viernes, 3 de agosto de 2012

DIECISIETE AÑOS



            Diecisiete años. Es curiosa la noción que tenemos del tiempo dependiendo de a qué nos refiramos, ¿verdad? Si hablásemos de una chica, con diecisiete años cursaría su último año de instituto, estaría empezando la vida, como quien dice. Con todo por delante. Sin embargo, si esos mismos años los aplicamos a un televisor, andaríamos ya buscando un recambio último modelo, cansados de enviarlo a reparar o ver la imagen verde, neblinosa o con rayas.


            En caso de ser un perro, ya estaría el pobre a punto de cruzar hacia el prado verde que nunca se marchita (en caso de haber llegado a alcanzar ese grado de longevidad), y si fuera un coche, aún le faltarían un par de lustros para dejar de ser una antigualla, un trasto, cafetera, lata rodante, y convertirse en un clásico. Diecisiete años podrían ser la condena por un delito gordo, o los que nos quedan de hipoteca, que también es como una condena por haber querido tener un techo a nuestro nombre. Diecisiete años son los que convierten un modelo de alta costura en una joya vintage, o lo que dura más o menos la carrera profesional de una buena maniquí de las que pasean por las pasarelas esos trajes en los que a ti solo te cabe una pierna (las dos, ni soñarlo, y el resto del cuerpo… una utopía). Para un niño, ese tiempo es algo larguísimo, y para alguien mayor puede haber sido un suspiro si mira atrás.


            Ese tiempo, mes arriba, mes abajo, es el que lleva mi pijama sanitario guardado en una caja, en el altillo de mi armario. No lo tiré en su día… no sé por qué. Tal vez lo conservé para ponérmelo si pintábamos la casa, o algo parecido. Cuando dejé la última residencia de mayores en la que había trabajado pensé que podría encontrar un millón de empleos que no me comprometiesen emocionalmente de esa manera, y colgué definitivamente los hábitos de auxiliar de enfermería. O eso creía yo.


            Ayer lo saqué del armario y me lo probé. Diecisiete años. Y muchos kilos más en mi cuerpo que los que lucía entonces. Aún tiene las manchas que un boli explosivo me dejó en el bolsillo, y muchas experiencias en las costuras. Embutirme en él fue misión imposible.  Acaban de ofrecerme trabajo durante cuatro fines de semana en un centro para discapacitados severos, el primer empleo que me proponen en dos años. Olvidé mi antigua promesa, y aún a sabiendas del precio anímico que pagaré (el sentido de la empatía puede ser una gran maldición algunas veces), lo he aceptado. Y lo primero que he tenido que hacer es comprarme un pijama nuevo para trabajar solamente ocho días.  


            No sé lo que pasará. Tal vez nada, o tal vez sí. Posiblemente termine este breve contrato, y la casaca y el pantalón blancos vayan a la misma caja que ocupaba el anterior uniforme. O quizás después de esta sustitución salga otra, y continúe, si mi cabeza y mi cuerpo lo resisten, cuidando de los demás. Lo que sé con certeza es que, al menos, tendré nuevas anécdotas e historias para contaros.


            Feliz fin de semana a todos.

1 comentario:

  1. Pues si, de momento ha surgido una que yo haya leído. ENORABUENA!!!.

    ResponderEliminar