jueves, 14 de junio de 2012

LA MONTAÑA



            Me planté delante de la montaña una mañana, cuando el sol aún no había comenzado a calentar. Valoré su altura, sus entrantes y salientes, sus colores a la luz de la madrugada. No me sentí con fuerzas, di la vuelta y me marché. Quizá no era el día para acometer un reto así, o tal vez era yo la que carecía de ánimo suficiente. Sabía que antes o después tendría que afrontarla, pero no era mi momento.


            Al día siguiente volví a sentarme frente a ella. Parecía más alta que el día anterior. ¿Y si me fallaban las fuerzas y no podía superarla? ¿Y si ella me ganaba la partida? Mi cabeza me gritaba que debía hacerlo, pero mi espalda y mis piernas me aconsejaban lo contrario. A riesgo de quedar como una cobarde, desistí de nuevo. La montaña volvía a triunfar sobre mi voluntad. La maldije para mis adentros, y sentí ganas de llorar. En otro tiempo, con otros años, me habría lanzado hacia ella a tumba abierta, no habría podido conmigo, pero la edad no me había perdonado. Sentí pena de mí misma y me fui a la cama, medio deprimida.


            Definitivamente, la montaña crecía cada día que pasaba. No podía esperar más tiempo, si no tomaba la determinación de ir a por ella sería ella la que al final se apoderase de mí. Sentí miedo. Traté de controlarme, me senté en el suelo frente a su pared más escarpada y me abrí una lata de refresco. La montaña, con sus colores y sus arrugas, sus salientes y sus entrantes, me miró fijamente. “Cobarde”, me dijo. “Te odio”, le contesté. “No podrás conmigo”, me retó. “Que te crees tú eso”, le espeté. Se estaba riendo de mí. Deseé prenderle fuego. Frustrada y llorosa, me marché con la determinación de vencerla al día siguiente. Comenzaría bien temprano, así llegaría a alcanzar mi objetivo antes de que el calor me hiciese acobardarme de nuevo. No podía aplazarlo más.


            Comenzaba a clarear el alba, y yo ya estaba allí, vestida, preparada. La montaña comenzó a burlarse. Yo busqué mis herramientas, y al verlas su cara se ensombreció un tanto. Se sintió amenazada por mí. Dejé correr el aire libremente entre nosotras antes de tocarla. Solamente el tiempo preciso para que la plancha alcanzase la temperatura y la presión de vapor justas. Mi centro de planchado nuevo era algo que la montaña de ropa arrugada no se esperaba. Gritó, pero ya era demasiado tarde. Cogí el primer pantalón, marqué las rayas con cuidado, lo extendí sobre la tabla y lo dejé liso como una carretera recién asfaltada. Ella temblaba mientras yo alcanzaba una camiseta de mi hija mayor.


            Cuatro horas. Cuatro largas horas me costó vencer a la montaña de ropa, pero ya es mía. Me duele la espalda, las piernas, necesité una ducha al terminar porque entre el verano y el calor de la plancha he sudado más que en un baño turco, pero conseguí terminar antes de la una, hora en que la compañía de la luz me empieza a cobrar el kilovatio a precio prohibitivo. Objetivo cumplido. He ganado.


            Siempre me digo lo mismo: “esta vez no se me va a acumular”, pero al final siempre vuelve a ocurrir. La montaña crece, silenciosa, y antes de darme cuenta es tan alta que da miedo. Me hago vieja, es una realidad. Y odio planchar.


            Ahora entiendo por qué Mahoma no iba a la montaña. Listo el barbudo…

2 comentarios:

  1. muy buena entrada realmente leerte es un placer, y tu blog es una visita obligatoria en mis lecturas. abrazo

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  2. Otro para tí, Emanuel. Es un gozo escribir sabiendo que tengo lectores así.

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