lunes, 18 de junio de 2012

QUERIDO DIOS: SOY MARIO



            Desde que era pequeño, a Mario le habían enseñado a rezar cuando se levantaba y antes de dormir. Su madre, Magdalena, siempre le había insistido en que lo hiciera con sus propias palabras, sin repetir como un loro las fórmulas estereotipadas que le enseñaban en la escuela y en la catequesis. “Esas Dios ya se las sabe. Él quiere escuchar las cosas a tu manera, así que díselas. Simplemente”. Por esa razón no había día en que no diera las gracias al despertarse por estar vivo, por tener a papá y a mamá y porque el sol continuara brillando en el cielo, y no había noche que se olvidara de charlar un rato con Dios para contarle lo que le rondaba por la cabeza.


            Por ser un niño sensible y educado, estudioso y cumplidor, era el blanco de todas las burlas posibles (y de algunas inimaginables) por parte de sus compañeros del colegio. Cuando volvía a casa llorando por algún insulto o balonazo en la cara, Magdalena le decía: “cuéntaselo esta noche a Dios, y pídele que les ayude a ser mejores niños”. Con el tiempo, Mario se dio cuenta de que su madre siempre le recomendaba que pidiese para los demás, y nunca para sí mismo. Y le insistía, una y otra vez, en que nunca quisiera un mal para ninguna persona. “El mal que tú desees se volverá contra ti porque Dios no está ahí para ser el vengador de nadie. Pedir males para otros te ensucia por dentro. No dejes que eso ocurra”. Por eso, si estaba de exámenes rogaba para que los maestros fueran justos poniendo las preguntas y las notas; era una manera también de rentabilizar el rezo, porque así con una sola petición se podían beneficiar todos. Aunque en ocasiones no podía evitar la coletilla de “y a esa que tú sabes que me hace llorar tantas veces, que también sean justos con sus notas, que le mantengan sus suspensos, para que así repita y me deje en paz de una vez”. Después de decirlo se sentía un poco mal, pero no podía evitarlo.


            A medida que Mario fue creciendo, sus parrafadas nocturnas con Dios fueron cambiando de temática, y sus peticiones se fueron haciendo menos infantiles, aunque mantuvo, en la medida de sus posibilidades, la costumbre de no pedir nada de forma egoísta. Más bien dedicaba ese tiempo a reflexionar en voz alta, y el contarle a Dios sus problemas y preocupaciones le ayudaba a encontrar solución a cosas que en principio no parecían tenerla. Además, su naturaleza generosa se fortalecía con cada ruego que hacía para ayudar a los demás. Así fue hasta que cumplió los trece años.


            Aquel verano salió con su familia de vacaciones, como todos los años, con la caravana. Lluna, su perrita, el gato Mirko y Guapo, el loro, iban con ellos. Un perro grande, cruce de pastor alemán, les salió al paso en la carretera, y su padre lo atropelló. No quería hacerlo, pero no lo pudo evitar: un volantazo habría supuesto que el coche y la caravana acabasen quizá volcados y todos ellos heridos o… bueno, o muertos. Mirko se asustó, Guapo estuvo mudo todo el día, y Lluna no dejaba de gimotear. El perro atropellado, con muchas heridas, quedó inmóvil sobre la vía. Mario se bajó del coche, y desoyendo las advertencias de Magdalena sobre un posible mordisco, fue a ver si estaba vivo. Su corazón latía, así que cogió una toalla grande de la caravana, lo envolvió en ella y lo subió al vehículo. Luego le pidió a su padre que buscase la población más próxima con clínica veterinaria.


            Ya no consintió irse de su lado. Hubo que operarle, reconstruirle una cadera y una de las patas, atornillarle dos vértebras, fabricar un carrito para que se pudiera desplazar porque no movía las patas traseras. Una de sus orejas quedó sin un trozo y la herida del cuello se le infectó, aunque esa no era consecuencia del accidente: “le hicieron un tajo para sacarle el chip. Así los abandonan sin miedo a que nadie identifique al animal si ocurre algo como lo que os ha pasado a vosotros. Es lo mismo todos los veranos”.


Mario comprometió todos sus ahorros en recuperar al perro. Rogó cada noche por su curación, le pidió a Dios con insistencia que no dejase que muriera, que no les hiciese responsables del daño. Magdalena le dejó pagar el veterinario, y no puso objeciones en renunciar a las vacaciones por ello. Había educado a Mario para ser así, y no podía pedirle ahora que actuara de otro modo.


La noche en que por fin pudo llevarse para casa a Asfalto, el pastor alemán, le preparó una cama junto a la suya. Después se duchó, se lavó los dientes, se puso el pijama y se arrodilló junto al animal para rezar.


“Querido Dios: para todos los animales como Asfalto, con unos dueños sin alma que los abandonaron para irse de vacaciones sabiendo que seguramente morirían de hambre, o atropellados, te pido que encuentren alguien que les cuide como merecen. Y para esas personas que no los ven como los amigos que son, sino que los ven como estorbos y gastos y se deshacen de ellos como quien saca la basura, te pido que decidas tú el castigo que merecen. Porque si lo decido yo, no va a dar abasto el cielo para repartir tanto rayo y achicharrar a tanto malnacido. Gracias por enviarme a Asfalto, te prometo que no le ha de faltar nunca de nada a mi lado. Buenas noches”. Y dicho esto, quitó la almohada y la manta de su cama y se tumbó en el suelo junto al perro. Lluna y Mirko se acurrucaron a su lado para darle calor, y Dios, mirándoles desde arriba, se sintió satisfecho.

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