miércoles, 20 de junio de 2012

EL LADRÓN DE PINZAS



            A falta de balcón en su pequeño piso, Paula tendía la ropa en la terraza comunitaria. Es una costumbre bastante extendida en la zona mediterránea, donde no llueve demasiado y no es necesario, como en el norte, acabar los edificios con tejados a dos aguas. Lo habitual por allí es culminarlos con terraza llana y pisable, y colocar cables de acero forrado para que los vecinos puedan tender en ellos. Cada vivienda cuenta con su cable, pero son pocos los que los usan. Paula sí lo hacía.


            En el cesto de Paula había pinzas de plástico y madera, de varios tamaños y muchos colores. Conocía gente que solamente usaba las de madera, o únicamente de un color de plástico, pero ella no era escrupulosa. Mientras sujetasen la ropa, ya estaba bien. Un día, de pronto, comenzó a notar que le faltaban algunas. Pensó que quizá el viento, al agitar las sábanas, las hacía caer, aunque en el suelo no había ninguna. No le dio importancia, pero comenzó a contar cuántas pinzas ponía en cada prenda.


            Una colada tras otra se dio cuenta de que invariablemente desaparecían dos cada vez que tendía. Ni una más, ni una menos. Y siempre eran de madera, de las más nuevas. Marcó algunas con un rotulador, pero luego no las vio en las cuerdas de ningún vecino. Quien se las quitaba no las usaba para tender en la terraza. Pronto advirtió que desaparecían las que no estaban marcadas, así que rotuló en una pata todas las que tenía de madera.


            Después de ponerles su inicial dejaron de faltarle pinzas. Por fin había acabado con el problema, o eso creía Paula. Durante varias semanas se despreocupó del tema, hasta que un día, cuando subió a por la ropa seca, vio que dos de las pinzas mostraban su marca en ambas patas: el ladrón había desmontado cuatro, se había quedado con cuatro patas sin marcar y dos muelles, es decir, dos pinzas completas y limpias, y con el resto del material había reintegrado dos pinzas más y las había vuelto a colocar en la colcha que había tendida en el cable. Paula se quedó perpleja. ¿Quién iba a tomarse tantas molestias para quitarle dos miserables pinzas de tender la ropa?


            En la siguiente reunión de vecinos se quejó del tema. Nadie sabía nada, las vecinas que usaban también la terraza para tender se ofendieron, se sintieron acusadas y eso ocasionó un malestar que Paula no quería causar, pero que fue inevitable. Tenía que hacer algo, y después de disculparse con todos, se marchó a la tienda, compró un paquete de veinte pinzas de madera y lo dejó en la terraza con una nota: “Si no tienes bastantes, dímelo. Prefiero comprártelas a que me las robes, seas quien seas”. Al día siguiente fue a comprobar si el ladrón había vuelto a pasar por la terraza. El paquete de pinzas había volado. Ya no volvió a faltarle ninguna, y ahí acabó la cosa.


            Un par de meses más tarde, la madre de una amiga de Paula falleció, y ella fue al entierro, como es natural. Muy cerca del nicho en el que estaban sepultando a la pobre mujer, había una lápida que le llamó la atención, conocía al anciano de la foto. Era el padre de una de sus vecinas, una mujer con hijos ya mayores y un niño pequeño, de siete u ocho años, llamado Adrián. Tenía en la jardinera de mármol flores frescas, y también una cruz de madera hecha a mano. Sonrió al ver que estaba realizada con pinzas de tender la ropa desmontadas, despojadas de sus muelles, pegadas entre sí y barnizadas primorosamente. La cogió con mimo y le dio la vuelta. “Te quiero mucho, abuelito. Adri”.


            De vuelta a casa, Paula compró un par de cómics de Mortadelo, fue a darle a su vecina el pésame por la muerte de su padre, y le regaló a Adrián los tebeos. No le dijo que sabía lo de sus pequeños robos, pero él lo intuyó, y colgándose de su cuello le estampó un sonoro beso en la mejilla.

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