sábado, 7 de julio de 2012

INESPERADA BATALLA



         Podía haber sido un día como todos los demás, y de hecho, ese era el aspecto que presentaba. Se nos advirtió, pero no hicimos caso porque nada intuimos acerca de lo que iba a suceder. Por eso la derrota, obviando los heridos y los daños materiales,  nos supo tan amarga. El ejército enemigo nos atacó con minuciosa planificación y alevosía, y nos pillaron, como vulgarmente se dice, “en paños menores”.


            Nos habían hablado del lugar como un tremendo aburrimiento: una isla pequeña, sin coches. Ni cine, ni discotecas, apenas cuatro calles de casitas bajas, el mar alrededor, el viento mediterráneo azotándolo todo, y ninguna distracción sino pasear o bañarse. Nos miramos y pensamos: “perfecto”, porque donde los modernos ven aburrimiento yo veo tranquilidad para pensar y escribir, y campo abonado para que mi fantasía se desarrolle sin impedimentos.


            Cogimos el barco en Santa Pola. La idea era pasar en Tabarca el día, comer allí, nadar un rato quizá, ver la isla y coger teléfonos de casitas en alquiler para una posible estancia veraniega más larga. La travesía no nos costó demasiado tiempo; el sol brillaba y el mar se veía tan azul que invitaba a sumergirse. Cuando llegamos a puerto advertimos que muchos de los pasajeros llevaban carritos de la compra. Luego comprobamos que en el pueblito no había más tienda que una de souvenirs, y todos los suministros y comestibles debían comprarse en la costa.


            Pasear Tabarca fue una preciosa aventura. Las murallas, la historia de la población, el faro, el paisaje… En muchas de las diminutas calas escondidas había personas practicando snorkel o nudismo; en la playa grande, familias enteras disfrutaban del placer del baño marino y solar. Las gaviotas, abundantes y ruidosas, se alzaban como dueñas y señoras de la costa con su constante griterío, y verlas planear surfeando el viento mediterráneo ya era, de por sí, un espectáculo digno de contemplar. Las antiguas casitas de pescadores se alineaban en unas pocas calles, y algunas viviendas singulares, de diseño moderno, señalaban claramente que aquel era refugio de personas de diferente nivel adquisitivo y estrato social, pero que todas acudían allí buscando lo mismo: el silencio, la paz, el mar y la ausencia del ruido de la civilización.


            Anduvimos preguntando por allí acerca de los buceadores que habíamos visto en distintos puntos de la costa. “La pradera de posidonia atrae a los buzos. La fauna marina de la reserva natural es uno de nuestros principales tesoros. Vienen a hacer snorkel desde toda Europa”. Volví a pensar que muchas veces tenemos la riqueza delante de nuestras narices y no la vemos. Yo ni siquiera sabía que los fondos de Tabarca fueron declarados reserva marina protegida hace más de un cuarto de siglo.


            Cerca de las dos de la tarde y con el estómago ya pidiendo suministros, nos sentamos en uno de los restaurantes que ofrecen comida típica, pescado recién sacado del agua y arroces, y movidos por nuestra afición a probar todo lo que se nos presenta delante, elegimos sin dudar: “Olla Tabarquina”. Y se desencadenó el desastre.


            Al llegar a la mesa la bandeja de pescados con la que habían elaborado el caldo, nos lanzamos como cuatro fieras hambrientas a devorarlo. Distintas variedades, fresco, sabrosísimo. Mi hija pequeña vio un gato acercándose por entre las mesas de la terraza, eligió una buena espina con algo de carne y se la dio. La dueña del local vio su gesto y le advirtió: “no se puede dar de comer a los gatos de la calle, niña”. Mi pequeña le vio cara de hambre al animal, y disimuladamente le dio otro trozo por debajo de la mesa. Mi otra niña hizo lo propio con otro minino que se acercó por su lado. La reñí: “hijas, os han dicho que no lo hagáis. Por favor, respetad las normas del restaurante”. Pero yo misma, viendo otro más, pequeño y enroscado maullando lastimero debajo de mi silla, no pude evitar dejar caer por accidente una cabeza de dorada. Y se lió parda.


            Eran catorce, tal vez quince. No vi de dónde salían, pero atacaron todos a la vez. Se nos subían a la mesa para robarnos el pescado. Aparté a dos o tres, que se pusieron agresivos. Cuando hacía caer de la mesa a la primera avanzadilla, enseguida aparecía un nuevo pelotón de infantería gatuna al ataque. Si uno lograba un pez, lo tiraba para que los de abajo corriesen con él en la boca, evitando ser alcanzados. La jarra de cerveza se estrelló contra el suelo, las niñas se asustaron, los cubiertos volaban. Al oír el revuelo, salió un camarero con un extintor en las manos, gritando como un poseso: “LES ADVERTIMOS QUE NO LO HICIERAN. ¡¡¡¡¡BANZAAAAAAAIIIIIIII!!!!!” Y abrió fuego, digo polvo, sobre los asaltantes, la mesa y el pescado. Los gatos, bufando furiosos, se dispersaron al instante.


            Nos acomodaron en otra mesa, trajeron el botiquín para dar yodo a discreción en nuestros arañazos, prepararon una nueva olla tabarquina para nosotros, y después del sobresalto comimos como cuatro reyes: pescado, arroz, ensalada, yodo y algo de polvo de extintor que aún flotaba por allí. Insistimos en pagar las dos ollas; los tres platos y la jarra rotos nos los perdonaron.


            “Para aprender, perder”, dicen por aquí. Nunca la comida de los gatos me resultó tan costosa, pero aprendí una gran lección: ellos sabrán por qué dicen lo que dicen, así que haz siempre caso a los lugareños del sitio en el que estés, o lo pagarás caro. Y si no, que se lo digan a mi mastercard.

2 comentarios:

  1. Los gatos vienen a pedir, pero basta con no darles. Realmente no lo hicimos. La batalla es un cuento. La inmensa belleza de la diminuta Tabarca es pura realidad. Probadla, lo recomiendo.

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  2. A nosotros nos gustó mucho también,estuvimos allí hace dos años, y como nos chiflan los pequeños pueblecitos costeros y pesqueros, la pequeñita isla nos enamoró.
    No sé si habrás estado en Menorca, pasamos allí nuestra luna de miel y vinimos enamorados de la isla, por eso, sus pueblitos pesqueros, eran preciosos y por nosotros viviríamos allí sin dudarlo. Si no lo has visitado te recomiendo sobre todo dos muy pequeñitos que se llaman Fornells (pide allí la caldereta de Langosta) y Binibeca, blanquito y diminuto, precioso.

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