martes, 17 de julio de 2012

ADIÓS, PAPÁ



            Sucedió durante el entierro de Juan. No había muerto demasiado mayor, solamente sesenta y seis años. Trabajaba como asesor de moda, oficio mediante el cual había sido bastante conocido en los círculos pudientes de la ciudad. Su padre, un hombre educado a la antigua usanza, le echó de casa siendo poco más que un crío, al saber de sus tendencias homosexuales. No le volvió a llamar.


            Ni sus hermanos le apoyaron ni le buscaron, ni los sobrinos que fueron naciendo tuvieron nunca contacto con él. Una mala influencia, invertido, maricón. Ni hablar de acercarse. Juan, tuviera pareja o no la tuviera, era un elemento que convenía alejar de la vida de los pequeños. Contaminante, peligroso. Esas cosas se pegan, y si me sale un hijo marica, lo mato. Y si se entera la prensa, nuestra reputación por los suelos. Por eso siempre ocultó a cuantos le conocieron que su familia era rica, que tenían grandes fábricas, que incluso estaban metidos en política. No quería ser un obstáculo, ni avergonzarles. Solamente quería vivir su vida de acuerdo a lo que era: un hombre con sentimientos.


            Su sensibilidad y su gusto por la moda, unido a su natural simpatía y su talento, le hicieron pronto un hueco en la profesión que había elegido. Culto, educado y con gusto… todas las mujeres de la alta sociedad lo querían a su lado, y él, servicial y atento, tenía la agenda a rebosar. Acumuló dinero, regalos… pero de su vida personal nada se sabía. Sus clientas, algunas bastante cotillas, siempre trataron de saber, pero él nunca dijo nada. Sonreía, daba un giro a la conversación y salía airoso sin soltar prenda. Con quién salía o entraba, con quién dormía, a quién amaba o qué hacía cuando no trabajaba eran incógnitas que no estaba dispuesto a revelarle a nadie.


            Juan murió de la manera más estúpida. Estaba solo, como siempre, en su piso de soltero del centro de Madrid. Un desafortunado resbalón en la ducha, un mal golpe… y todo acabó. A su entierro acudió la prensa del corazón en bloque, no por él, sino por la masiva asistencia de famosas, toda aquella colección de compradoras de elegancia sin gusto ni criterio de las que vivía, llorosas y compungidas. Ni un familiar, ni un amigo íntimo. Y de pronto, ocurrió.


            Ya estaban en el tanatorio a punto de colocar el féretro en la incineradora, según él mismo había dejado escrito. A la puerta paró un autobús, y de él bajaron cerca de cincuenta niños y niñas, de distintas edades. Cada uno llevaba un clavel blanco en la mano. Uno por uno, desfilaron junto al ataúd de Juan, dejando la flor sobre la tapa después de besarla, y despidiéndole con un “adiós, papá”. El revuelo fue tremendo. ¿Cómo podía ser Juan el padre de todos esos mocosos? ¡Si era homosexual!


            Dentro del autobús, sin fuerzas para bajar a despedir a su pareja de toda la vida, Samuel, el director del refugio para niños sin hogar de donde venían todos aquellos chavales, lloraba, hecho un ovillo, en el asiento del conductor. Eso es lo que hacía Juan cuando no trabajaba: cuidar, alimentar, ayudar a educar, dar cariño de padre a niños que no eran sus hijos, pero que no tenían a nadie que les diera eso. Eso tan importante que a él le habían negado por ser lo que era. Para todos ellos, y para muchos que ya se habían convertido en adultos, Juan y Samuel fueron los padres, la referencia, los que les enseñaron a valorarse, a luchar, a salir adelante y a sentirse apoyados y queridos.


            La mirada de los niños es limpia. Somos los mayores quienes la contaminamos. En nuestra mano está enseñarles a no etiquetar, a no prejuzgar, y a respetar a los demás por lo que son: personas. Sin más.

3 comentarios:

  1. Mi misión cuando sea madre es enseñar eso: a no etiquetar, a no prejuzgar, y a respetar a los demás por lo que son: personas.
    Me ha encantado tu consejo.

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