lunes, 9 de julio de 2012

HISTORIA DE AMOR



         Se conocieron al comenzar un otoño. Él se había mudado a aquella casa hacía ya un par de años. Era grande y moreno, vestido a la moda de la época. En el salón se sentía a gusto, la televisión era brillante y nueva, el suelo de madera lo hacía todo muy confortable, y el radiador y el aire acondicionado se encargaban de que la temperatura siempre fuese buena. Los estores evitaban en verano la agresión del sol, y los libros llenaban las estanterías. Sí, definitivamente, era su rincón favorito.


            Aquel mes de octubre podía haber sido como otro mes cualquiera, pero no. Llegó ella, con su aspecto bohemio y casero, tan distinto del suyo, su festival de colores y su cálida suavidad. Fue directa al grano, sin presentaciones ni formalismos, y nada más entrar por la puerta se dejó caer sobre el cuerpo de él y permaneció así durante horas, susurrándole al oído todas las historias que conocía. Él, desbordado, conmovido y un poco apabullado por tantos sentimientos nuevos, se enamoró sin remedio. Y ella, con su existencia ya colmada de pequeñas experiencias amorosas, se entregó a él por entero, cambiándole la vida y el aspecto.


            La fábrica en la que él había nacido (sofá color wengué con chaise-longue, modelo 45) era un lugar frío en donde no existía la improvisación. El catálogo de colores, siempre el mismo. Los esqueletajes, fabricados por la misma máquina. Las telas y espumas, los muelles, todo hecho en serie, calibrado, patroneado, milimetrado y espantosamente exacto. Había muchos, muchos sofás como él en muchas casas. Ella, sin embargo, era todo lo contrario. La había tejido a mano una mujer, madre de la dueña del sofá. Para hacerlo, aparte de una aguja de gancho bastante gorda, había empleado muchas horas de su tiempo, su regazo y sus manos, su gusto a la hora de mezclar colores y todos los sobrantes de lana que acumulaba en un cajón, procedentes de jerseys y otras cosas tejidas por ella. Es muy difícil comprar la lana justa para cada labor, normalmente siempre sobra algo, que por sí solo no puede componer una prenda entera, pero que junto a otros finales de ovillo sirve, por ejemplo, para hacer mantas de sofá. Como aquella.


            Pasaron el otoño, el invierno y la primavera sin separarse. La mayor parte del día estaban solos, con toda la libertad para amarse sin testigos. Algunos ratos había una persona o dos entre ellos, pero la manta siempre encontraba la manera de tocarle, disimuladamente, con alguna de sus esquinas. Él se sentía acariciado, amado. Feliz, en definitiva. Le gustaba escuchar cómo la manta le contaba la historia de cada una de sus rayas. “Esta lana roja de aquí la compraron para hacer un jersey a la chica que se sienta en ti y se tapa conmigo, pero entonces no tenía veinticinco años, como ahora, sino diez. Esta lana negra con vetas plateadas era para confeccionar un bikini, en aquella lejana época en que se llevaban hechos a ganchillo. La mujer que me hizo lo lució un par de veranos, era la sensación de la playa. Y esta lana verde…” Así le fue contando, poco a poco, la procedencia de aquello que la componía y la hacía tan única, tan irrepetible. Tan especial, en definitiva.


            Pero la primavera avanzó hacia el verano, y un buen día ella desapareció. Sin dar ninguna explicación, sin despedirse. Él creyó que se moría de pena. Se sintió solo, abandonado, y su tono marrón-oscurísimo-casi-negro (o, resumido, wengué) se volvió más tristón, tirando a fúnebre, como su ánimo. Faltaban los colores de ella. El día en que regresó, mediado octubre, se abrazaron con tanta pasión que hasta los estores de la ventana se dieron la vuelta, avergonzados. “Hueles a polvo”, dijo la manta. “Y tú a naftalina”, contestó el sofá. Y dedicaron cuantas horas pudieron a acariciarse, sabiendo que solo podrían hacerlo mientras el frío fuera el dueño de los días y las noches.


            Juntos aguantaron la llegada del gato, que se enroscaba a dormir entre ambos. También la de los niños, con sus manchas de papilla, sus rayajos de rotulador y cera de colores, sus zapatos sobre el asiento y su ternura al dormir. Y ellos, la manta y el sofá, acomodaron y abrigaron en perfecta armonía a cuantos se fueron añadiendo a su vida.


            Ayer noté que la manta de rayas que me tejió mi madre, con sus tantos retales de lana que me recuerdan tantas cosas de mi niñez, tiene un par de agujeros. Y mi sofá, el que compré cuando me mudé aquí, también está roto por dos o tres sitios. Creo que están envejeciendo al unísono. Trataré de repararlos, que no está el presupuesto para cambiar sofás. Pero una cosa sí tengo clara: cuando él haya de irse, dejaré que ella se vaya también, abrazada a sus cojines, para que, ya que se han amado tanto, les quede al menos el roce de sus fibras como consuelo.

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