martes, 3 de julio de 2012

LA HERENCIA



            Cuando el abuelo murió, los cuatro hijos y nueve nietos que tenía se reunieron en el despacho del notario. Era la hora de abrir su testamento y ver qué reparto había hecho de sus bienes. La industria cosmética que había fundado en su juventud era próspera, tenía ya dos laboratorios y cuatro factorías produciendo sus cremas, jabones y lociones, y sus cuentas arrojaban continuos y pingües beneficios. Todos estaban esperando a ver cuál era su parte.


            Fabio se sabía el nieto favorito. Era quien más tiempo había pasado con el abuelo, el que más le había querido. Tanto él como sus hermanos y primos habían nacido ya ricos, pero de todos Fabio fue el único que no dedicó su juventud a viajar y gastar sin medida, el “dolce fare niente” no iba con él. Estudió, trabajó junto a los operarios de las fábricas, aprendió el oficio desde abajo. El abuelo estaba muy orgulloso de él, y toda la familia esperaba que fuera en él en quien recayese el control de la empresa. Era el más preparado.


            Finalmente, las fábricas, los laboratorios, las casas, los coches, las acciones… todo fue a parar a manos de sus tíos, su madre y sus hermanos y primos. Para Fabio solamente había una vieja caja de zapatos. En ella, un tubo metálico de pastillas para la afonía vacío, unos espejos, una cajita de pequeños trozos de vidrio de distintos colores, un tubo de silicona, cinta adhesiva, una hojita de papel vegetal y dos cartas. En los sobres, con la letra menuda e inclinada del abuelo, se podía leer: “Fabio, abre esta cuando recibas la caja” y “Fabio, abre esta cuando lo hayas comprendido”. El joven se marchó, confuso. No entendía nada, estaba enojado y dolido. “Quizá el abuelo no estaba tan lúcido como pensábamos”, dijeron sus primos frotándose las manos y sin ninguna intención de impugnar el testamento. Sabían que Fabio tampoco lo haría, era demasiado noble como para eso.


            Al llegar a su apartamento, nuestro triste protagonista abrió la primera carta.


            “Instrucciones para construir un caleidoscopio.


Mide el diámetro del interior del tubo, y dibújalo en una hoja con ayuda de un compás. Luego traza en su interior un triángulo equilátero; cada uno de sus lados te dará la medida del ancho de los espejos. La longitud del tubo y la de los cristales deben coincidir. Con estas dos medidas haz cortar tres espejos rectangulares iguales, que serán largos y estrechos. Una vez los tengas, únelos con la cara reflejante hacia dentro de modo que quepan en el tubo (los extremos cortos deben formar el triángulo que dibujaste), y pégalos con la silicona por las aristas. Ayúdate de la cinta adhesiva para que te sea más sencillo. Mete el polígono resultante en el bote de pastillas, y después introduce los trocitos de vidrio de colores dentro del tubo triangular de espejos. Con cuidado, tapa con papel vegetal la boca del tubo y sujeta con más cinta adhesiva; el objetivo del papel es dejar pasar la luz. Por último, practica un agujero en el fondo del tubo de pastillas para poder mirar por él. Ya tienes un caleidoscopio.


            Si te fijas, lo apreciarás. Los cristales siempre son los mismos. Rojos, azules, amarillos, verdes… Hay seis fragmentos de cada color. Cuando mires, verás un dibujo que te sugerirá algo; con solo que le des un cuarto de vuelta a tu caleidoscopio, el dibujo será completamente distinto, aunque los cristalillos son los mismos, el mismo número, los mismos colores, todo igual. Todo igual pero con distinto resultado.


            Te quiero mucho, Fabio. Sé que tú, más que nadie, me añorarás”.


            El muchacho, obediente, comenzó a construir el caleidoscopio. No conseguía entender qué pretendía el abuelo dejándole sin nada de valor, y mucho menos por qué le indicaba que hiciese una manualidad escolar, pero de todos modos, lo hizo.


            Estuvo varias semanas absorto, mirando por el caleidoscopio y anotando lo que cada dibujo le sugería. Tenía que hacer algo para salir adelante; conocía bien el negocio de la cosmética, pero no podía iniciar una nueva empresa que hiciese la competencia a sus hermanos y primos. Sabía cómo formular y elaborar cremas y lociones, pero… ¿cómo hacer algo distinto con esos conocimientos? Entonces lo comprendió; le dio un cuarto de vuelta al asunto para que los elementos se combinasen de otro modo, como en el caleidoscopio, y pensó que quizá empleando extractos vegetales de cultivo biológico podría dar origen a una línea nueva de productos para otro tipo de público. Así podría aprovechar todo lo que sabía sin estorbar la actividad del resto de la familia.


            Comenzó desde cero. Un pequeño laboratorio en un local de alquiler, proveedores distintos, extractos y esencias de flores y plantas de cultivo biológico certificado, y las primeras cremas de manos. El éxito fue aplastante, y en quince años ya tenía un pequeño pero floreciente imperio, una franquicia con tiendas en varios puntos del país, plantaciones de flores producidas sin pesticidas y un gran prestigio como pionero de la cosmética natural. Cada vez que algún problema se le planteaba, se retiraba a pensar con su caleidoscopio en la mano. Un cuarto de vuelta, dos o tres, o los que hiciesen falta, pero al final la solución aparecía.


            El día de su cuarenta y cinco cumpleaños, abrió la segunda carta.


            “Querido Fabio: celebro que por fin lo hayas comprendido. Si te legaba a ti lo que yo había construido te habrías convertido en un trabajador sin más futuro que matarte por seguir manteniendo a toda la familia. Ninguno de los otros se habría esforzado en nada, y tú habrías sido solamente mi continuación. No podía condenarte a eso, vales demasiado. No imagino cómo les habrá ido a ellos, pero estoy seguro de que tú habrás sabido triunfar.


            No me olvides, querido nieto”.


            Fabio le dio mentalmente las gracias a su abuelo, y guardando la carta y el caleidoscopio en el cajón de su escritorio, se puso la chaqueta y bajó a la fiesta que le habían preparado.

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