sábado, 16 de junio de 2012

VAQUEROS


            De haber nacido en otra época yo no sería yo. Por el hecho de ser mujer me habría visto obligada a ser esclava de faldas, fajas y corsés. Me imagino a mí misma como dama decimonónica, como campesina del dieciocho, haciendo mis labores siempre cubierta de faldas, enaguas, sobrefaldas, delantales y demás telas, sin que mis piernas reconocieran su independencia la una de la otra más que por unos leves pololos, eso contando con que hubiera podido permitírmelos, que nunca se sabe. De haber nacido en otro país tampoco sería yo. Obligada a llevar la cara y el pelo encarcelados, el cuerpo esclavo de telas opacas para no enseñar ni un milímetro de mi tejido natural y sonrosado. Yo soy yo gracias a las ideas que amueblan mi cabeza y a la libertad que da llevar unos pantalones vaqueros.

            No me cuesta reconocer que no sé, ni quiero, vestir de otra forma. Desde que era una niña reservé las faldas privativas de mi condición de hembra para cuando no me quedase más remedio que llevarlas por protocolo o imposición, y el resto del tiempo fui yo misma y me forjé la vida calzando unos pantalones vaqueros. Ellos me permitían toboganes y columpios, rodar por los prados a salvo de arañazos, colarme en las cuadras para hablar con los terneros sin demasiado cuidado. Me brindaban protección frente al frío, domingos de campo y sábados de canicas. A medida que fui creciendo ellos lo hicieron conmigo, se acampanaron, se estrecharon, se lavaron a la piedra, se tiñeron de colores imposibles, subieron y bajaron la cintura, se dieron vuelta en los tobillos, se hicieron pesqueros y extra-largos, pero en esencia siempre fueron lo mismo: una segunda piel de algodón natural y primario, con sus dobles costuras color naranja, sus remaches, los bolsillos imprescindibles para ir preparado para cualquier cosa y el cielo atrapado en sus fibras. Por la cara de dentro miraron y guardaron mi piel, blindándola contra sillas de instituto y biblioteca, zonas de césped, arena de playa invernal, asientos de autobús y metro, coches, escalones de academia y bancos de parque. Su parte de fuera veía y sentía lo mismo que yo. No recuerdo ningún momento importante de mi niñez, adolescencia y edad adulta, exceptuando algunas ceremonias religiosas, en que no llevase unos pantalones vaqueros puestos. Podía cambiármelos con mi hermana y con mis amigas, y ese simple gesto ya me hacía sentir distinta, mayor o más guapa, dependiendo. Mis exámenes, entrevistas de trabajo, el día que conocí a mi marido, mis primeras discotecas, el descubrimiento de mis embarazos… en todos esos momentos y en muchos más sin nada que destacar he ido enfundada en unos tejanos. Y orgullosa.

            He de decir que en toda mi vida solamente he tenido dos jeans de marca reconocida, y fueron heredados. Para mí la elección de un vaquero no iba ligada a una etiqueta cuyo precio no podía permitirme pagar, sino a la comodidad. A veces he necesitado probarme dos docenas de pantalones distintos hasta encontrar el que abrazaba mis formas sin estorbarlas, y por lo general ha sido en tiendas económicas, mercadillos y establecimientos de precios populares. Nunca me sentí mal por ello. Más bien al contrario.

            Cuando mi tripa rellena de niñas ya no me permitía cerrarme el botón fui directa al formato peto, pero siempre, siempre algodón azul teñido de cielo, costuras dobles de hilo naranja, la seguridad de ir guarnecida con un pantalón vaquero para seguir pisando por la vida con la misma fuerza, capaz sin tener que pensarlo de sentarme en cualquier lado, subirme a cualquier sitio, montar en cualquier vehículo, colarme en cualquier fiesta. Donde esté un buen tejano que se quite la mejor falda, el mejor traje y la más cara y lujosa de las telas.

            Tengo que reconocer que, dentro de estas pautas, hay sacrilegios a los que nunca he estado dispuesta: a llevarlos tan cortos que asome el forro de los bolsillos, por ejemplo. O a herirlos porque se llevan rotos. Esto me ha parecido siempre una imperdonable profanación: un vaquero roto es señal de una batalla ganada o de un avatar imprevisto en el que el pantalón entregó su integridad para proteger la tuya, y rasgarlo por capricho es fabricar una falsedad, es como obligar a un niño pequeño a mentir. Y no me gusta.

            Nunca tiro un vaquero que se me rompe. Cuando ya no es decente llevarlo puesto, su tela gastada me cuenta aún tantas aventuras, guarda tantos recuerdos, que no puedo arrojarlo a la basura sin más. Desde que era una adolescente me he fabricado con los vaqueros viejos mochilas, bolsos, forros de carpeta, fundas para discos, para gafas, estuches de lápices, bolsas para guardar de todo… cualquier cosa con tal de no desprenderme definitivamente de esos pedazos de mi historia.

            El día que me muera no quiero extravagancias. Ni mis cenizas en sitios inverosímiles ni caprichos absurdos. Solamente quiero que me entierren vestida con unos vaqueros, para caminar segura por ese viaje indeterminado; música de mis Sabandeños del alma para despedirme y una buena comida después para quienes me quisísteis, con cerveza abundante y buen vino, chorizo de León, pan de pueblo y las anécdotas de mi paso por vuestra vida provocando en vosotros, si es posible, más risa que llantos.

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