domingo, 24 de junio de 2012

PÁJAROS



            Ya os he comentado alguna vez que tengo golondrinas en el patio. La casa del pueblo solamente la usamos algunos fines de semana, y durante las vacaciones. El resto del año está vacía y silenciosa, y nada impide a los pájaros poner sus huevos y criar con tranquilidad. Por eso, primavera tras primavera, vuelven a mi casa a ocupar sus nidos y realizar su función vital reproductiva.


            Reconozco que todos los años me quejo de tenerlas. Quien tenga un nido de golondrinas en casa sabrá por experiencia que ensucian de una manera escandalosa; parece mentira que en unos cuerpos tan pequeños quepa tanto… bueno, ya sabéis. Son verdaderas máquinas de defecar, auténticas ametralladoras de guano. Y encima, cuando te ven limpiando, te chillan desde arriba como si se sintieran  ofendidas, pero de todos modos yo las respeto y no interfiero en su vida, o lo hago lo menos posible.


            El año pasado, uno de los volanderos, los que están recién salidos del nido y haciendo prácticas de pilotaje autónomo, se coló por la puerta del corral y entró en casa. Al verse atrapado se volvió tarumba y comenzó a darse cabezazos contra los cristales de las ventanas tratando de salir. Las abrimos, pero fue inútil, las mosquiteras fijas no dejaban escapatoria. En lugar de buscar la vía fácil, el mismo sitio por el que había entrado, y hacer caso a su madre, que le llamaba desde fuera, el pajarillo revoloteó por dentro de casa dándose golpes con todo. Yo intenté ayudarle, dirigirle, pero no me escuchó. Creo que me tenía miedo, debió pensar que quería hacerle daño, y por mucho que traté de tranquilizarlo no lo conseguí.


            Tuvimos la casa abierta un día entero, nos fuimos para dejar que encontrase la salida por sí solo, y varias horas después, cuando regresamos, ya no le vimos. Pensamos que al fin había encontrado la puerta y con ella la libertad perdida. Esa misma tarde, cerramos la casa y volvimos a la ciudad. Hasta dos semanas después no regresamos, para comprobar con disgusto que el animal había muerto de hambre y sed en mi dormitorio, dejando en su desesperación heces en las cortinas, sofás, albornoces, colchas, paredes y puertas. Pasamos el día limpiando el desastre con la pena añadida de no haber advertido que se había escondido en casa. Nos sentimos un poco negligentes, pajaricidas, asesinos de jóvenes golondrinas. Habíamos dejado que el futuro anunciador de primaveras pereciese lentamente encerrado en nuestro nido.


            Este año ha vuelto a ocurrir. “Por San Juan, volarán”, dice el dicho, y uno de los nacidos en la última hornada se nos metió en el salón en misión exploratoria. Le falló el GPS pajaril, y acabó dentro. Y otra vez el mismo revuelo, el batir de alas desesperado, el chocar contra los cristales buscando la salida, ofuscado por el pánico. Abrí la ventana de mi habitación, y se quedó cogido a la mosquitera, sin saber cómo romperla para salir. Yo puse una silla junto a la ventana y me senté. “Cálmate, atolondrado”, le dije. “¡¡¡QUIERO SALIR, QUIERO SALIR, QUIERO SALIR!!! MAMÁ, ¿DÓNDE ESTÁS?” Yo le dejé chillar un rato, y le volví a hablar despacito. “Hazte un favor a ti mismo, cálmate y escúchame, yo te ayudaré a salir de este lío”. Nada, seguía chillando y muerto de miedo. “¡¡¡QUIERO SALIR, QUIERO SALIR, QUIERO SALIR!!! ¿POR QUÉ NO PUEDO SALIR? ¿DÓNDE ESTÁ EL AGUJERO PARA SALIR?”.


            Cerré la ventana, dejándole atrapado entre los cristales y la mosquitera. Pensé que estar un rato solo le ayudaría a calmarse. Después de una hora volví. Estaba posado en el marco, con las alas plegadas. Abrí con cuidado y le volví a hablar. “¿Ya estás más tranquilo? ¿Vas a escucharme?” Se echó a llorar. Me dio pena. Creía que iba a morir. “Déjame cogerte, no voy a hacerte daño. Solo quiero sacarte de aquí, llevarte con tu madre y que no te ocurra nada, pero no podré hacerlo si tú no me dejas”. Pobrecillo, no paraba de llorar y decir: “quiero ir con mi mamá”. Se dejó atrapar; lo alojé en el hueco de mis manos con cuidado de no lastimarle, lo saqué al patio y le susurré al oído: “gracias por dejarme ayudarte”. Abrí la cárcel de mis dedos, y antes de desplegar las alas y recuperar todo el aire del mundo para su vuelo, me miró agradecido.


            El verano que viene pondré una cortina en la puerta del patio para evitar que entre otro pollo volandero despistado. Los dos, el reino animal y yo, nos evitaremos un mal rato.

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