viernes, 6 de julio de 2012

EL GRANADO BORDE



            Cuando vi las granadas incipientes en las ramas del árbol, no pude evitar que se me hiciese la boca agua. Lo único que me gusta del otoño son sus colores, que son los que suelo adoptar a la hora de vestir, teñir mi pelo y maquillarme, y sus frutos. La granada es una  delicia de apetitoso color rubí, dulce, otoñal y tremendamente sana, y a mí me encanta. Por eso, al verlas allí, pequeñitas, verdes y creciendo con vigor, prometiendo su jugo rojo intenso para la próxima estación, tracé un plan con mi fiel Pelos, mi perro. Habíamos encontrado el árbol por casualidad, variando nuestra habitual ruta de paseo.


            “Pelos, mira qué granado más bonito. No debe ser de nadie, aquí plantado al borde del camino. En septiembre tenemos que volver por este lugar para coger algunas granadas, verás qué salsa para la carne tan rica hacemos”. El perro, al oír la palabra “carne”, levantó las orejas contento. Y de pronto, una voz leñosa me contestó: “¿qué te parece si te arranco un par de dedos y me los como, gorda?” El granado se había ofendido por mi plan de robarle sus frutos. Me molestó su tono, pero aún me molestó más su insulto. “Oye, guapo, que yo a ti no te he faltado al respeto, ¿eh? Si no me quieres dar granadas, para ti todas, pero no me llames gorda”. El árbol se encogió de ramas. “Es que soy un granado borde, no puedo evitarlo”. Yo quería irme, pero mi curiosidad me dejó clavada al camino. ¿Un granado borde? ¿Eso existe?


            No tuvo inconveniente en explicarme. “Yo nací en un semillero, como todos esos granados del campo que hay al otro lado del camino, ese que tiene la valla verde. Somos de carácter borde, nos plantan porque nos adaptamos mejor al terreno, somos más fuertes y resistentes que otras variedades a los cambios de tiempo y a las plagas. A todos los demás los plantaron ahí dentro. Yo era más pequeño, no había espacio, y me tiraron aquí, junto al camino. He sobrevivido como he podido, gracias, precisamente, a mi carácter borde. A ellos los han mimado, regado y abonado, los han injertado de variedad dulce una vez crecidos, los han cosechado y podado cada año. Yo he tenido que salir adelante con agua de lluvia y nada más, sin cuidados, sin cariño. Por eso mis granadas son más pequeñas que las suyas, y por eso también son amargas e incomibles. Tengo que soportar que cada año los chiquillos las arranquen sin ningún miramiento, rompiéndome las ramas incluso, para usarlas como proyectiles en sus correrías y juegos. A mí nadie me quiere porque soy borde, y soy borde porque nadie me quiere. Así de simple”.


            Me dio una tremenda pena aquel árbol tan amargo y amargado. “Prefiero comprar las granadas en el mercado. Gracias por avisarme de que tus frutos no son de buen sabor. Siento que todo el mundo sea tan injusto contigo”, le dije. Él me explicó que existen variedades bordes de casi todos los frutales, y que incluso los naranjos ornamentales de las avenidas de mi pueblo son de fruto amargo, bordes. “Ellos no insultan porque sus naranjas las compran los ingleses para hacer mermelada, y solo por eso se creen mejores que los demás, pero no lo son. Son igual que yo”.


            Le agradecí al granado que me hubiera enseñado dos cosas: de dónde viene el adjetivo “borde” y por qué los ingleses tienen ese carácter tan… bueno, tan británico. Como regalo, lo regué con toda el agua mineral de mi botella de litro y medio. Él dejó caer una granada verde a mis pies para que Pelos pudiese jugar, demostrándome que en el fondo no era tan desagradable.


            Iré de vez en cuando a charlar un rato con mi amigo el granado, a ver si aprendo más cosas de él. A lo mejor, con cariño, llego a conseguir que haga las granadas dulces.

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