miércoles, 4 de julio de 2012

LA BODA



            De todos es sabido que la familia no se elige, pero los amigos sí. Y que muchas veces encuentras gente con la que sintonizas tan bien que es como si llevárais juntos toda la vida, sin necesidad de lazos de sangre. A mí no me falta familia, por suerte, y recibo cariño a raudales de toda ella, la sanguínea y la política. Pero como soy un ser muy, pero que muy social, no he podido evitar, a lo largo de mi vida, adoptar a algunas de mis amigas como hermanas. Tengo ya unas cuantas, y confío tanto en ellas como para poder asegurar que ninguna miraría hacia otro lado en caso de apuro, como no lo harían mis hermanos de sangre. Por eso, cuando se han ido casando mis “hermanas de cariño”, he hecho cuanto ha estado en mi mano para no perdérmelo, y he puesto la voluntad y el esfuerzo para hacer que su día fuera lo más bonito posible.


            Hace pocas semanas se casó una de ellas, una mujer desbordante de energía, una pura sonrisa llena de sol con la que conecté en el minuto uno de conocerla. Esa primera vez que estuvimos juntas, durante siete días no me dejó de la mano, me llevó, me trajo, me contó, me explicó, me enseñó, me dio a probar cuanto se le ocurrió que yo debía visitar, conocer, entender, ver y probar de la bendita tierra en la que tuvo la fortuna de nacer. Y yo me dejé llevar sabiendo que se estaba instalando en mi corazón para quedarse.


            Su novio, al que ya conocía de antes, la miraba con los mismos ojos con que mi marido me mira a mí desde que nos conocemos, así que pronto lo tuve claro: ellos eran mitades del mismo pomelo, y como tales acabarían siendo uno. Por eso, cuando me llamó y me dijo “Ven”, yo lo dejé todo. “¡Sú, nos casamos!”. No podía ser de otra forma.


            He ido a muchas bodas en mi vida. Ha habido años en los que he llegado a asistir a catorce enlaces. He visto de todo: por todo lo alto, modestas, de “quiero y no puedo”, de las de hacer negocio, civiles, religiosas… Todas por amor, pero con desiguales resultados. No me es difícil intuir, a poco que conozca a los contrayentes, las que son el principio de un camino feliz y las que no. Hay emociones que flotan en el aire y entran por los poros de la piel dejando una huella incontestable en nuestro interior, y eso hay que estar ciego para no verlo.


            El Cristo de La Laguna es uno de los templos más hermosos que he visto nunca. El día, con nubes y claros, dejó caer alguna gota de lluvia, pero la temperatura era agradable. La compañía no podía ser mejor, una pareja a los que ya hace tiempo adopté como “mis tíos de Canarias”, y en cuya casa nos alojamos. Por cierto, el manto de su hospitalidad fue tan perfecto y cálido que aún me abriga cuando pienso en ellos. Al llegar ante el Cristo ya había perdido la cuenta de los abrazos y los besos dados y recibidos, tantos como los corazones sinceros y amigos que asistían al mismo enlace.


            Yo había traído en el avión las flores más blancas de Valencia para que acompañasen esas alianzas. Tuve que prometer unos cuantos cuentos en el control del aeropuerto, pero conseguí embarcarlas, aunque anduve por las tres terminales con mi cestita (lará, lará, larita,  igual que Caperucita) durante horas. La cara más preciosa de Tenerife, con su nombre alicantino y sus poquísimos años, fue la encargada de llevar mi pequeña ofrenda al altar.


            Contener las lágrimas me resulta muy difícil; es el gran problema de los que sentimos intenso. Por eso, al entrar el novio, corazón enorme, sonrisa inacabable y chaleco azul eléctrico, ya disimulé alguna gota salada de mis ojitos traidores, que no saben esconder nada. Llegaba acompañado por la madrina, como en todas las bodas, pero también por el cariño cierto de su familia, y por el halo protector de sus amigos. Así les ocurre a las personas como él: lo que dan de bueno es tanto que los suyos se lo devuelven multiplicado.


            Llegó el momento: la más joven de mis hermanas de cariño entró, caminando despacito, por el pasillo de la iglesia. El vestido blanco y el velo envolvían algunos nervios, pero sobre todo una ilusión y un sentimiento que desbordaba, inundaba y se contagiaba como un virus, haciendo que todos los presentes lo sintiéramos: el amor, amor con mayúsculas, compartido, correspondido, aumentado y multiplicado, reflejado en todos. Sus dientes perfectos enmarcados en la sonrisa más limpia del mundo, los ojos brillantes y el pecho lleno de esperanzas de futuro ya gritaban “Sí, quiero” antes de que los labios lo pronunciasen. Y mientras tanto, los compañeros de fatigas, grandes amigos, y otro corazón enorme, Gustavo, el hermano del novio, comenzaron a desgranar sus notas desde el coro. Nunca oí nada igual, era como agua limpia cuando tienes sed, como llegar a casa después de un tiempo fuera. ¿Que si lloré? Pues claro. Como casi todos los que estábamos allí por cariño.


            El resto lo podéis imaginar: palabras temblorosas, manos enlazadas, alegría, arroz y pétalos de flor. Y una gran fiesta en un jardín, en una de las zonas más hermosas de la Tierra. No había números prosaicos en las mesas, sino nombres de canciones. Yo me senté en el “Himno a la lucha canaria”, curiosamente junto a su compositor. Ningún detalle había sido dejado al azar, así que todo fue perfecto. La reunión, larga. Se disfrutó sin medida, nadie tenía prisa. Y el vals, nunca vi uno más apropiado ni mejor elegido: de nuevo los compañeros de fatigas, rodeados por toda una orquesta sinfónica. Se me eriza el vello al recordarlo.


            He ido, como ya dije al principio, a muchas bodas. Pocas, poquísimas, como esta. Qué felicidad haber podido compartir ese momento con vosotros. Tania y Josué, hermanita, “cuñao”, que seáis muy felices.

1 comentario:

  1. Ohhhh, me he emocionado cuando has nombrado mi tierra. SIempre serás bienvenida.

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