miércoles, 6 de junio de 2012

EL BANCO DE TIEMPO



            La situación se alargaba cada vez más, y nadie parecía tener ganas ni arrestos suficientes como para solucionarla. Cada vez eran más personas en el pueblo sin trabajo, sin dinero, subsistiendo a duras penas, e incluso yendo a ver al cura, de tapadillo, a ver si él les daba algo de la comida que los feligreses donaban para los más necesitados. Noelia no podía más, iban a echarla del piso por no poder pagar el alquiler. Tendría que volver a casa de sus padres, ya ancianos, con ese niño que estaba criando sola porque su padre no se quiso hacer cargo. Le daba vergüenza ir a vivir otra vez con ellos, la pensión que cobraban les llegaba justo para vivir, pero ella no tendría a dónde ir una vez la desahuciaran.


            Llegó el día. Con sus maletas en las manos, su vida en cuatro cajas y su hijo en brazos, volvió con los abuelos. Durante varios meses, casi no comió por no hacer gasto. Encontró un par de casas a las que ir a limpiar, pero con eso apenas cubría las necesidades del niño. Un día, mientras volvía del colegio en el que acababa de dejar a su hijo, vio un anuncio pegado a una farola: “BANCO DE TIEMPO. ¡APÚNTATE!” ¿Qué podía ser aquello? Noelia no lo sabía, y le picaba la curiosidad. Arrancó una de las tirillas con el teléfono de información y la guardó en su cartera.


            Durante varios días anduvo haciendo cábalas sin decidirse a llamar: ¿en qué consistiría? ¿Cómo se podía guardar el tiempo en un banco? Al fin, empujada por la intriga, llamó. El banco de tiempo resultó ser una manera de obtener servicios sin pagarlos, a cambio de otros servicios. La chica que la atendió por teléfono, muy amable, le preguntó: “¿qué puedes hacer tú por los demás?” Noelia pensó que nada. Se equivocaba. “Puede ser que alguien que esté apuntado al Banco de Tiempo necesite que le planchen la ropa una vez a la semana porque no sepa, o no tenga tiempo. Es posible que alguien necesite que le paseen al perro porque trabaja todo el día fuera de casa, que le cuiden los niños un par de horas, que le den clases de inglés, y no pueda pagarlas. Pero ese alguien a lo mejor es electricista, y los sábados por la mañana puede dedicar unas horas a hacer pequeñas reparaciones en los hogares de otros usuarios del Banco. Aquí nadie paga por nada, solamente intercambiamos los servicios. Sin facturas, sin IVA, sin dinero. Favor por favor. ¿Te apuntas?”


            Noelia lo pensó despacio. No era una mala idea. Con un sistema así podía disminuir la necesidad de dinero. Tal vez consiguiera mejorar su autoestima y su calidad de vida si se apuntaba. Pero, ¿en qué era buena ella? ¿Qué podía ofrecer que otra persona pudiese necesitar? Llevaba más de un año buscando trabajo y nadie había querido contratarla. Había dejado de valorarse a sí misma.


            La entrevista con la coordinadora del banco de tiempo supuso una inyección de moral. Ella iría un par de horas a hacer la compra para una pareja de minusválidos, y otro par de horas las dedicaría a recoger y acompañar a su casa a tres niños de una misma familia, cuyos padres trabajaban en una fábrica cercana. A cambio, su hijo Daniel recibiría clases de logopedia dos días a la semana para su problema de pronunciación, vendría un fontanero a reparar el grifo de la cocina y a arreglar la ducha. Todos salían ganando, no solo en el plano económico, sino también en el anímico.


            El banco de tiempo enseñó a Noelia dos cosas. Una es que, a pesar de no tener trabajo, no era una inútil. Otra es que se nos ha olvidado que nuestro tiempo no es igual a dinero, que no tenemos que cuantificar nuestro esfuerzo en euros. Que el favor, la mano que se tiende, no se debe medir con monedas, sino con inteligencia y generosidad.


            Sobrevivir a esto solo será posible si nos ayudamos entre nosotros. Solo volviendo atrás conseguiremos salir de esta, prescindiendo de modernidades, volviendo al trueque, al intercambio, a mirarnos a la cara y pedirnos unos a otros las cosas, a hablar con la gente en vez de hacerlo con el cajero automático. Solo así, porque si estamos esperando a que los poderosos solucionen esta locura…

1 comentario:

  1. Cuánta razón Su! He oído hablar del banco de tiempo y me parece una idea genial :)

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