viernes, 10 de agosto de 2012

DESDE MI TERRAZA



            Este año, como ya viene siendo cada vez más habitual dada la situación, me toca veranear en mi terraza. Cuando compramos esta pequeña ruina en un pueblo de la montaña, en el tiempo en que última vástaga aún era un bebé de teta, no imaginé que acabaría siendo mi refugio para el tiempo de crisis, la ilusión de la jubilación de mi padre, que se ha reconvertido en albañil para arreglarla poco a poco, y la única vía de escape que nos podemos permitir.


            Aquí me siento, en una hamaca extensible, cuando necesito pensar o escribir. Tengo las golondrinas volando sobre mi cabeza, entrando y saliendo del nido que hicieron en el alero. Lo ponen todo perdido, pero yo lo limpio y no les digo nada porque su vuelo me hace soñar con otros horizontes, y porque pienso que soy afortunada de que escojan mi casa para anidar. Además, dicen que traen buena suerte, y no está la cosa como para ponerle impedimentos a la Diosa Fortuna. Una pareja, seis pollos que ya vuelan de la primera hornada, y andan criando la segunda del verano. Los pequeños ya tienen cañotes de pluma, así que imagino que al final de agosto volarán.


            Desde aquí escucho la vida del pueblo sin necesidad de sumergirme en ella; oigo a la banda tocar cuando llegan las fiestas, las campanas que voltean, el camión de los melones pregonando su mercancía, el bando municipal, la pelota del niño de los vecinos… y el silencio, que es uno de los más hermosos sonidos que tiene este lugar. No hay tráfico en mi calle, tan estrecha que no caben los coches, ni en la que tengo detrás, que es un dédalo de escalones y zig-zags, tan arquitectónicamente absurdo como encantador. Aquí puedo imaginar otra vida, más reposada, más como antes. Cuando hay tormenta la tele se funde y la luz se va, y jugamos a las cartas con velas, charlamos, y reímos mucho más de lo que reímos en casa. Internet no funciona, y escribo por puro vicio, sabiendo que no podré colgar nada en mi blog hasta que vuelva a la realidad. El pan sabe distinto, el agua sabe distinta, y la puerta, durante el día, está siempre abierta.


            En momentos como este, tumbada escribiendo mientras veo las montañas verdes frente a mí, huelo el vapor del guiso que dejé cociendo en la cocina para la cena y saboreo un gin-tonic a sorbos pequeñitos (Dios, si mi dietista se entera me crucifica, pero ¿qué demonios? ¿Son vacaciones o no son vacaciones?), escribo y pienso, veo a mi pequeña leer a mi lado y escucho a mi hija mayor practicando para su examen de flauta. El perro dormita a mis pies, los pájaros se cuentan sus cosas sobre mi cabeza, y yo siento que solo necesito una cosa más para ser feliz. Algo que, ahora mismo, no puedo tener.


            No nací para estar sola, lo supe desde bien pequeña. Por eso, cuando el trabajo me roba a mi mitad, no puedo sino odiarlo. Sé que nos da de comer, sé que es necesario, sé que muchas familias ruegan cada día por tener un empleo, sé que dependemos de ese puesto para sobrevivir, y quizá por eso todavía lo aborrezco más: secuestra lo que más amo durante meses, y encima debo estar agradecida. Lo siento, pero no puedo simular durante más tiempo que no me importa, que lo llevo bien y que no le echo de menos.


            Las golondrinas vuelan sobre mí, piando. Creo que ellas también lo saben. Mientras tanto, el sol se pone en mi terraza, pero yo no tengo ganas de entrar dentro para poner solo tres servicios en la mesa en lugar de cuatro. Hoy es el cumpleaños de mi hija pequeña, y no he conseguido reírme en todo el día. Estoy en (casi) mi paraíso y no consigo disfrutarlo porque él no está aquí conmigo.


            Me tienta la idea de prepararme otra dosis de anestesia con tónica antes de cenar, pero no serviría de mucho, la verdad. Prefiero, simplemente, quedarme aquí tumbada esperando a que él llame para felicitar a su peque, que me cuente qué tal su día, y decirle que estamos bien, que no se preocupe. Que, aunque le añoramos, lo estamos pasando genial en el pueblo. Y luego me limaré la nariz para que no se note demasiado que le he mentido como una bellaca.

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