miércoles, 27 de junio de 2012

UN HELADO DE TRES BOLAS



            La tarde prometía ser larga. La sala de espera estaba llena, y la escasez de asientos obligaba a permanecer de pie a la mayoría de los asistentes. En las caras se reflejaba el nerviosismo, y en el ánimo pesaban el calor y las esperanzas. Las horas siguientes no iban a ser sencillas para nadie.


            Sólo las ollas saben los hervores de su caldo, dicen en México, una de nuestras tierras hermanas. Así nos sentíamos todos: como ollas a presión a punto de explotar. Cuatro años de esfuerzo, de desplazamientos, de gastos, de horas de estudio, cuatro años acumulando ilusiones, aprendiendo, creciendo, peleando por mejorar. Cuatro años de lucha y muy pocas oportunidades para continuar con su formación.


            Nuestros hijos son una prolongación de nosotros mismos. Sus logros son los nuestros, sus fracasos también. Elevamos sus ilusiones con nuestras alas y absorbemos sus decepciones en nuestras entrañas para ayudarles a continuar caminando. Todos los que estábamos en esa sala de espera pensábamos en lo mismo: los codiciados primeros puestos, la opción a una de las escasas plazas ofertadas por el centro.


            En otros países se potencia, e incluso se imparte de manera obligatoria, la formación musical. En el nuestro, como en otras muchas cosas, vamos por detrás. Las ayudas son escasas o nulas, el material de trabajo es muy caro, muchas familias se ven imposibilitadas para costear lo que valen los instrumentos, los libros, las partituras. Y las plazas en los conservatorios públicos son tan escasas que a veces el sueño es imposible de alcanzar. Ayer era una de esas ocasiones en las que los tijeretazos a la educación de nuestros hijos se ven con claridad. Especialidad de flauta: dieciséis aspirantes, dos plazas. Especialidad de clarinete: catorce aspirantes, tres plazas. Y así, pizca más o menos, el resto de instrumentos. Jugándoselo todo en una prueba, un examen que decide si el año que viene pueden comenzar el grado profesional o se quedan fuera, reduciendo a cenizas los esfuerzos de cuatro años.


            Hay mucha gente que opina que la formación musical es algo “accesorio”, “innecesario”, casi como “un lujo prescindible”. Yo no voy a recurrir a estudios científicos, que los hay, para defenderla. Solamente voy a pediros que observéis a la gente que os rodea, que los conozcáis un poco, y así llegaréis a la misma conclusión que yo: el médico que además es músico, es mejor médico. El arquitecto que además es músico, es mejor arquitecto. El científico, el escritor, el ingeniero, el enfermero, que además es músico, es mejor científico, escritor, ingeniero, enfermero. Ponedle la profesión que queráis, el resultado es, invariablemente, el mismo.


            La mayoría de los estudiantes de los conservatorios, tanto públicos como privados, estudian para ser músicos sabiendo que, además, tendrán que hacer otra carrera. Que la música les dará oportunidad de viajar, de conocer, de ampliar sus círculos, de divertirse de manera sana, de sacarse quizá un sobresueldo, pero que seguramente no vivirán de ella. Solo unos pocos tienen claro que le dedicarán su vida como concertistas, como profesores o como integrantes de las orquestas estables. El resto saben que es, simplemente, una parte importante en su formación como personas, que les enseñará a estudiar, que les abrirá corazones. Y los padres sabemos que les mantendrá alejados de otras cosas bastante menos convenientes, y por todo ello lo potenciamos.


            Es muy triste, muy estresante, ver que tienen que competir entre ellos de ese modo para conseguir una de las codiciadas plazas. Con once años supone una prueba dura, y más sabiendo que con la normativa nueva (henchida de afán recaudatorio) cualquiera que se presente a la convocatoria de septiembre, si supera en nota a los de junio, les puede quitar la plaza. Por eso, a pesar de haber quedado la primera de dieciséis, mi flautista de Hammelín tendrá que presentarse de nuevo cuando acabe el verano, pasar los meses de calor repasando y practicando, volver a enfrentar los nervios, el tribunal, los exámenes, en lugar de disfrutar del descanso que merece. Y yo volveré a pagar los cincuenta y dos euros de tasas, volveré a encerrarme con mi mejor cara en la sala de espera durante dos larguísimas tardes, volveré a secar sus lágrimas cuando los nervios amenacen con bloquearla, y cuando acabe, gane la plaza o no la gane, volveré a invitarla a un enorme helado de tres bolas con los sabores que ella prefiera, como hice ayer.


Yo brindaré con mi té con hielo y sacarina para celebrar su éxito porque, lo consiga al fin o no, ella ha puesto todo de su parte. Y con eso ya ha ganado. Enhorabuena, hija mía.

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