domingo, 22 de julio de 2012

LA ÚLTIMA PALABRA



            Cuando les dieron la noticia de que esperaban un hijo lloraron de alegría. Ilusionados, felices, parecía que en el mundo no hubiera otra pareja de embarazados. Todo controladísimo, ecografías mensuales, pruebas, ácido fólico para cerrar el tubo neural, hierro para evitar la anemia, alimentación sana, nada de alcohol, ni de tabaco… El diagnóstico llegó con el séptimo mes de gestación: el bebé moriría en cuanto naciese. Un defecto genético había hecho de aquel sueño una pesadilla. No había duda en cuanto al dictamen médico.


            Dos meses. Ocho semanas. Sesenta días, el vientre abriéndose en estrías como un melón pasado, el pecho dolorido y produciendo leche para un hijo que sabían muerto de antemano. Los baberos bordados con su nombre, el carro, la cunita, los arrullos, los diminutos pijamas y calcetines… todo les gritaba que su hijo viviría solo mientras estuviera conectado a su madre, nunca reiría, ni usaría todas aquellas cosas, ni podrían tenerlo entre los brazos. Él intentó ser fuerte, no enseñar que su ilusión se había hecho pedazos para que ella no se desmoronase, pero lloraba a escondidas en el coche, cuando iba al trabajo, cuando estaba en el baño y creía que ella no podía verle. Ella no dormía, no comía. Solamente lloraba.


Decidieron no alargarlo más. Dos meses pueden ser casi una eternidad, el cuerpo comprometido, el peso sobre los riñones, las piernas hinchadas, la certeza de llevar dentro el cadáver de su esperanza. Pidieron interrumpir el embarazo para enterrar a su hijo y poder pasar su duelo cuanto antes, para empezar de cero. Y un político y un cura les dijeron que no. Que pretendían ser unos asesinos, que no se lo iban a permitir. Ellos, deshechos, solos, sin entender por qué no tenían derecho a decidir sobre algo tan importante, tuvieron que ir a Francia, pagar el aborto, la hospitalización, la incineración del cuerpo del hijo al que ya amaban. El dolor fue tan grande como el de cualquier otra pareja que pierde un bebé en camino por una malformación genética. Solamente eligieron no alargar dos meses más la agonía.


            Tener un hijo es algo absolutamente trascendental, y muy serio. La alegría de nuestra vida, nuestra herencia, un mundo entero de razones para seguir adelante. Pero, ¿y cuando el bebé en camino es una condena cierta? ¿Qué hacer cuando te dicen que sus malformaciones impedirán que sea autónomo, que hable, que ande, que piense por sí solo? Le das mil vueltas. Haces cuentas: un sueldo normalito, y yo entregando mi vida para sacarlo adelante, para andar por él, hablar por él, adivinar lo que piensa. Alimentarlo, vestirlo y dejarme el alma las 24 horas para que esté tranquilo, no grite, esté limpio y cómodo. Sin profesores de apoyo, sin ayudas a la dependencia, sin centros en donde ingresarlo para poder descansar, para poder hacer la misma vida que las personas normales, tener otros hijos, llevarlos al colegio. Mendigando dinero a la familia para poder pagar sus tratamientos. ¿Puede otra persona decidir por mí? ¿Va esa persona a venir a mi casa a las cuatro de la mañana, cuando ese ser que me vi obligada a parir grite porque se ha despertado y quiere que lo atienda? ¿Va a pagar de su bolsillo la rampa en el portal, el ascensor que habrá que construir en mi edificio para su silla de ruedas especial? ¿Va a comprarle esa silla carísima? ¿Todas las que necesite mientras vaya creciendo ese cuerpo? Y cuando yo muera, ¿se va a hacer cargo esa persona de mi hijo, disminuido psíquico y físico, que precisa que le cubran todas sus necesidades?


            El dilema moral es grande, y doy gracias de no haberme visto en semejante tesitura. Pero conozco algunos casos de parejas que sí han pasado por eso, he visto sus vidas y sus sufrimientos, sus muertes de cada día, sus problemas, su condena. No puedo evitar pensar qué habría hecho yo en su lugar, siendo, que lo soy, partidaria de la vida. Y creo que esa decisión compete, única y exclusivamente, a los padres de esa criatura. Ni los políticos, ni los curas. Ellos, y solo ellos, tienen la última palabra, y nadie en la Tierra debería creerse con derecho a juzgar su decisión.        

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