domingo, 1 de julio de 2012

DESEOS



            La caja de los deseos apareció de pronto. Quizá siempre estuvo ahí, tal vez estaba camuflada y había pasado inadvertida a los ojos de todos, o puede ser que algún espíritu travieso la hubiese tenido oculta durante siglos y la hubiese dejado caer de su bolsillo mágico, por azar, en aquel lugar y momento precisos.


            Laura había pasado cientos, miles de veces por aquel sitio, y no recordaba haberla visto antes. Le llamó la atención el brillo de sus herrajes, y se acercó para tocarla. La madera oscura olía a sándalo. La agitó, pero nada sonaba dentro de ella. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie la veía, abrió su mochila del colegio y la metió dentro, con los libros de texto, el estuche de lápices de colores y el bocadillo del almuerzo.


            Pensó en ella toda la mañana; no se atrevió a sacarla de la mochila por miedo a que alguien la viese y la reclamase como propia. Ardía en deseos de saber lo que contenía, la curiosidad era difícil de controlar, y no logró concentrarse en las matemáticas ni en el inglés, ni siquiera en las ciencias naturales, su asignatura favorita. Por fin, el timbre sonó y Laura echó a correr hacia su casa.


            Una vez en la soledad de su cuarto, cogió la cajita con ambas manos, descorrió el cerrojo y la abrió. Estaba vacía, y esto supuso una gran desilusión. Sin embargo, esta sensación se diluyó como el humo en el aire cuando alcanzó a leer lo que había tallado en la parte interior de la tapa: “Soy una caja de los deseos. Solamente puedo concederte uno, así que piensa bien lo que pides. Una vez lo tengas, déjame libre”. ¡Un deseo! Después de todo, la caja sí contenía algo, y muy valioso. Iba a concederle aquello que más anhelase.


            El resto del día, Laura lo pasó pensando en qué era lo que más deseaba. ¿Muñecas? No, no había ninguna que le gustase tanto como para desperdiciar su deseo en un juguete. ¿Ropa? Bueno, la que tenía era heredada de otras niñas, pero si pedía ropa bonita y nueva, en poco tiempo crecería y la dejaría pequeña, y no habría sacado mucho provecho del don caído del cielo en forma de cajita de madera. Quizá lo mejor sería pedir un trabajo para papá. Desde que había perdido el que tenía todo había ido de mal en peor, mamá lloraba a menudo, y él pasaba los días buscando por ahí cualquier empleo. No encontraba nada, y había comenzado a acudir al auxilio social para que la familia pudiese comer. Sí, posiblemente el mejor deseo que podía pedir era ese: un trabajo para papá.


            Laura pensó que era mejor esperar un día y no precipitarse. Al fin y al cabo, nadie sabía que tenía la cajita, así que no importaba si aguardaba a la mañana para formular su deseo. La noche de descanso tal vez le indicase una petición mejor que la que ella tenía en mente. Y entonces, ocurrió. Salió a pasear al perro, y comenzó a ver la lluvia de ceniza. No sabía lo que era, pero se posaba, blanda y silenciosa, sobre los coches, la acera, su pelo. Un leve olor a quemado le irritó los ojos y se aferró a su garganta. Subió a casa y conectó la televisión, pero ya su padre y su madre lo estaban comentando. Un inmenso incendio forestal se estaba comiendo el monte, matando árboles, destruyendo casas, carbonizando animales… Las imágenes de la pantalla eran desoladoras y Laura no pudo evitar la visita de las lágrimas.


            Por la mañana, la neblina amarillenta del humo envolvía cuanto alcanzaba la vista. Las cenizas cubrían su pueblo como mudo recordatorio de que, a pocos kilómetros, todo estaba muriendo en el infierno de las llamas. Pensó en la excursión que había hecho con el colegio unos meses antes a aquella zona. Les habían dicho que en esos bosques vivían erizos, zorros, jabalíes, conejos, cabras, ciervos, e incluso habían visto algunas ardillas y muchos nidos de pájaros distintos en los árboles. Recordaba el olor de los pinos, la frescura del aire y el silencio vegetal. Recordaba la paz, la alegría de vivir, la vida floreciendo a su alrededor. Ahora la televisión le decía otra cosa muy distinta. Estaba tan apenada que ni siquiera se acordó de la caja en todo el día. Las noticias eran descorazonadoras, el sol no podía salir y todo el mundo estaba muy, muy triste.


            Al cuarto día desde el comienzo del incendio, el calor, el humo y la desolación eran como una grave enfermedad que se adueñaba de la gente y del paisaje. Los esfuerzos eran inútiles, y al paso de las llamas irrefrenables todo moría sin remedio. Nada podía parar aquello mientras el cielo se negase a enviar la lluvia. El hombre, que se cree todopoderoso, se supo impotente para evitar el avance del fuego. De repente, Laura se acordó de la cajita, y llena de pena la sacó de debajo de su cama. La abrió, y fue tan generosa que enterró su intención inicial y deseó la lluvia. La deseó, la pidió, gritó. Y al cerrar la tapa de madera con herrajes dorados se oyó el primer trueno.


            Allí fue donde dejó la caja. En el monte quemado, después de plantar un pino comprado en el vivero. Allí, pues no había ningún otro sitio mejor en donde dejarla.

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