jueves, 21 de junio de 2012

PRIMER DÍA DE PLAYA



            Ramiro era un muchacho de pueblo, de los de tierra adentro. Ahora que el mundo es una aldea global, que todos (o casi todos) hemos hecho algún viaje, hemos pasado algunas vacaciones en la playa y hemos estado en varios países además del nuestro, esta historia no tendría cabida. Pero hace medio siglo las cosas no eran iguales.


            En su pueblo mesetario había mucha gente que nunca había visto el mar. Él tampoco, pero tenía fotos y estampas, y había oído hablar de esa inmensa extensión de agua viva que iba y venía, sabía a sal y permitía a la gente bañarse a sus anchas. El río de su pueblo era bastante pequeño, y solo en la poza del Caldero se podía uno mojar en verano, porque bajaba poca agua por el cauce. Menos mal que ahí remansaba, y aunque había que ir con cuidado de los cangrejos y sus pinzas negras, aún cubría lo suficiente como para disfrutar de la líquida frescura. Pero seguro que el mar era tan maravilloso que lo que le habían contado acerca de él se quedaba corto, y quería verlo con sus propios ojos. Deseaba zambullirse, saborearlo, caminar descalzo por la fina arena tan distinta de los cantos rodados del río de su pueblo. Por eso estaba ahorrando, para pagar el viaje en autobús hasta la costa y por fin poder ir a la playa.


            No había hecho más que comenzar el verano cuando Ramiro consiguió el pasaje hasta el mar. Viajó a Valencia, y cuando llegó ya era casi de noche. Se alojó en una pensión de mala muerte, la más barata que encontró, en la misma Malvarrosa. En su habitación olía a pescado, a salitre y humedad, pero no le importó. El calor era pegajoso e insoportable, pero le dio igual. Abrió la ventana para dejar entrar algo de brisa y lo escuchó: el ir y venir de las olas llegaba hasta sus oídos con claridad. Estaba a pocos metros de la playa, pero la noche no tenía luna, las nubes ocultaban el brillo de las estrellas, y no veía nada. Se acostó a dormir pensando que, en cuanto percibiese el primer resplandor, se asomaría a la ventana para ver amanecer sobre el Mediterráneo.


            Cuando abrió el ojo ya eran más de las diez. Se había perdido el alba, pero bueno, no pasaba nada. Ahí estaba la playa, toda para él. Vio mujeres estupendas, con bañadores de flores y rayas, algún bikini, aunque aún no eran de uso generalizado; vio toallas y sombrillas, tumbonas y enormes gafas de sol, y por fin, después de quemarse los pies con la arena, llegó hasta la orilla. Le entró una mosca en la boca de tan abierta que la tenía: era enorme, inconcebible tanta agua junta sin que se saliese por ningún lado. El mar estaba calmo y liso como un plato de sopa. Metió los pies.


            El río de su pueblo estaba más frío. La temperatura de aquel agua que iba y venía sin correr le pareció ideal. Se había puesto sus calzones más nuevos para su primer baño marino y quiso disfrutarlo entrando sin prisa. Cuando le cubría hasta la cintura, paró; no sabía nadar demasiado bien, y arriesgarse entrando más adentro le podía poner en un apuro. Después de un rato se sentó en la orilla, con las piernas en el agua, a jugar con la arena, como un niño. Más tarde sintió calor y volvió a meterse.


            Se levantó un poco de aire, le escocían ligeramente la cara y los ojos, así que pensó en darse un último chapuzón y marcharse. Su autobús salía a última hora de la tarde, aún tenía tiempo, pero ya no estaba cómodo. Vio un ser transparente cerca de él, no sabía qué era aquello. Se acercó para observarlo mejor, y la pícara medusa le “picareó” en el muslo. Ramiro gritó, no tanto por el dolor como por la desagradable sorpresa, el bicho parecía inofensivo, incluso bonito, pero…


            La mujer de la pensión, cuando le vio entrar, se asustó. Lleno de arena, con el pelo revuelto y en calzones, una tremenda picadura de medusa en la pierna, y los hombros, la espalda, el pecho, la cara y los pies abrasados por el sol. El chico ardía de fiebre, así que la mujer no pudo hacer otra cosa que llamar un taxi y enviarlo al hospital más cercano.


            Hasta tres días después no pudo regresar a su pueblo, y lo hizo muerto de vergüenza, lleno de ampollas, sin poder apoyar la espalda en el asiento del autobús y con la sensación de haber quedado como un paleto. Después de probar, el mar era muy bonito, pero perjudicial para la salud. El agua dulce de la poza del Caldero no escocía en la nariz y los ojos, el sol de la montaña no abrasaba de esa manera, y en el río del pueblo como mucho te puede picar algún cangrejo, que con un poco de habilidad es fácil que termine, con alguno de sus amigos, en el arroz del día siguiente. Definitivamente, si tenía que elegir, se quedaba donde estaba.


            La tía Blasa, su vecina, le preguntó: “Zagal, ¿qué tal el mar?”.  Ramiro, sonriendo a medias, le contestó: “muy azul, tía Blasa, pero es más azul el cielo del pueblo… ¡y mucho menos peligroso!”

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