martes, 31 de julio de 2012

JUEGOS OLÍMPICOS



            Cuando era pequeña los odiaba, al igual que a los mundiales de fútbol. La explicación era muy sencilla: no es que no me gustase el deporte. Es que en aquella época de dos únicos canales de televisión, uno de ellos quedaba hipotecado durante quince largos días de verano por las competiciones. Si sumamos a eso que tengo un hermano varón y mayor que yo (ya se sabe, a los chicos el deporte les pierde, aunque solo sea para verlo y no lo practiquen nunca) y que solamente había una tele en casa (y gracias), mi mente infantil tenía muchas razones para odiar las olimpiadas.


            Tengo que admitir que, puestos a ver los juegos, había disciplinas que me gustaban más que otras. Los deportes de equipo me aburrían soberanamente; pasaba del hockey sobre hierba, el fútbol, el baloncesto, el balonmano y demás, y me iba a jugar con mis muñecas. Los de remo, vela y piscina tampoco me llamaban nada la atención, y desconocía la existencia de la natación sincronizada (mi hermano, cuando veía que empezaba, quitaba la tele. Se ve que la sincro y la testosterona no casan). El atletismo me resultaba un pestiño soberano, y los saltos me daban terror porque en cada ejercicio tenía la impresión de que el saltador se iba a desnucar contra la plataforma, o se iba a quedar clavado de cabeza en el fondo de la piscina, o cualquier cosa por el estilo.


            Lo que no perdonaba, de ninguna de las maneras, era la gimnasia. La femenina, claro. Las veía menuditas, casi niñas, como yo, pero capaces de hacer con sus cuerpos unas cosas tan increíbles que se me caía la baba. Recuerdo incluso a Nadia Comaneci volando en las paralelas asimétricas, evolucionando sobre la barra de equilibrios y pulverizando todos los baremos de puntuación, y soñaba que yo era como ella. Luego veía la rítmica, individual y por equipos, y me pasaba días bailoteando por casa con una pelota y el cinturón de mi batín como si fuera la cinta que ellas usaban en los ejercicios. Me peinaba con esos moños prietos y altos llenos de gomina, me pintaba los ojos que parecía que me habían dado un puñetazo en cada uno, y a falta de magnesia, me espolvoreaba con polvos de talco. Para desesperación de mi madre, porque lo ponía todo perdido.


            Mis padres se empezaron a preocupar cuando comencé a usar la barra de los columpios del parque como barra de ejercicios, porque a falta de entrenamiento serio yo me propuse ser una gimnasta autodidacta: en pleno invierno leonés me colocaba el bañador bajo la ropa, a modo de maillot, y en cuanto mi madre se descuidaba me despelotaba en el parque y me colgaba del primer columpio libre. Hasta que me dejé dos dientes contra el suelo y agarré un par de bronquitis; la autoridad paterna me prohibió la práctica de la gimnasia hasta nueva orden.


            Cuando contaba más o menos nueve años, cayó en mis manos un artículo que hablaba de la esclavitud de las gimnastas en las dictaduras políticas: chinas, búlgaras, rusas y rumanas, principalmente. Escogidas en los colegios por su constitución física menuda y su inteligencia, eran internadas en centros de alto rendimiento por obligación, y forzadas a entrenar, y entrenar, y entrenar hasta la extenuación. Solamente podían abandonar por lesión grave. Leí algo sobre dos mil abdominales diarios, dietas estrictas, disciplina férrea, castigos brutales, presión a las familias y silencios amenazados. Ellas eran el escaparate de esos países frente al mundo, su manera de decir “tan malo no será nuestro régimen político cuando da estos fabulosos resultados”, pero la realidad es que aquellas niñas eran tratadas como animales de circo. El tiempo de leer, de jugar, de aburrirse, la ilusión de un caramelo o de un pastel el día de su cumpleaños eran algo inexistente para ellas. No conseguían desarrollar sus cuerpos como mujeres normales, con dieciocho años ni siquiera tenían la regla muchas de ellas, ni pecho, ni caderas. Su fisonomía infantil y musculosa se alargaba a cualquier precio mientras rindiesen deportivamente, se las pesaba a diario, y cada gramo de más era suprimido a fuerza de entrenamientos y castigos, de lunes a domingo, desde la mañana hasta la noche. Leí que la propia Comaneci llegó a beber lejía para que le permitiesen descansar unos días. El precio me pareció desorbitado y dejé de ver las competiciones de gimnasia porque ya no me producían admiración, sino una pena infinita. Aprendí, a través de esas muchachas, lo que es la libertad, y la falta de ella.


            Ahora es otra cosa. Ahora veo a esas mujeronas estadounidenses, a las españolas, a las rumanas, llenas de músculos adquiridos voluntariamente, y sus cuerpos me hablan de esfuerzo y superación personal, de deporte limpio. Ahora sí disfruto viendo las competiciones de gimnasia, he vuelto a enamorarme de la belleza de la rítmica, alucino con los ejercicios por equipos, la sincronización, el compañerismo. Y me recreo viendo a los mazarracacos de la gimnasia masculina, que oye, una está casada, pero le gusta alegrarse la vista de tanto en tanto.


            La libertad es maravillosa. Libertad para autoesclavizarse si a uno le da la gana, para exigirse o para no hacerlo. Para hacerse gimnasta de elite, músico o simplemente persona, sin más. Para ser lo que uno quiera, e invertir en ello el esfuerzo que a uno le de la gana. Libertad para hacerse cura, o nadador, o saxofonista, o patinador aficionado, o jugador de bolos, o simplemente lector. Libertad para leer estas historias que publico, o para escribir otras nuevas. Procuremos, sobre todo, no perder eso: nuestra libertad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario