martes, 10 de julio de 2012

HIJA MÍA, ¿CUÁNTO ME QUIERES?



            Había una vez un rey viudo que tenía tres hijas. Supongo que en otro tiempo diríamos aquello de “Dios no había tenido a bien concederle un hijo varón, sino tres hembras”, pero hoy en día eso ya no cabe, por fortuna. Al menos en occidente; en talibanolandia es otro rollo. Mucho ha habido que luchar, pero en nuestros tiempos un padre que solamente ha tenido hijas ya no es un hombre sin suerte. Aunque en China y en La India no piensan lo mismo. Ni en África. Ni… bueno, que me pierdo en divagaciones; al grano, señora escritora.


            La reina había muerto al dar a luz a la más pequeña de las tres princesas (esto, por desgracia, solamente es un anacronismo en los países desarrollados. En el resto aún ocurre con demasiada frecuencia, desafortunadamente. Vaya, he vuelto a salirme del guión. Ya me callo). El rey adoraba a sus pequeñas, y vivía feliz viéndolas crecer.


            Un día decidió averiguar cuánto le amaban sus hijas (sí, esas cosas peregrinas que se les ocurren a los reyes de los cuentos), así que llamó a la mayor, Estrella, y le preguntó: “Hija mía, ¿cuánto me quieres?” La muchacha se abrazó al cuello de su padre y le dijo: “Tanto como oro cabe en las bodegas del más grande de tus barcos, padre”. Y el rey, complacido por lo mucho que le quería su hija, le dio un beso y le dijo que ya podía irse a hacer cosas de princesas.


            Después llamó a la segunda, la princesa Luna, y le preguntó: “Hija mía, ¿cuánto me quieres?”. La chavala, zalamera y conquistadora, le llenó la cara de besos y le dijo: “Tanto como rubíes y esmeraldas hay en nuestras minas, padre”. Y el monarca, encantado de la vida (no pensemos en las condiciones de trabajo de los mineros que trabajan en ese tipo de explotaciones, que nos salimos otra vez del cuento), abrazó a su hija y la envió a retocarse los tirabuzones (puaj).


            Por último, llamó a la princesa Sol, la más pequeña, y curiosamente la más inteligente de las tres (típico de los cuentos, por lo visto se hacen las pruebas con el primero y el segundo, y ya el tercero sale high quality, lo cual es totalmente discriminatorio, pero en fin, es lo que dice el cuento), y le preguntó: “Hija mía, ¿cuánto me quieres?”, a lo cual la chiquilla, que además era la más guapa, sincera, generosa y cariñosa de las tres, le respondió: “Padre, te quiero más que a la sal”. Y se quedó tan ancha. El rey se puso hecho una fiera, y bramó enfadado: “¿Cómoooooooooo? ¡La sal no vale nada! ¡La pueden comprar hasta los pobres! ¡La producen a toneladas sin ningún esfuerzo en Torrevieja! ¡No puedo creer que una hija mía me valore tan poco como para decir que me quiere como a algo tan insignificante!” Y dicho esto, hizo encerrar a la princesa Sol en la mazmorra más lóbrega, húmeda y trístida (huy, perdón, triste, se me ha ido una esdrújula por ahí) de todo el castillo.


            La princesa Sol, que quería mucho a su padre, estuvo desolada y llorosa durante muchos días (le quedaron los ojos como tomates, la pobre andaba hecha unos zorros por la mazmorra con el moco colgando y sin kleenex, que entonces no existían), y al final le pidió al carcelero, al que conocía desde siempre (era funcionario, ya sabéis, toda la vida en el mismo puesto) que le facilitase papel y pluma para escribir una carta. Después le dio instrucciones sobre a quién entregarla, y le sobornó con la promesa de compensarle con unas monedillas de oro en cuanto saliese del calabozo. El buen hombre aceptó hacerle el favor y rechazó el soborno, y arriesgándose a perder su puesto, entregó la misiva. (Esto último, si queréis os lo creéis. Lo de rechazar la propina y obrar guiado por el buen corazón, digo).


