martes, 12 de junio de 2012

HISTORIA VIVA, HISTORIA DORMIDA



            Todos sabéis, y si no lo sabéis ya os lo digo yo que para eso estoy, que el casco histórico de La Laguna, en Tenerife, fue ya hace tiempo declarado Patrimonio de la Humanidad. Pasear por sus calles, admirar los palacetes, las casas y los templos es algo que no tiene precio. Pero traspasar una de esas puertas y entrar dentro de esa casa, explorarla, tocarla, escucharla, es como abrazar un trozo de historia dormida entre sus piedras que estaba esperándote para que tú la descubrieras. Y si además tienes la inmensa suerte de recorrerla del brazo de un trozo de historia viva de Canarias, el lujo es apabullante y desmedido. Yo lo he hecho este fin de semana, y cuanto más lo pienso más cuenta me doy de la suerte que tengo.


            Elfidio Alonso Quintero, antiguo alcalde de La Laguna, hombre de inteligencia brillante, compositor, escritor y gran amigo, fue mi anfitrión es este recorrido por la casa-museo de Los Sabandeños. Amparada entre esos históricos muros hay una riqueza de incalculable valor que pude saborear por un rato, y el regusto que me ha dejado sé que no ha de abandonarme en mucho tiempo. Sus paredes me hablaron con una elocuencia desbordante, y yo me dejé llevar encantada, tratando de retener cada dato en mi memoria.


            Mientras pisábamos el suelo de tea barnizada de los salones, mi vista no paraba de saltar: de una foto a otra, de un cartel a otro, de un trofeo a un disco de oro, de una medalla a un cuadro, de una caricatura a un traje, de una leyenda a otra, de una anécdota a otra, cada cual más interesante, más divertida, más entrañable que la anterior. Allí dentro conocí a personas que ya no están, pero cuya huella perdura gracias a que un puñado de canarios románticos, corajudos y trabajadores, se parten la garganta, se exprimen las neuronas, arriman el hombro para convertir en realidad un proyecto como ese.


            Una leve brisa mueve las hojas de las distintas variedades de palmera que, plantadas en grandes macetones de piedra, enriquecen el patio interior de suelo adoquinado. Las columnas, las maderas oscuras, la cristalera del piso superior te invitan a imaginar cómo era la vida allí siglos atrás. En el interior, los techos altos, los artesonados de carne de barbuzano y las fuertes vigas te susurran historias llenas de canciones y viajes, ecos de ensayos, planes de futuro, mantas esperanceras y camaradería.


            Subimos la escalera acariciando el pasamanos de madera pulida, peldaños de un viaje en el tiempo, hasta llegar a la planta superior. Allí, el vestido de un amigo ya desaparecido, los recuerdos y el calor que un día nos transmitió su paso por nuestra vida se hicieron presentes en la sala y en los ojos de mi anfitrión. Su colección de instrumentos populares, ese afán por demostrar que el ser humano puede hacer música con cualquier cosa que tenga a mano porque eso también forma parte de su naturaleza, me dejó realmente impresionada. Vi objetos que jamás pensé que existieran ni que sirvieran para acompañar la voz y el baile. Mi imaginación, que llevaba ya un rato largo trabajando a buen ritmo, apretó el botón de “a toda máquina”. Pensé que me habría encantado conocer a aquel hombre de espíritu inquieto cuyo sombrero tenía ante mí.


            Unos pasos más, un pasillo, otra puerta, y de pronto me vi dentro de la gran joya de aquel lugar: la biblioteca. Imposible no sentir una especial emoción. Cientos, y cientos, y más cientos de libros, documentos, cartas. El sueño de un escritor, un trabajo de recopilación fruto de la larga e intelectualmente activísima vida de María Rosa Alonso. Un legado de incalculable valor, un auténtico tesoro sin oro ni piedras preciosas, pero que vale mucho más que todas esas cosas materiales. Un regalo hecho de pensamientos, reflexiones, imaginación, visión de futuro, historia, experiencias, ideas. Un conjunto de retazos de saber humano, aún en proceso de catalogación, que será accesible y consultable para cualquiera que tenga inquietud de conocer más y mejor.


            “Todavía no está acabado, quedan cosas por hacer”. Elfidio Alonso me miraba tratando de adivinar por la expresión de mi rostro qué me había parecido la visita. Yo tenía los ojos llenos de imágenes de sitios en los que nunca estuve y los oídos inundados de música, ritmos, acentos diversos de un mismo idioma. En mi mente, las ideas bullían con un incesante y agradable burbujeo. Un recorrido por la historia dormida entre esos muros, guiada e ilustrada por un trozo de historia viva. Una experiencia que no está al alcance de cualquiera. Solamente podía sentirme inmensamente afortunada.


            Estoy en el avión de vuelta a casa, pero no viajo sola, porque todo lo que vi ayer en la casa-museo de Los Sabandeños en La Laguna viene conmigo. Aún no me he ido y ya estoy deseando volver.

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