lunes, 16 de julio de 2012

SIESTAS VERANIEGAS



            Treinta y siete grados en la calle. Festivo local: la Virgen del Carmen, patrona del pueblo. No se trabaja, así que la mañana es ideal para hacer en la ciudad, donde es día laborable, todas esas cosas que un trabajador nunca tiene tiempo de hacer: arreglar papeles en el banco, en el seguro, renovar el carnet de identidad… Con el ojo aún pegado se levantó Agustín; llevaba ya dos días acostándose tarde por las verbenas del fin de semana, pero la lista de gestiones que tenía pendientes era bastante larga, así que madrugó, se vistió y cogió el coche.


            A eso de las tres de la tarde, sin comer y con un calor de infierno, terminó con todo lo que se había propuesto solucionar y volvió a casa. A las nueve de la noche tenía que salir tocando en la procesión, así que le daba tiempo a dormir la siesta. ¡Una siesta! ¡Qué lujo! Llevaba sin hacerlo desde las últimas vacaciones. Terminó de comer, quitó la mesa, fregó los platos y se desnudó. Iba a disfrutar de la siesta más larga del año, se sentía cansado, tenía calor y la cama le llamaba con su voz dulce de sábanas frescas: “ven, ven…” Abrió la ventana, entornó la persiana para mitigar la luz, y se acostó.


            Ya había alcanzado la beatitud del Nirvana cuando le sonó el móvil. Se levantó sobresaltado, no sabía ni en qué día estaba. Era un cliente despistado, que no sabía que era festivo local. Lo atendió igualmente, y quedó con él para el día siguiente. Malhumorado, se volvió a acostar. No corría ni una gota de aire, y sudaba como si se fuera a derretir entero. Consiguió conciliar el sueño de nuevo.


            Una mosca gorda se coló por la ventana. El perro, que dormía tranquilo junto a Agustín, saltó por encima de él tratando de cazar al intruso. Le arañó accidentalmente, lo que le hizo despertar con una protesta dolorida. “¡Pulgoso! ¡Deja la maldita mosca!” Pero el animal y su instinto cazador no le hicieron el menor caso. Un cuarto de hora. Se le puso dolor de cabeza, bebió un vaso de agua fría y se mojó la cara. Volvió a la cama, le quedaban dos horas para dormir. Consiguió coger de nuevo el hilo del sueño.


            Una hermosa sirena nadaba en la playa junto a él, aproximándose hasta rodearlo con sus brazos. No había tenido un sueño tan agradable en meses. Y de pronto, una voz le despertó. “¡Aaaaaaaaaaayyyyyyy, Señora nuestra del Carmen, aaaaaaaay, aaaaaaay, aaaaaaay…!” Se despertó asustado, y durante unos instantes no supo qué pasaba. Se quedó sentado en la cama, escuchando. “¡Aaaaaaaaaaaay, ampara a tus hijos buenos, aaaaaaay, Señora nuestra del Carmen, y a todos los pescadores y a todos los marineeee-eeeee-eeeeeee-eeeeeeeroooooooos!” Un vecino de su misma calle ensayaba una especie de engendro de saeta para cantar al paso de la Virgen por la tarde, durante la procesión. Media hora duró el ensayo. Agustín salió a la ventana buscando el punto de origen del “cantaor”, a ver si estaba a tiro de su cubo de agua, pero no pudo localizarlo. Al fin, harto de dar vueltas en la cama escuchando los berridos, se asomó al balcón y gritó: “¡que alguien remate a ese animal! ¿No véis que está sufriendo?” El aflamencado se dio por aludido y calló.


            Agustín volvió a acostarse. Trató en vano de volver a dormirse, de que la sirena volviese a nadar a su lado rodeándole con sus brazos frescos y acuáticos, pero ya no pudo ser. Miró la hora, se levantó y se duchó, con un dolor de cabeza espantoso y ninguna gana de vestirse de traje para salir a tocar. “Es la última vez que intento dormir la siesta”, se prometió a sí mismo.


            Acabo de verle, trompeta en mano, con cara de pocos amigos y un humor de perros. No quisiera ser el vecino que cante la saeta esta tarde; tal vez a Agus se le cruce un cable y lo eche a nadar a la fuente de la plaza.

1 comentario:

  1. Grrrr, no soporto que me molesten mis siestas. Me cargo a cualquiera que lo haga,jajajjaa.

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