viernes, 13 de julio de 2012

LO PROMETO



            Cuando lo vi tuve que esconder mi mirada escéptica para no herir a mi madre. Me conoce bien, como si me hubiera parido (es un chiste, de verdad fue ella la que me parió), y no me informó de sus gestiones hasta que ya estaba consumado el hecho. Si me hubiera comentado su intención, posiblemente no la habría animado, así que lo hizo y punto. Al fin y al cabo, ya es mayorcita, puede hacer lo que le dé la gana, es un privilegio que solo la sensatez y los años pueden darte, y ella tiene las dos cosas.


            Traía el sobre camuflado dentro de una revista; era marrón, vulgar. No iba dirigido a ella, sino a otra mujer de un pueblo de la sierra. Hizo doscientos kilómetros para recogerlo y traerlo. Semanas atrás, a uno de nuestros familiares directos le fue diagnosticada una grave y agresiva enfermedad. No había mucho tiempo. “Es un trozo del hábito de una monja. Hizo muchos milagros, curó muchos enfermos. Mira, vivía en no-sé-dónde, esta es su lista de prodigios, canonizada por tal Papa en tal año… “ Me hizo una explicación detallada de la vida y milagros (nunca mejor dicho) de la religiosa en cuestión. Yo miré el minúsculo (pero que muy minúsculo) trocito de tela blanca, ensobrado en plástico, como un escapulario. Ella siguió contando: “la reliquia se coloca pegada a la piel en la zona donde se tiene el mal, y se reza todos los días esta oración que trae la estampita durante el tiempo que dure la enfermedad, hasta que se cure”. Yo la miré. “Mamá, ¿de dónde has sacado esto?” Una señora del pueblo a la que le vendió lotería de la iglesia le contó lo de la monja sanadora. Yo la dejaba hablar, y por dentro pensaba: “pobre mamá, tan religiosa y tan creyente. O tan crédula. Necesita aferrarse a alguna esperanza para no perder a alguien tan querido. Lo que él tiene se lo va a llevar por delante sin remedio, esta es su única manera de sentir que hace algo por él, aunque solo sea rezar”. Pidió a aquella mujer que escribiera al punto de origen de la santa, a fin de que le enviaran la codiciada reliquia, la novena, el responso y toda la parafernalia. Cuando recibió el sobre, llamó a mi madre para que fuera a buscarlo; lo hizo de tapadillo, para que mi padre no se enterase. “Hija, yo no puedo ir a llevárselo. Vete tú a verle y dáselo, por favor. Puede que le ayude”. Puede que le ayude. Pensé en él, más escéptico que yo (pero muuuucho más), recreé su tono burlón cuando hablaba de estos temas, pero… ¿quién le puede decir que no a una madre cuando te mira con ojos de madre? No sé vosotros, pero yo no.


Mil kilómetros para arriba, con el sobre en el bolso. Me sirvió para verle y abrazarle, le quiero mucho desde siempre, y francamente, viendo su estado, pensé que ese abrazo iba a ser el último. Él también lo pensó. Le di el encargo a su mujer, le expliqué el procedimiento. “Dile que lo haré. Todo. Y que gracias”. Mil kilómetros de vuelta con la tristeza instalada en el coche como quinto pasajero.


Reconozco que me olvidé de la monja, de su trozo de hábito y de todo aquello hasta ayer. Las pruebas han dado un resultado de mejoría tan espectacular, tan increíble, que ni los médicos mismos se explican cómo hace tres meses se moría a chorros, cómo él mismo tiró la toalla vencido por el dolor, y de qué forma el bicho ha retrocedido en su organismo. Mi madre me llamó ayer, con un hilo de voz, para decírmelo, y yo… Yo me tuve que sentar en el suelo porque esperaba la noticia contraria, esperaba que me dijera “ya no está, se nos ha ido”, y al oírla me temblaron las piernas.


Tengo una gran fe en la medicina moderna, en la ciencia y la investigación, y sé que han sido ellas las responsables de esto. Pero no puedo dejar de pensar que quizá… bueno, que… Eso. Que prometo no burlarme nunca más de estas cosas, y cuando mi madre venga con alguna reliquia, estampa o lo que sea para ayudar, la aceptaré tan de buen grado como el resto de las medicinas.


No recuerdo el nombre de la monja milagrosa cuyo trozo de hábito transporté en abril, así que tendré que adjudicarle uno para lo que voy a decir: por ayudarle a él con su mal y a mí con mi ácido escepticismo, Sor Desconocida, muchas gracias.

1 comentario:

  1. Como dicen los Gallegos: No creo en meigas pero haberlas hailas, no??
    Hombre yo sí soy creyente, de mis cosas. A ver creo en Dios y tengo alguna estampita por ahí que me acompaña. Estoy bautizada, conmulgada, y confirmada y casada por la iglesia, porque creo en él. Lo que no creo tanto es en los curas y las monjas, porque los he tratado mucho también, estudié con ell@s y he conocido a cada uno....
    En el tema de los milagros, bueno me gusta creer que hay algo bueno que nos ayuda, pero según te vas haciendo mayor, se hace más difícil.
    Bueno de lo que me alegro y en el alma es de la mejoría de tu familiar, eso merece la pena, toda la fe del mundo. Quizá fue la fe de tu propia madre la que lo ayudó. Al fin y al cabo la fe mueve montañas.

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