miércoles, 13 de junio de 2012

PEQUEÑAS REBELIONES



            Mila era una persona educada. Le habían inculcado unos sólidos principios, unas normas de convivencia y unas pautas de comportamiento más que correctas para que se defendiese en la sociedad. Desde pequeña siempre tuvo presente una frase, y basándose en ella sabía cómo actuar: “que tu presencia no moleste, no agreda, no enturbie”. Procuraba siempre que su aspecto fuese agradable y sus gestos suaves. Hablaba con un tono de voz reposado y controlando el volumen. Intentaba no gritar, incluso cuando discutía con alguien. Quizá por eso, por ese continuo ejercicio de cuidado y control que ejercía sobre sí misma ante los demás, le disgustaban profundamente las actitudes de la gente que la rodeaba.


            Al principio intentó corregir, suavemente, las conductas inapropiadas de quienes estaban en su entorno: vecinos, compañeros de clase, amigos… pero no tardó en cansarse de las malas caras, las miradas torvas e incluso insultos con que era contestada cada vez con más frecuencia. Le ponía enferma que en las tiendas, en el banco o en las ventanillas de las administraciones públicas la atendiera alguien masticando chicle. Aborrecía a quienes escupían en el suelo mientras caminaban por la calle, a los chavales que se sentaban en los bancos con el trasero en el respaldo y los pies ensuciando el asiento, poniéndolo, para más inri, todo perdido de cáscaras de pipas y colillas. Le molestaba enormemente la gente que hablaba a gritos por teléfono en el metro, los que le leían el periódico por encima de su hombro, la vecina desconsiderada que fumaba en el ascensor de su edificio, el otro vecino que dejaba que el perrito orinase a diario junto a la puerta del portal, el pirado del primero que le ponía el coche perdido de ceniza y colillas por fumar en la ventana, los que tienen la costumbre de colarse cuando hay que guardar turno… No podía luchar ella sola contra todo eso, contra la dejadez y la falta de consideración de todos los demás para con el resto del mundo, así que dejó de intentarlo. Se hartó de que la llamaran rancia, carca, pureta, estrecha e intolerante. Llegó un momento en que el solo pensamiento de salir de casa y tener que soportar sin quejarse según qué actitudes la ponía mala, y cuando veía ciertas cosas, se pellizcaba un brazo para contener el enfado y no decir nada, llegando a veces a provocarse serios cardenales.


            Un día, de pronto, llegó a la conclusión de que sí podía hacer algo contra tanta falta de educación, así que ideó un plan, una serie de pequeñas rebeldías que posiblemente no arreglarían mucho, pero al menos servirían para que algunos se dieran cuenta de que no se puede ir por la vida de una forma tan desconsiderada. Para empezar, compró un barreño de plástico rojo de gran tamaño, aparcó bajo la ventana de su vecino y lo colocó sobre el techo del vehículo. En su interior, pegado al fondo, puso un cartel de grandes letras negras que decía: “AQUÍ TIENE SU CENICERO, QUERIDO VECINO. PROCURE ACERTAR. GRACIAS”. Al día siguiente se metió en el metro con un periódico en ruso. No entendía nada, pero se reía por dentro de los que se arrimaron para tratar de leer gratis por encima de su hombro. Después, mientras caminaba por la calle, un treintañero pasadito de kilos escupió sonoramente en el suelo, y el “regalito” cayó justo junto a su pie. Se sobrepuso al asco, miró al sujeto y le hizo parar. “Disculpe, caballero. No he podido evitar ver el esputo que acaba de expulsar. Soy médico internista en el hospital universitario, y el color y textura de esa mucosidad me han llamado la atención. Si además de la secreción pulmonar que he visto usted ronca por las noches y suda en exceso, seguramente padece usted una variedad de fibrosis quística, y es una enfermedad grave que si no se trata a tiempo puede incluso precisar un doble transplante de pulmón para conservar su vida. Si yo fuera usted no perdería tiempo y consultaría con un neumólogo de confianza”. Y dicho esto, le dio dos palmaditas de condolencia en el hombro al pobre hombre y siguió su camino, dejándole pálido, sudando y muerto de miedo.


            Desde aquel día, cuando Mila detectaba que su vecina había vuelto a usar el ascensor fumando, dejaba la puerta de la cabina abierta en el último piso y bajaba andando. En la siguiente reunión de escalera alguien se quejó por haber tenido que subir a pie. Sin perder la calma, ella se dirigió a todos diciendo: “Cuando eso ocurre, sabed que la puerta la dejo abierta yo para que se ventile el ascensor, y lo haré cada vez que esa señora que todos sabemos fume en él. No hay ninguna ley que me prohíba hacerlo, pero sí hay una que prohíbe fumar en los ascensores. Si alguien tiene algún problema, que le reclame a ella”.


            Mila sabía que sus pequeñas rebeliones no iban a solucionar mucho, pero al menos le servían como modestas venganzas. Y si con ellas hacía pensar un poco a los demás sobre su actitud, mucho mejor. Permanecer callados ante las cosas que no están bien no suele arreglar nada, sino más bien al contrario. La ignorancia es muy atrevida, pero la educación es, a menudo, demasiado tímida. Cambiemos eso.

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