lunes, 23 de julio de 2012

ECOHUERTECILLO



            No sé su nombre, y como soy cuentista, pues me lo voy a inventar. A mi protagonista le voy a llamar Juan Hortelán. Porque sí, porque me suena bien, porque lo encuentro apropiado y porque mi blog es mi mundo, y en él mando yo hasta que se demuestre lo contrario.


            Juan Hortelán era un chico valiente, como tantos en este país: leído, inteligente, estudioso, formado. Y le pasó lo que a tantos en este país: que cada iniciativa empresarial que se le ocurría encontraba una falta total de apoyo por parte de las fuentes de financiación y de las autoridades. Supongo que esta historia os suena, solamente tenéis que mirar alrededor. Caminad vuestro barrio, hablad con la gente y veréis cuántas tiendas cerradas, cuántas empresas en quiebra, cuántos autónomos en paro sin prestación. El futuro cerrado y con un candado tan grande como la catedral de Valencia.


            El caso es que Juan, de naturaleza inquieta y curiosa, caminaba un día por entre las huertas de Alboraya, y oyó a las verduras charlar entre ellas. Pimientos italianos y calabacines conversaban animadamente; las calabazas reían un chiste verde que los pícaros tomates pera, siempre con sus bromas subiditas de tono, iban contándose unos a otros. Los limones del limonero cantaban una copla de la Piquer (“a la lima y al limón, tú no tienes quién te quiera…” pobrecitos, solamente se saben esa), y mientras tanto las cebollas sudaban sobre la tierra antes de ser cogidas, quejándose del intenso calor. Divertido, nuestro Juan Hortelán se quedó un rato escuchando el buen humor de la vida vegetal de aquel huerto. No sabía a quién pertenecía, ni qué abono era capaz de volver parlanchinas a las hortalizas.


            Después de un par de horas, continuó caminando. El huerto siguiente era distinto. Los vegetales no hablaban, solo tosían. Eso sí, el color y la tersura de los tomates eran espectaculares. Los pimientos brillaban, el verde de las acelgas parecía pintado. Las calabazas, por no tener, no tenían ni verrugas. Ni una arruga en los calabacines, todos rectos, todos tersos. No escuchó palabra alguna, pero estornudos y toses… parecía que todas las hortalizas se hubieran puesto de acuerdo para constiparse. Intrigado, Juan Hortelán preguntó a una mata de guisantes que quedaba junto al camino, pero ésta no le respondió. Solamente un guisantillo chivato, que había caído de una vaina medio abierta, le sopló desde el suelo: “nos han fumigado con una cosa asquerosa para los bichos, casi nos asfixian. ¡Qué peste! Peor que el abono químico que nos ponen para que crezcamos así de guapos. No sé qué narices llevará, pero nos deja insípidos. ¿Qué os pasa a los humanos? ¿Ya no tenéis sentido del gusto? ¿Coméis con la vista, o qué?”


            Juan Hortelán le dio muchas vueltas a lo que había visto y escuchado aquel día, pensó en el enfado del guisante y en el reproche que le había hecho, y se le encendió una lucecita. Pasó muchas tardes caminando por entre las verduras de aquellos huertos; vio de qué manera eran trabajadas ambas tierras, compró algunos vegetales locuaces al abuelillo que los plantaba, le preguntó sobre las semillas, los abonos… Del otro huerto no pudo comprar nada, toda la producción iba al mercado de abastos después de ser cosechada, limpiada y encerada.


            El anciano dueño del huerto parlanchín le regaló a Juan una mata de tomatitos cherry para que la cultivase en una maceta. Eran de un color oscuro, casi tostado, y sabían a sol, a tierra y a tradición. Ellos fueron los que le hicieron la gran pregunta: “¿TÚ QUÉ QUIERES COMER?” Y lo vio claro.


            A veces hay que mirar atrás para caminar hacia delante. Recuperar lo abandonado, la tierra, los valores. Algo no es más rico por ser más bonito, y nuestros cuerpos piden menos química y más salud. La tierra nos da de comer, y le hemos dado la espalda.


            Encontré este puesto en un mercado de verduras de producción ecológica. “Ecohuertecillo”, el proyecto de un Juan Hortelán que ni siquiera se llama así, pero que pretende contestar a esa pregunta que le hicieron los cherrys de la maceta, antes de estallar en su boca llenándosela de respuestas. Compré unas cuantas de sus verduras parlanchinas, esas que hablan de naturaleza, cariño y ausencia de pesticidas. Lo hice con satisfacción, porque mi dinero fue íntegro a quien trabaja la tierra, sin intermediarios. Sin sanguijuelas. Y si entre las acelgas me sale algún caracol, lo guardo para la paella.


            Me encanta la idea. ¿Y a vosotros?

1 comentario:

  1. Hola Susana,

    desde Ecohuertecillo queremos darte las gracias por acordarte de nosotros en tu blog.

    La verdad es que nos ha encantado tu historia y sinceramente casi se nos saltan las lagrimillas al leer tus palabras.

    Esperamos que disfrutes con las verduras que ofrecemos. Le diremos a Juan Hortelán que te acordaste de él en su blog.

    Muchas gracias!!

    Ecohuertecillo.

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