martes, 19 de junio de 2012

QUISIERA SER...



            Cuando le preguntas a un niño pequeño qué es lo que querría ser de mayor, las respuestas pueden ser de lo más peregrinas. Es algo que me gusta hacer cuando tengo oportunidad, porque normalmente me proporciona material para pensar, y unas risas, que siempre vienen bien. No dejo de advertir que las cosas han cambiado mucho desde que yo iba a parvulitos y me hacían “esa” pregunta. “Y tú, guapa, ¿qué vas a ser de mayor?”


            Nunca dije escritora. No se me pasó por la imaginación que acabase siéndolo. Yo quería ser enfermera, pero se me torció el rumbo por las circunstancias. En mi época, todas las niñas queríamos ser maestras y enfermeras, y los niños querían llegar a ser bomberos y policías. Del resto de profesiones, nada sabíamos ni nada queríamos saber: no nos parecían poéticas, ni heroicas, ni nada de nada. Ahora es otra cosa. Hoy en día, los niños, por pequeños que sean, saben lo que es un periodista, lo que es un político, lo que es un fisioterapeuta, un arquitecto, un estilista… y eligen lo que les gusta sin pudor ninguno.


            El otro día pregunté a un grupito de enanos de entre cuatro y seis años. Los conozco bastante bien, y creí poder adivinar lo que me diría cada uno, o al menos aproximarme a sus respuestas. Erré en todos los casos. Una de las nenas, toda desparpajo, dotes de mando y salero, me dijo que ella quería ser barrendera o controladora aérea. Me quedé un poco a cuadros, y le pedí que me lo explicara: “los barrenderos toman el sol y encuentran cosas. Lo dejan todo bonito y no tienen nunca prisa. Si llueve no barren, y a algunos les dan unas máquinas que limpian solas, y ellos solo las conducen mientras escuchan a Ricky Martin. Y lo de los controladores está bien porque ganan mucho dinero y trabajan poco”.  El niño que tenía sentado al lado le rebatió este último argumento: “estás equivocada, los que ganan mucho dinero y trabajan poco se llaman políticos. Los controladores cuidan de que los aviones no se choquen por el aire, y si eso pasa les echan la culpa del accidente y se tienen que suicidar”. “¿Coooomoooooooo? ¿Y a ti quién te ha dicho semejante cosa?” le pregunté yo, con los ojos como platos. “Lo vi en una peli”. Con seis años lo da por hecho porque lo vio en una peli. Tengo que preguntarle a su madre qué tipo de pelis le dejan ver.


            Otra de las nenas, un poco más ñoñeta, quería ser maestra, pero no de escuela. De cocina. Porque “es que en el comedor del colegio se come fatal, la comida es asquerosa, y así enseñaré a los que trabajan para los comedores de los colegios cómo se cocinan cosas ricas que se puedan comer. Y los niños ya no llorarán delante de los fideos y los guisantes”. Buen razonamiento. Se ganó una piruleta. Otro, el más movido (que parece que se multiplica el puñetero), quería inventar video-juegos. “Mira que no te veo yo horas y horas sentado sin moverte del ordenador”, le dije. “No, yo me disfrazo y mato los monstruos, y luego los que me han visto son los que sacan las fotos y lo meten en el ordenador”. Y dicho esto, se levantó, cogió una regla y comenzó a luchar contra el aire. “¿Y policía no te gusta?” “No, que le pegan a la gente”. Ya no le pregunté más.


            No voy a aburriros con muchos más detalles, solamente os diré que la impresión de los niños sobre los trabajos de los mayores ya no es la que era. Hay crías que quieren ser “novia de torero, para vestir bien y salir en la tele”, niños que quieren ser “banquero, que todo el mundo le da el dinero y se lo gasta como le da la gana, pero luego no va a la cárcel ni nada”, y cosas así. Lo que no saben es que seguramente ninguno será de mayor lo que soñó de pequeño. Cambiarán de preferencias doscientas veces, se les hará elegir en esa edad de la vida en la que uno no es capaz de elegir ni el color de la blusa porque piensa con las hormonas y no con las neuronas, que andan bastante mareadas con la adolescencia. Y solo unos pocos podrán decir eso de “siempre quise ser (póngase aquí lo que se prefiera) y lo he conseguido”, porque harán la carrera y no encontrarán puesto, porque necesitarán trabajar en otras cosas para vivir y no podrán seguir estudiando, porque sus padres no les podrán costear la universidad, porque… por mil cosas. Y me da pena, pero así es la vida: tener los sueños delante y no poder alcanzarlos.


            Tal y como están las cosas, tenemos que enseñar a nuestros hijos a sobrevivir y ser felices con lo que puedan conseguir, y aparcar las ambiciones para cuando levante el tiempo, si es que lo hace. Tendrán que asumir que, a priori, muchos no podrán trabajar y dependerán de sus padres o parejas, sobre todo las mujeres. Que tener una vivienda en propiedad será imposible, y que alquilar no es tirar el dinero. Que todos los trabajos son dignos siempre que sean legales, que un bombero y un panadero son igual de héroes aunque no lo parezcan, y que la riqueza de verdad no está en el armario ni en la cuenta corriente, sino en la cantidad de personas que te quieren. De otro modo estaremos creando una generación de frustrados. Otra más.

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