domingo, 3 de junio de 2012

LA FLOR DE LA ALEGRÍA

            Cuando la vida te concede un hijo nunca sabes cómo va a ser. Tratas de imaginarlo, pero por más cábalas que haces, hasta que la criatura llega y se instala en tu rutina, hasta que convives con ella y van pasando los días, no tienes ni idea de lo que te ha tocado criar.


            Había dos cosas de las que Marina carecía casi por completo cuando nació. Una era el pelo. La otra era el buen humor. Supusimos que antes o después el pelo le saldría, pero con el otro asunto teníamos serias dudas. Hay bebés que casi se crían solos, comen, duermen, sonríen, hacen “ajos”, manchan pañales y todo es felicidad a su alrededor. Marina no era de ese estilo. A ella le iba el comer, llorar, llorar, dormir un poquito, llorar, comer, llorar y poner a prueba nuestra tolerancia al estrés. Y la de todos los vecinos, de paso.


            En el vocabulario de esta personita, en un principio, las palabras eran un bien escaso. Nos las regalaba con cuentagotas. Visto que su hermana mayor habló prontísimo (y mucho)  y anduvo tirando a tarde, ella, solo por llevar la contraria, echó a correr a los diez meses y hasta los dos años, de hablar, más bien poquito. Empleaba principalmente el “NO”, el “DAME” y el “JOCOLAAAAATE”. Todo lo demás le sobraba, no tenía importancia para ella. Su hermana era todo cante, baile y alegría. Ella tenía nada más que media hora buena diaria, y si te la perdías, tenías que esperar hasta el día siguiente para verla sonreír. Siempre seria, siempre con el ceño fruncido, siempre llorando.


            Hasta los dos años no le salieron los rizos rubietes. Entretanto, yo le pasaba la máquina para igualarle el “look”, y parecía un kiwi, redondito y suave. Y malhumorado. Por aquel entonces, en la guardería la llamaban “el pollito mala leche”, y era el terror de las profesoras y del resto de niños. Lo suyo era suyo. Lo de los demás… también. Su afición a morder a los otros niños, y la de usurpar (para después usar) chupetes ajenos le trajo una larguísima serie de problemas e infortunios: diarreas, bronquitis, varicela y algunos males más. Lloró todos los días cuando la llevaba a la guardería. Todos. Sin dejarse ninguno. Pero como yo soy igual de cabezota (en eso debió salir a mí), no dejé de llevarla ni un solo día, a no ser que estuviese enferma. Cuando los mocos me ganaban la partida, llegaba a lomos de su brioso corcel el salvador de Marina: “Abalito”. Esas mañanas, con tos, con fiebre, otitis o lo que fuera, ella era la niña más feliz del mundo en cuanto veía que el coche tomaba camino a Valencia y se iba, cual moderna Caperucita, a “la casita de la abuelita”.


            A Marina nunca le gustó ser pequeña. Aborrecía el carro, la cuna, la trona y la sillita del coche porque la hacían sentirse bebé, y lo que siempre pensamos que era mala leche patológica resultó ser solamente necesidad de crecer. Odiaba los purés, prefería coger una pata de pollo con las dos manos y emprenderla a mordiscos. No podía soportar ver que los mayores comíamos una cosa y ella otra distinta. Pasar a tener “cama de mayor” significó una hora más de sonrisa al día. Tirar el carro e ir andando nos dio otra hora más. Sentarse a la mesa con una silla normal (y cuatro tomos de enciclopedia bajo el trasero para llegar al plato) aumentó su tiempo de buen humor, y cambiar su perspectiva desde el coche con el alzador terminó de convencerla de que algún día llegaría a ser mayor, que no tenía que preocuparse. Solo tener un poco de paciencia. Pero, ¿quién le explica lo que es la paciencia a un niño pequeño?


            Desde aquella época ha llovido mucho. Ahora Marina es la flor de la alegría para nosotros. ¿Quién nos lo iba a decir al principio, cuando salimos del hospital con un puñadito de carne en los brazos que no hacía otra cosa que llorar? Ahora, cada día, el sol sale cuando ella sonríe, va por la vida cantando y bailando, charla por los codos, y es más feliz con sus castañuelas en la mano que con ninguna otra cosa en el mundo. Hemos vuelto a vivir el proceso (ya ocurrió con Paloma, seguramente lo recordáis) de dejar de ser quienes somos para pasar a ser conocidos como “los papás de Marina Gil”, pero es un cambio de identidad tan dulce que nos da lo mismo.


