domingo, 17 de junio de 2012

EL SUJETO



            Los vi llegar mientras esperaba la salida de mi avión, cerca de la puerta de embarque. Ya me habían retrasado el vuelo cuatro veces, llevaba más de seis horas en la terminal del aeropuerto, y estaba bastante harta. El fin de semana había sido especialmente intenso, tanto en el plano físico como en el emocional: cuatro aviones, una boda de dos personas que me importan mucho, visitas, conciertos, reencuentros, abrazos, besos y toneladas de cariño, todo en apenas cuarenta y ocho horas. Estaba deseando llegar a casa para dormir.


            El sujeto y el otro sujeto (voy a llamarle “predicado” para distinguirlo) parecían dos clones diferenciados solamente por unos centímetros de estatura. Eran como dos armarios roperos de cuatro puertas cada uno, puro músculo de gimnasio y esteroides, con un genuino estilo “mazas de discoteca de pueblo con pretensiones”. Al verles, pensé: “Dios mío, qué horror. Espero que no vayan a tomar el mismo avión que yo”. Una vez más, la ley de Murphy se cumplió: los Hernández y Fernández del culturismo que acababa de ver se pararon ante la puerta de embarque de mi vuelo y se pusieron en cola.


            Me sobró tiempo para observarlos detenidamente porque, una vez más, retrasaron el vuelo ante el manifiesto enfado del sujeto y del predicado. El estilismo que llevaban era muy similar: bermudas rodilleras llenas de bolsillos, deportivas de marca (de marca cara, quería decir), camiseta ajustadísima trasluciendo músculos pectorales y abdominales (supongo que para eso los trabajan, para enseñarlos hasta cuando no les queda más remedio que llevar el torso cubierto), collar de bolitas negras estilo “rosario de la abuela” al cuello (¿se puede ser más hortera?), cabeza afeitada, brazos afeitados, piernas afeitadas. Vamos, el sueldo en maquinillas de rasurar. Completaban su aspecto con gafas de sol de las que salen en las revistas (muy útiles para la luz artificial del interior de la terminal), gorra para protegerse del sol (doce menos cuarto de la noche, ejem, ejem) y más tinta debajo de la piel que una fábrica entera de bolis Bic. Concretamente de Bic Cristal, que escribe normal, porque el Bic Naranja escribe fino y los tatuajes de los dos sujetos eran cualquier cosa menos finos. Más bien tiraban a carcelarios: señoras con los senos al aire (tías en tetas), presencias óseas antropomorfas (esqueletos guays), nombres varios (mi chorba del mes “pasao”, mi chorba de este mes, mi chorba de hace medio año…) y cositas así. Primorosos, oigan. Las pinturas negras de Goya se quedan cortas ante los dos lienzos con piernas llenos de horrores que yo tenía delante.


            Su conversación era algo indescriptible. ¿Cine? ¿Libros? ¿Viajes? ¡No! Hablaban de la “mierda de cubatas del hotel”, de las dos “guarras que se habían tirado”, de “to’l buffet lleno de verde, ni que fuéramos vacas, coño” y de cosas así. Me cambié de sitio para no tenerlos cerca porque a esas horas y con el cansancio que tenía acumulado mi nivel de tolerancia estaba ya bajo mínimos, y esas dos presencias groseras me estaban poniendo de los nervios. Pero lo peor aún estaba por llegar. El sujeto comenzó a mascar chicle, y eso fue la gota que colmó el vaso, porque comenzó a hacer globitos y a explotarlos, emitiendo un sonoro y continuo “tac, tac, tac, tac” en rápidas series de cuatro o cinco estallidos que tuvieron la virtud de ponerme en el disparador. Fue media hora larga de “tac, tac, tac, tac” detrás de la oreja, diez minutos más por la pasarela hacia el avión “tac, tac, tac, tac” todo el tiempo, y cuarenta minutos de vuelo en los que ni siquiera el ruido de los motores de la aeronave consiguieron sofocar sus “tac, tac, tac” a pesar de estar tres o cuatro filas más atrás. Por educación (o por puro miedo a la reacción de sus escasas neuronas y sus abundantes músculos) nadie le dijo nada, pero en la cara de todos se veía que no era yo la única molesta por la presencia del sujeto, del predicado y de su chicle.


            De toda esta anécdota saco una conclusión: menos mal que los jóvenes de hoy en día, en general, son otra cosa distinta a ese sujeto y a ese predicado, porque si no… ¡apañados íbamos! Amén.

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