sábado, 23 de junio de 2012

VEGETALÍVOROS



            “Mamá, nosotros qué somos: carnívoros?” Mi vástaga menor me hizo esa pregunta una vez, cuando aún era pequeña. “No, cielo. Nosotros no solo comemos carne. También comemos pescado, huevos y vegetales”. La dejé pensativa. “¿Y cuando sea mayor yo podré elegir lo que quiero ser?” A esas alturas, y conociendo su poca afición por verduras y frutas, ya sabía yo por dónde iban a ir los tiros. Si de ella hubiera dependido, se habría alimentado solamente de chicha y yogures. Y helados. “Pues yo cuando sea mayor quiero ser solo carnívora”.


            Siempre he sido partidaria de explicarles a mis hijas las cosas como son. Por eso, y para aclararle a mi gordita rellena de qué iba el tema, tiré de libros. Le enseñé fotos de terneras. “¡Oh, qué bonitas! ¡Son vaquitas cachorritas!”. Después la llevé a la nevera, saqué un paquete de filetes y le dije: “esto es parte de una vaquita cachorrita como la que acabas de ver. Se crían para después sacrificarlas, se les quita la piel y los órganos internos, y esto es parte de sus músculos”. Después saqué un pollo limpio del frigorífico y le expliqué: “imagínalo con plumas y cabeza, comiendo maíz y cacareando. Para hacerlo al horno con naranjas, como a ti te gusta, hay que matarlo, desplumarlo y quitarle lo de dentro”. Las lágrimas llegaron en cuestión de segundos, eran una consecuencia previsible. Se abrazó al perro y no dejó de llorar en toda la mañana.


            Cuando se hubo calmado del berrinche, la saqué al balcón. Le enseñé las macetas de tomatitos cherry y le pedí que tocase las plantas. Me miró como si estuviese loca. “Mami, a las plantas no se las acaricia, que no sienten”. Ahí quería llegar yo. “Por eso, y porque son sanas, porque tienen vitaminas y muchas cosas buenas, es por lo que yo insisto en que comamos mucha verdura y fruta, y un poco menos de carne y de pescado”. Lo entendió, y desde entonces, aunque aún pone pegas (lo hace más por tirarme de la lengua y hacerme hablar que por otra cosa), come vegetales por un tubo.


            “Mamá, ¿por qué nos comemos a los animales?” Yo le expliqué que nuestro organismo está preparado para ello, que lo venimos haciendo desde millones de años atrás, que sus nutrientes nos convienen para crecer bien y evitar enfermedades, pero que no es preciso basar nuestra alimentación en ellos porque eso también afectaría a nuestro bienestar y a nuestra salud. “Pues yo no quiero que maten animales para comer”. “Es la única manera, cariño. Los criamos para eso. Antes cazábamos, pero ahora solo se caza por vicio, porque las granjas nos dan la carne que necesitamos”.


            Todo esto ocurrió ya hace unos años, antes de que ella comenzase a conocer amigos que no comen carne por respeto a la vida, personas que eligieron alimentarse solamente con vegetales para no ocasionar el sufrimiento ni la muerte de ningún ser vivo. Ellos le explicaron que se podía seguir una alimentación sana y sin carencias sustituyendo la carne por proteínas vegetales, legumbres, soja y preparados basados en el gluten, y que no echaban de menos los filetes o el pescado. Esto le dio material para pensar durante días, y después de madurar toda la información de la que disponía, volvió a preguntarme. “Mamá, ¿a ti te gusta la carne?” “Tanto como la verdura”, le respondí yo. “¿Y te gustan los animales?” Yo miré a mis dos gatos y a mi perro, y le contesté que sí, y que esto no era incompatible. “Ya sé por dónde vas. Amo a los animales, entiendo que robárselos a la naturaleza no está bien y por eso no cazo. Solamente como animales de granja, no salvajes. No me visto con pieles porque entiendo que comer es necesario, pero matar seres vivos solamente para arrancarles el pelaje que los cubre no es más que vicio, y ni lo veo elegante ni quiero hacerlo. Otra cosa es aprovechar el cuero de los animales que matamos para comer. Mira, hija, en esto hay opiniones para todos los gustos y cada uno tiene la suya. Yo veo las cosas así, jamás mataría por deporte ni por capricho, las corridas de toros me parecen una aberración y si pudiera las prohibiría, pero como carne. Los seres humanos somos así de complicados”.


            Desde el día en que tuvimos esa conversación, nos gusta, de vez en cuando, hacer jornadas veganas en casa. Días en que solamente comemos vegetales, para que aprendan a ver las cosas desde todos los ángulos y sean capaces de decidir con responsabilidad lo que quieren hacer. Gracias a eso han probado cosas que otros niños no saben ni que existen: algas, setas, tofu, seitán, y no tienen problemas a la hora de compartir cena en un restaurante vegetariano o vegano. Gracias a eso entienden a quienes han tomado la decisión de evitar la carne y han aprendido a respetar los puntos de vista de quienes se alimentan de forma diferente, y disfrutan de un paté vegetal tanto como de uno de origen animal, valoran un pastel de verduras igual que una empanada de carne, y no juzgan ni encuentran raros a los que eligen el veganismo. Al contrario, los admiran por privarse de cosas que a ellas les gustan.


            El año pasado fuimos a celebrar el fin de curso a un restaurante vegetariano. El camarero alucinaba de ver a mi pequeña disfrutar de la comida de aquel modo. Como es muy atrevida, fue incluso a la cocina para felicitar al cocinero, y los dejó desarmados a todos. Solamente es cuestión de información. Los niños no son tontos, no penséis que no pueden entender. A veces tienen las miras más abiertas que nosotros.

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