lunes, 30 de julio de 2012

VENDEDORES PUERTA A PUERTA



            Les huyo como el demonio a la cruz, lo admito. Lo hago por una razón muy sencilla: porque sé lo que pretenden. Y no me gusta. No es una afirmación gratuita, hablo con conocimiento de causa. En una época de mi vida yo también lo intenté.


            Era recién casada, estaba todo el día sola y no tenía trabajo. Necesitaba uno, pero la oferta no era muy variada. Leía todos los días los anuncios del periódico tratando de encontrar empleo en una ciudad desconocida para mí, mucho más grande que cualquier otra en la que hubiera vivido antes, y no me estaba resultando fácil. Pero aun así, yo lo intentaba. Al fin, llamé a uno de los clasificados que decían “empresa americana necesita vendedores”. Me dieron cita para entrevista, me puse guapa, cogí dos autobuses y me presenté allí.


            Después de la charla con el entrevistador, recibí la llamada en pocas horas. Daba el perfil: joven, buena presencia, facilidad de palabra, simpatía, buen nivel cultural. Dos semanas de prueba, y después contrato. Se trataba de vender tarjetas de descuento para ciertos restaurantes, bonos de tres mil pesetas (de las del año 95) que te daban derecho a doblar las raciones de lo que consumieras en esos locales por un valor cuatro veces superior al de la tarjeta. A puerta fría y por la calle, así, sin anestesia. La mañana empezaba a las ocho y media con una sesión de motivación “a la americana”: todos juntos en un sótano, gritando como posesos lo “de puta madre p’arriba” que nos sentíamos, lo mucho que íbamos a vender, cómo nos íbamos a forrar, coreando consignas a voz en cuello para subir la moral. “Refuerzo positivo”, lo llamaban. A mí me destrozaba la garganta, y el subidón se te iba bajando a lo largo del día. Una semana para vender dos tarjetas, y a cambio cinco comidas fuera de casa y dos bono-buses. El balance ingresos-gastos en negativo. Lo dejé. Recuerdo lo que se rieron mi padre y mi marido con mis relatos de aquellas sesiones de gritos motivadores. Pero me seguía haciendo falta un trabajo, y piqué de nuevo.


            Vajillas y cristalerías de lujo, esta vez con cita concertada de antemano por una teleoperadora. Pensé que el problema era mi falta de constancia. Tal vez una semana fue poco para poder valorar. En esta empresa estuve tres. Me llevé un puro porque en varias citas no me dejaron entrar (luego supe que las teleoperadoras mentían para conseguir las direcciones de los clientes potenciales alegando falsos premios en sorteos y cosillas así). No sé cuántos domicilios visité, ni a cuántas mujeres traté de endosar la vitrina con la vajilla de porcelana con filo de oro de 24 kilates, la cristalería de Bohemia con 12 servicios y la cubertería alemana de acero legítimo Solingen que se regalaba con el conjunto. Valía la friolera de ciento veinte mil pesetas, y yo misma tramitaba la financiación. Hasta que me paré a pensar seriamente dónde estaba el fallo, y lo encontré: estaba mintiendo. Trataba de endosar algo que no necesitaban a personas que ni siquiera podían pagarlo, y tenían que pedir un crédito con una financiera, endeudándose para tener una vitrina en el salón con una vajilla, una cristalería y una cubertería que no iban a usar por miedo a que algo tan caro se rompiese.


            Tuve muchas charlas con muchas mujeres distintas durante aquellas tres semanas. La mayoría eran amas de casa, todas de economías modestas, cada una con sus problemas. Algunas me invitaron a café, casi todas me hablaron de su vida, de sus penas, de sus preocupaciones. Vi viudas recientes, solteras, ancianas, mamás, y también una echadora de cartas, una prostituta, e incluso una pobre mujer con un ojo morado y terror a oír la puerta y tener que dar explicaciones a su marido de mi presencia allí con mi maletín, el plato de porcelana, la copa de Bohemia y la cuchara Solingen. No quise seguir, me pareció inmoral.


 “Esa te podía haber comprado si le hubieses insistido más”, me decía mi monitora de ventas después de verme entrevistar a una anciana casi ciega. “Esa mujer es viuda y jubilada, cobra una pensión mínima de sesenta mil pesetas. ¿Tú crees que puede gastarse quince mil cada mes durante año y medio para comprar algo que no va a disfrutar?” La contestación me dejó helada: “Seguro que tiene ahorros por ahí escondidos y nietas en edad de casarse. Tu objetivo son esos ahorros. Espabila, que te dejas engañar por las viejas en cuanto te lloran un poco”.


Después supe que mi “jefa” no ganaba dinero con lo que supuestamente teníamos que vender, sino con los contratos mercantiles (a comisión) que hacían a las aspirantes a vendedoras: cada una que firmaba suponía una subvención del estado por sacar una mujer joven de las listas del paro, aunque fuese sin pagarle un duro de sueldo. Una estafa redonda, pero legal, desde luego. Como tantas otras.


            No dejo entrar vendedores a mi casa. Ni siquiera les abro la puerta; les digo que no y punto. Si necesito o quiero algo, voy a una tienda y lo compro. De todos modos, reconozco que aquellos tiempos en que intenté ser vendedora me enseñaron mucho: que los americanos son, para algunas cosas, unos payasos. Que los vendedores de ese tipo, puerta a puerta, no son más que tiburones con corbata o corderos engañados y desesperados por trabajar en lo que sea. Que hay límites que no sobrepasaré jamás por mucho que me haga falta el empleo. Y que nunca compraré nada a un tipo que venga a mi casa. Ni un mechero.

1 comentario:

  1. Ay mi niña, yo también piqué. Y para pagarme mis estudios, estuve una mañana, sí, una sola mañana, con unos de estos de las cuberterías y vajillas y demás. Me he reído mucho con lo de los griteríos mañaneros, jajaja, estos que yo conocí, la única mañana que estuve con ellos, resulta que en teoría habían ganado nosecuantodinero ese mes, o eso decían, y lo celebraron bebiendo cava en una copa de estas de trofeo, que no sé de donde coño habían sacado. Total que a mi me la pasaron y yo que soy más escrupulosa que la leche, dije, no gracias, es que como soy nueva, yo aún no he ganado nada,no me voy a beber vuestro cava. Que asco todos ahí plasmando sus babas de gritones.
    Total pasé la mañana con una pava enseñándome a engañar a la peña y a medio día se quedaban a comer en un bar al lado del hipercor, para seguir por la tarde. Yo puse una excusa me piré a casa y les dije, mañana nos vemos. Por supuesto sabía que no iba a volver. Espero que no me estén esperando aún.

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