            La flor de la alegría va perdiendo un trozo de niñez con cada diente que se le cae, y yo los voy guardando en una cajita (con permiso del Ratoncito Pérez, obviamente). Son como pequeños trofeos, porque cada uno que se le ha desprendido de su boca le ha dicho “hoy eres mayor que ayer, ya se te ha caído otro, pronto en su lugar habrá un diente definitivo, de persona grande”, y así ha ido avanzando hacia lo que ella quería, hacia dejar de ser la pequeñaja. Ahora ya puede bailar jotas y fandangos con su “hermana mayorcísima” Marta, poniendo a prueba, eso sí, toda su paciencia a la hora de enseñarle.


            Echando la vista atrás recuerdo aquello que decía el abuelo Jesús de nuestra pequeña y sorprendente criatura: “hablar no habla, pero por el mirar se le nota lo inteligente que es”. Como en otras muchas cosas, tenía razón. Esa peloncilla que te miraba desde el carro y te perdonaba la vida, esa que tardó dos años en dejarnos dormir una noche entera y tres en permitirnos hacer un desplazamiento en coche con el silencio (entiéndase por silencio la ausencia de llanto) como banda sonora, ha protagonizado una metamorfosis espectacular, y ahora es una mariposa risueña, bailarina, sobresaliente y habladora. Sigue teniendo su genio (en eso también sale a mí, me temo), pero ya solamente la oyes llorar cuando algo le da mucha pena, cuando ve un perro abandonado o un gatito herido, cuando alguien se pone enfermo o sufre, porque tiene el corazón muy grande y esas cosas se lo arañan. Aún no ha aprendido a disimular, como hacemos los mayores.


            Siempre fue presumida a su manera, aunque hubo un tiempo en que era capaz de ponerse un tu-tú rosa y liarse a hacer patadas de kárate con él puesto, era una “Barbie Destroyer”, como la llamaba su padre. En lo de coquetuela no ha cambiado, y en cuanto nos descuidamos se pinta más que Sara Montiel, pero, pese a que la obligamos a lavarse la cara antes de salir de casa, reconozco que en el fondo nos gusta. Es una niña de contrastes, a la que todavía le cuesta sacar la trompa del estuche porque ella quería tocar el clarinete, pero en el conservatorio no había plaza. Con dificultades como esa ha aprendido que crecer implica hacer renuncias y concesiones, algunas más duras que otras. Pero lo que ella quería, hacerse mayor, se va cumpliendo, y con ello algunas de sus expectativas e ilusiones van materializándose al fin. Como el día de su Primera Comunión, una fiesta con la que venía soñando desde hacía años, y que seguro no olvidará nunca.


            Hay cinco cosas que a este proyecto de señorita le gustan sobre todas las demás: el chocolate, una fiesta en la que se pueda bailar, los animales, estar en familia y ser la protagonista, a ser posible vestida de princesa. Casi todo eso lo ha tenido hoy, y en parte ha sido posible gracias a todos vosotros, la familia de sangre y la de cariño (que son para ella igual de importantes), los que habéis venido a verla convertida en una reina, nuestra reina, los que habéis encendido su traca, brindado por ella y sonreído al verla tan feliz. También un poco de la luz de su rostro se debe a los que no han venido pero le han mandado todo su amor, desde la tierra y desde el cielo. Marina sabe que hay mucha gente que la quiere, aunque no todos hayan podido compartir su tarta en esta ocasión.


            La vida de un niño se va construyendo día a día, como un edificio. Hoy, entre todos vosotros, habéis puesto una hilera más de ladrillos, unidos con un cemento especial que no se va a despegar nunca: el del cariño que sentís hacia Marina, la Flor de la Alegría. No lo olvidará, os lo aseguro. Nosotros tampoco. Gracias por estar ahí para ella.

2 comentarios:

  1. yo tengo tres duendes revolucionarios y tu relato me encanto

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  2. Quien conozca a Paloma y Marina ahora, difícilmente podrá creer que esas inteligentes y preciosas damas hayan dado tanta guerra de bebés. Sabemos que es cierto porque Susana y Jesús (y también las propias chicas) nos lo han contado. El producto resultante (que no resultado, pues sigue en fase de elaboración) está siendo supremo, porque la fábrica solo emplea materias primas de la máxima calidad. Un ramo de besos para toda la familia.

    Marga y José Luis.

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