            A la semana siguiente, el rey decidió dar una macro-fiesta en palacio. Llamó al cocinero real y le pidió que elaborase un menú tal que le hiciese quedar a él como el mejor anfitrión del mundo mundial; el chef, antepasado de Ferràn Adrià, compuso la siguiente minuta:


De primero, consomé de lenguas de ruiseñor a las hierbas aromáticas, acompañado de crujiente de faisán con deconstrucción de huevos de ave del paraíso.


De segundo, asado de cervatillo lechal cazado en los bosques del reino, relleno de pechugas de codorniz, mousse de castañas de las Indias Orientales y salsa de frambuesas de Birmania (ahora llamado Myanmar, o como los militares que lo gobiernan piensen que mejor queda), y adornado con espirales de guisantes baby de Zarautz.


Como acompañamiento a la carne, una ensalada de brotes tiernos vegetales traídos del Cipango: rúcula, canónigos y cogollos regados únicamente con agua tibetana para su crecimiento; caviar de tomate, reducción de vinagres aromatizados con rosa del Pitiminí y cristales de cebolla andina.


El resto del menú se componía de postres, bodega, cafés, y bueno, ya sabéis. Toda la parafernalia. El rey quedó contento porque la nomenclatura de los platos era moderna y lujosa, tal y como le gustaba a él. Dio el visto bueno (no se le ocurrió pensar que los ruiseñores están protegidos, los cervatillos no se pueden cazar hasta que llegan a adultos, el agua del Tíbet es carísima, los faisanes y codornices se producían en granjas en las que los pobres pájaros vivían enjaulados y mal tratados, las aves de paraíso y sus huevos están en peligro de extinción, y bueno, tonterías de esas) y convocó trescientos invitados a su fiesta.


Al salir las bandejas de comida a las mesas, los asistentes prorrumpieron en “Oes” y “Aes” de admiración, y el rey se sintió importante, que era el objetivo de aquella reunión. Pero cuando probó los platos… ¡estaban malísimos! Se puso otra vez hecho una furia (debía tener algún gen de ogro por ahí perdido) y mandó llamar al cocinero. ¡Con el dineral que se había gastado en todos aquellos ingredientes imposibles y lujosos! “Inútil, incompetente, jamás esperé esto de ti. Me has hecho quedar en ridículo. ¿Qué demonios le has puesto a la comida para que esté tan mala? ¡Dímelo antes de que te decapite con mis propias manos! (uf, qué crueldad más innecesaria, por favor) ¿Con qué ponzoña pretendías envenenarnos?” Y el cocinero, muerto de miedo y temblando, le contestó: “Clemencia, su majestad. Este humilde cocinero solo ha seguido las instrucciones de la princesa Sol, que me pidió que no pusiera sal en los guisos de hoy. Por eso están tan malos. Solamente añadan sal, y los manjares lo serán de verdad. Y no me mate, que tengo seis hijos que mantener (estos plebeyos, siempre llenos de mocosos)”.


El rey se dio cuenta entonces de que su hija pequeña lo quería tanto o más que sus otras hijas, la sacó de la mazmorra, condecoró al cocinero con la primera Bocusse D’Or de la historia, fueron felices y comieron perdices (hasta que al rey le diagnosticaron hipertensión y ácido úrico y se le acabaron la carne y la sal, pero bueno, en el cuento original esto, como tantos otros detalles, se lo callan, los muy…)


Ya sé que esta no es la manera más ortodoxa de contarlo. Seguramente, si mi abuela Lola, que fue quien me enseñó esta historia siendo yo una renacuaja, leyese este texto, me atizaría con el rodillo por cargarme la magia del relato, pero… En fin, así lo veo yo. Y verdecín, verdezado, (que si digo lo de colorado enseguida habrá quien diga “ya le salió la vena socialista”, y si digo azulado me tomarán por lo que no soy), este cuento se ha acabado.

2 comentarios:

  1. un cuento muy bonito y muy divertido , me ha hecho pasr un buen rato gracias por el cuento antes de irme a la cama

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  2. Hola! te acabo de dejar un reto en mi blog, te invito a que le eches un vistazo! ;-)
    http://hellenstyle.blogspot.com.es/2012/07/acepto-el-reto.html

    Saludos.

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