lunes, 2 de julio de 2012

BESOS DE SILICONA



            Comentábamos el otro día en familia, a cuenta de las mujeres que se han tenido que operar de repente a raíz del escándalo de las prótesis de silicona fraudulentas que revientan y la lían parda en las domingas de nuestras convecinas, la cantidad de casos denunciados. Nos asustábamos de las cifras de mujeres con prótesis mamarias en España, nosécuantasmiles, muchísimas. Demasiadas. Desde que se conoció ese tema me dio por fijarme; en un principio yo pensaba que eso era solo cosa de famosas, famosillas y aspirantes a tales, pero no me salían las cuentas y empecé a mirar con discreción los escotes ajenos. Ustedes me perdonen, pero la que se pone tetas es para que se las miren más y mejor, así que no creí estar haciendo mal con mi plan de observación.


            Comencé a oír de casos cada vez más cercanos y excusas de lo más peregrinas. Nadie dice “se las puso porque le dio la gana”. Todas aducen “es que estaba muy acomplejada porque era muy plana”, o “tenía fobia a ir a la playa y a la piscina por vergüenza”. Luego empecé a oír de algunas graves: “mi novio me dijo que, o me ponía tetas, o me dejaba” (luego mirabas al novio y no te extrañaba nada). Y gravísimas: “en tal cadena de boutiques, si quieres entrar a trabajar como dependienta, lo primero que te dicen es que te tienes que operar”. Después de cosas así ya no sabes qué pensar, pero miras y remiras en las bodas y comuniones a las que asistes, y todas lucen orgullosas escotes de vértigo para que se vean más las exageradas perolas, enhiestas y ridículamente artificiales, que no solo no las hacen más bonitas, sino que da hasta grima pensar en ponerles un dedo encima. Vamos, si yo fuera hombre no sé si me atrevería.


            Con toda esta observación concluí que, a menor cultura, más silicona pectoral, y que los estratos sociales más bajos eran los que estaban haciendo de oro a los cirujanos de la teta plástica. Hoy, por azar, me he dado cuenta de mi error.


            Mi gordita rellena pequeña se ha ido esta mañana de colonias. Cuando he llegado al punto de encuentro del autobús, me he dado cuenta de que elegimos para ella un campamento al que van los niños de la flor y nata de la sociedad local. O sea, los pijos. Los papás, de marca de arriba a abajo. Los coches, caso aparte: yo tardé veinte minutos en encontrar aparcamiento, y no paré hasta dejar mi vehículo en lugar adecuado. Ellos no. Llegaban con sus “audises” (con cuatro aros cada uno, nada menos), sus “bemeuves”, sus mercedes y “frilanders” de cristales tintados, y paraban en zona de raya amarillísima delante del Palacio de Congresos. Uno detrás de otro, una fila, dos filas. Cuando llegaron los autobuses a recoger a la chiquillería, tuvieron que parar en tercera fila, o sea, en mitad de la calzada, dejando estrangulado el tráfico en la zona durante un buen rato. A mí me enseñaron que eso no se hace. Por lo visto, en las escuelas de pago y caché, esa asignatura no existe.


            Como había tiempo de sobra, me puse a observar. Ocho y media de la mañana, y las había con unos tacones (eso sí, peep toes a lo Princesa Letizia) de marearse. Conjuntos marineros, marcas caras, gafas de sol de las de “con lo que cuesta eso en mi casa se come un mes”, marcados de peluquería (¿yo lavarme el pelo en casa? ¿Y para qué están los estilistas?) y mucha, pero que mucha delantera falsa. La gran diferencia es que donde las pobres enseñan chicha para lucir la inversión, las ricas cubren el plástico con blusas caras. La silicona que enseñan está más arriba: jamás vi tanto labio colagenado (eso sí, maquillado en tonos nude, para no caer en el “efecto chistorra”), tanto ácido hialurónico y tanto bótox fuera de una alfombra roja de las que salen en la tele. Ellos, los papás, bermudas y polo de “Tomy Nosequefiguer”, náuticos de “Burburrys” y jersey sobre los hombros anudado al cuello, mucha gomina peinando las canas y cara de “que salga ya el autobús que tengo negocios pendientes”. Y allí estaba yo, con mis zapatillas de deporte y mi culotte de Decathlón, mi camiseta de Carrefour y la ilusión de mi niña llenándolo todo. Algunas de aquellas mujeres me miraban, y yo sacaba pecho y sonreía, sin envidiarles nada. Después le di a mi peque un abrazo 100% carne natural mientras las otras daban a sus niños besos de silicona; salieron los autobuses y se dispersó la reunión con un revuelo de coches caros.


            Con todas estas observaciones que os he contado, he elaborado una teoría peregrina, de esas que yo desarrollo de vez en cuando: la diferencia entre las mujeres de la alta sociedad y las otras solamente es el dinero, lo cual es una diferencia francamente pobre. Paupérrima. Y reivindico de nuevo: más libros de calidad y menos plástico, por favor. Nos irá mejor a todos.

1 comentario:

  1. jajajaja. Lo que me he reído. Tienes toda la razón, últimamente cuando vas a la playa, jo, lo raro es ver tetas normales. Ya sabes como las mías, que caen por la dichosa ley de la gravedad jajaja. Yo mira, por desgracia, porque para mí lo es, las tengo hermosas, porque mi madre me las dejó en herencia, y si no tuviera tanto respeto a los quirófanos, ya me las habría quitado, porque es una PUTADA. Yo no sé donde se compraran bikinis las operadas estas, porque yo con las mías naturales, me cuesta un huevo encontrarlos y que me las tapen. Claro, las mías es que, además de cubrirlas (y por completo, que yo paso de tapar solo el pezón), necesito que me las levanten parriba, que parezca que aún andan ahí. Y claro las operadas se tienen solas. En fin...que yo que las padezco, y sé los dolores de espalda que acarrean, las miradas "asquerosas" de muchos capull...y el no poder comprarte una camisa sin que se te abra por donde no debe, no sé como narices se ponen esos tamaños las que tienen suerte de ser "normales". Ojala a mí me hubiera dado mi genética unas tetitas más pequeñas. La de quebraderos de cabeza que me hubiera quitado. Viva lo natural. Abajo los labios morcilleros que parece que les hayan cerrado la puerta en la cara. Un besazo Mujer De Verdad!!!

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