó otra campanada, sonaron las once. El cura no tocó la hora del Ángelus, y las beatas, despistadas, se olvidaron de rezarlo.


Al día siguiente, a las diez y media volvió a tocar diez y cuarto. Los hombres continuaron con su almuerzo y su charla, y se dieron cuenta al oír las once menos cuarto de que llegaban tarde y se habían ganado una buena bronca de sus jefes. Todo se desajustaba al faltar esos toques precisos. El reloj de ayuntamiento debía haberse estropeado.


El alcalde, desbordado por las quejas de los vecinos, llamó a un técnico. No encontró nada en el reloj. Debía ser cosa de la megafonía entonces. Llamó a otro técnico, que revisó los altavoces, amplificador y cables. Todo funcionaba bien, nadie encontraba la avería. ¿Qué sería lo que estaba restando campanadas al tiempo del pueblo?


Lo descubrí por casualidad. Fui a hacer un trámite a la casa consistorial, encontré la puerta del cuarto donde trabaja el reloj abierta y entré. Sentía curiosidad. Aquella mañana aún no había faltado ninguna campanada, y en pocos minutos deberían sonar las de la una menos cuarto. Volvieron a escucharse las doce y media. Se acababa de perder un sonido. Sin hacer ruido, casi sin respirar, esperé. Le vi salir de detrás del equipo de megafonía. Era una cucaracha enorme, la más grande que vi nunca. Se asustó al darse cuenta de que yo estaba allí.


En concreto era un cucaracho. Se llamaba Tolón, según me dijo. Era el único superviviente de una gran familia con muchas generaciones de cucarachas. “Soy un prodigio de adaptación”, me dijo. “Como no hacéis más que envenenarnos para exterminarnos, y habéis acabado con todos mis parientes, no he tenido más remedio que vengarme. No sabes cuánto me divierte ver lo simples que sois los humanos, os robo una campanada de vez en cuando y solo con eso ya os molesto, os trastorno, os hago la puñeta, y lleváis dos semanas sin tener ni idea de lo que pasa. Solamente tengo que saltar a la cuerda con este cable, y vuestro control del tiempo se va a freír espárragos. Os está bien empleado por asesinar a mi familia, criminales, que sois unos criminales”.


El técnico del reloj y el de la megafonía cobraron al ayuntamiento sus horas de trabajo revisando los equipos. Yo solucioné el problema con un golpe de escoba. Y gratis. Realmente soy tonta, debí pasarle una factura al alcalde por devolverle al pueblo la normalidad y todas sus campanadas. Ya lo sé para la próxima vez.

1 comentario:

  1. Qué asco! Yo no hubiera podido acabar con el problema, les tengo una fobia... :S

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