viernes, 22 de junio de 2012

LA TRENZADORA


            La Reina de aquel país era una mujer soberbia y orgullosa. Su función en el gobierno era meramente decorativa, solamente debía saber ser buena anfitriona, ir elegante, tratar con el debido protocolo a los mandatarios del resto de países cuando venían de visita y dar buena imagen cuando ella y el Rey salían en viaje oficial al extranjero. Tenía, por tanto, mucho tiempo libre, y lo empleaba en satisfacer su vanidad. Su pelo era tan largo como el de la legendaria emperatriz Sissí, e invertía muchas horas y el servicio de varias doncellas en su cuidado.

            Había algo que disgustaba a la Reina más que ninguna otra cosa: los animales. No soportaba a los perros, le daban asco los gatos, y hasta los caballos, que por exigencias de su cargo se veía obligada a montar en algunas ocasiones (sobre todo en las cacerías de elite que organizaba su esposo el Rey con algunos de sus también coronados amigos), le producían una inmensa aprensión. Su traje de amazona la cubría del cuello a los pies, llevaba botas altas bajo las enaguas y guantes de cabritilla perfumada en las manos para que su real piel no rozase siquiera el pelaje del animal que estaba montando. Poseía una cuadra envidiable, llena de ejemplares magníficos, árabes y españoles, y los despreciaba sin ver en ellos la nobleza, la esmerada doma, el carácter, la elegancia, la fidelidad. Solo eran bichos asquerosos sobre los que sentarse, siempre rodeados de moscas y tábanos, que dejaban un rastro de bosta y orines a su paso.

            A fin de que las crines de los caballos no la rozasen al cabalgar, los palafreneros tenían órdenes precisas de trenzar las del animal que fuese a montar Su Majestad. Romina, la hija de uno de los empleados de la cuadra, aprendió a hacer aquellas trenzas desde muy pequeña. A medida que fue creciendo fue adquiriendo más responsabilidades, y con doce años ya daba de comer a los equinos, los cepillaba dos veces al día, los peinaba con mimo, lustraba las sillas de montar y los estribos y paseaba a los potros para que fueran acostumbrándose al ronzal.

            Un día el padre de Romina la hizo levantar muy temprano; esa misma mañana la Reina debía participar en una cacería importante. Le indicó el animal que había de preparar para ser montado por las reales posaderas, y ella, sin rechistar, comenzó su labor. Lo dejó lustroso con el cepillo. Recortó su magnífica cola un poquito, lo justo para que al agitarla no tocase a su amazona. Después engrasó los cueros de sus arreos, repasó las cinchas, aprestó la silla, bruñó estribos y espuelas, eligió la fusta más blanda y buscó su mejor lazo del cabello para entrelazarlo con las crines de la yegua. Acariciándola, hablándole con suavidad para que estuviese quieta, fue elaborando la trenza más primorosa y complicada que había hecho jamás. Después entregó la yegua a su padre y se marchó a sus quehaceres habituales.

            Su Majestad estaba, como siempre, malhumorada por tener que montar una de esas odiosas y hediondas bestias. Además, una de sus doncellas había enfermado y las otras dos le habían compuesto un peinado que no había sido de su gusto, pero no había quedado tiempo para remediarlo. La yegua notó su nerviosismo y se revolvió inquieta, y la Reina, en lugar de calmarla, la golpeó fuertemente con la fusta, lo que hizo que el animal saliera a galope tendido, con su Real Majestad gritando encolerizada sobre ella y con todo el séquito corriendo detrás. Cuando la montura se calmó y ella pudo desmontar llevaba el cabello revuelto y enmarañado, el sombrerito de amazona colgando y un aspecto indigno. Una voz infantil surgió de entre la gente que había presenciado el incidente, dándole cuerpo y palabra al pensamiento general: “¡Mirad, hasta el caballo está mejor peinado que la Reina!”

            Después del “vergonzoso episodio” la soberana hizo matar a la yegua, no sin antes preguntar qué manos habían realizado la hermosa trenza que recogía sus crines. Romina fue conducida a su presencia; en adelante se iba a ocupar en exclusiva del pelo de la Reina. Para ello debía lavarse las manos con desinfectante y no volver a tocar un caballo jamás. Trenzaría su cabello a diario, lo cepillaría y cuidaría para que siempre estuviera perfecta. Nadie podría volver a insinuar que ninguna bestia iba mejor peinada que Su Majestad.

            Romina había crecido junto a aquella yegua. No pudo soportar verla muerta por el capricho de su señora, ni tampoco el hecho de que se le prohibiera acercarse ni tocar a los caballos. Para ella eran sus hermanos, sus compañeros de juegos. Por eso, a escondidas, fue cortando largos mechones del real cabello y entremezclando en la trenza de la soberana gruesas crines de los animales de la cuadra. Disimulaba su venganza con cintas de colores y complicados diseños que ocultaban el pelo añadido de modo que nadie lo advirtiera. Cada día le robaba un nuevo mechón y le añadía más crin.

Una noche la Reina iba a recibir la visita del Rey en su alcoba. Romina le comunicó: “Señora, hoy debo marcharme un poco antes. He de hacer algo importante. Si no le molesta, deshágase usted misma la trenza y cepíllese el cabello antes de dormir. Mañana, cuando se levante, estaré aquí para arreglarla como cada día”.  Y dicho esto se fue a su casa, recogió su hatillo y, montada en uno de sus caballos hermanos, se marchó del reino para no volver más. Su Majestad, con el Rey esperándola en la cama, desató los lazos, soltó su melena y se dio cuenta con horror de que llevaba el pelo casi tan corto como el de una vulgar campesina, y que todo lo demás era crin que iba llenando el suelo a su alrededor. La imagen de la yegua a la que hizo matar de un tiro por haberla despeinado se fijó en su mente para siempre.

No podemos descargar el peso de nuestros propios errores en quienes están a nuestro lado. Cuando la soberbia y la cólera hablan la prudencia calla, y se producen daños que a menudo no tienen reparación. Por fortuna, la vida siempre se las arregla, de un modo u otro, para ponernos en nuestro sitio y devolvernos el golpe.

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