sábado, 11 de agosto de 2012

EL ESPEJO DEL TIEMPO



            A la diosa del tiempo le llevó milenios darse cuenta de que no podía ser madre. Podía parir minutos, horas, años, siglos, pero no hijos. Durante mucho tiempo no lo deseó, pero llegó un día en que, como a toda mujer, le pudo el instinto maternal, así que pidió audiencia al Dios Supremo para comunicarle su anhelo de tener un hijo. No le fue concedido: los dioses son únicos e inmortales, y no deben multiplicarse. Pero ella, descontenta con esa condición, decidió soñar con una maternidad imposible, y bajó a la tierra para robar el bebé que deseaba.


            Solamente pudo acunar a la niña entre sus brazos unos meses; fue descubierta por el Dios Supremo, y obligada a devolver a la criatura. La diosa del tiempo, a regañadientes, lo hizo, pero no quiso romper el vínculo de cariño con aquella pequeña, y la consideró, para siempre, su ahijada. Por eso, cuando supo que iba a casarse, le regaló un armario con un gran espejo de cuerpo entero en cada una de sus dos puertas. Si se miraba en el espejo de la izquierda, vería su imagen del año anterior, lo que la ayudaría a sentirse joven y a recordar. Si se miraba en el de la derecha, vería su imagen del año siguiente, lo que la ayudaría a anticiparse a los acontecimientos.


            Luna, la ahijada de la diosa del tiempo, usó los espejos como su madrina le había indicado: cuando necesitaba verse más joven y bonita, se miraba en el de la izquierda, y trataba de cuidarse para que la diferencia con la actualidad fuera la menor posible. Pero cuando quería saber lo que había de venir, se miraba en el de la derecha. Un año después de casarse, se miró en ambos. En uno se vio vestida de novia, y sonrió al recordar tan hermoso día. En el otro se vio con un abultado vientre, así que supo que pronto quedaría encinta. Su madrina iba viendo cómo transcurría aquella vida mortal, y se complacía de ver su evolución, su felicidad y los frutos que iba dando con el transcurso de su materia, el tiempo.


            Todo fue bien hasta que un día Luna se miró en el espejo derecho y se vio vestida de negro, pálida y con ojeras. Se asustó, no sabía por quién iba a llevar luto. No quería mirar más, pero no pudo evitarlo. Se observó en el espejo: el vestido negro sobre la panza hinchada de un nuevo embarazo, el quinto. Y una alianza colgada del cuello en una cadena de oro. Era su marido el que iba a morir.


            Después de llorar por anticipado durante semanas, comprendió que debía dedicar todo su tiempo a amarlo para disfrutar de él y hacerle feliz los meses que le quedaban junto a ella. El nuevo embarazo fue una consecuencia natural de su afán por demostrarle todo lo que sentía por él, pero su secreto le quemaba en la garganta. No podía contarle a nadie lo que la afligía. El día que se lo trajeron muerto ya no le quedaban lágrimas que derramar.


            A lo largo de toda su vida, el espejo derecho le fue diciendo todo cuanto había de pasar reflejado en su propia figura, y el izquierdo se encargó de recordarle lo que iba dejando atrás: la juventud, la felicidad, la infancia de sus hijos… su imagen pasada le señalaba lo que nunca volvería a ser, y la futura le fue indicando la muerte de sus padres, la de uno de sus niños, sus enfermedades futuras en forma de reflejo con bata de hospital y gotero en el brazo, la aparición de sus canas y arrugas… Finalmente, el regalo de la diosa del tiempo resultó, más que una ayuda, una maldición.


            Llegó un día en que se miró en el espejo de la derecha y no vio nada. Su reflejo no estaba en él, y supo que iba a morir. Tenía un año para prepararlo todo. Partió sus bienes entre sus cuatro hijos vivos, visitó las tumbas de los que partieron antes que ella con las manos llenas de flores frescas, puso su alma a bien con Dios y pagó cuantas deudas le quedaban pendientes para no dejar rémoras a los suyos. Por último, se miró en el espejo de la izquierda para no olvidar su sonrisa, y con el atizador de la chimenea hizo añicos los dos cristales azogados violentamente, con la rabia de toda una vida sabiendo lo que ningún ser humano debería saber: cuándo va a perder a quienes más ama, y cuándo va a morir. La lluvia de fragmentos de espejo cayó sobre ella, y le produjo tantos cortes que se desangró allí mismo, frente al armario.


            Lo que pasó antes, y lo que pasará después, no puede hacernos felices. Lo que de verdad nos llena es el ahora, el presente. El pasado ya es historia, y nada se puede hacer por cambiarlo. El futuro, ya llegará. El hoy es lo que cuenta. Vividlo, porque no se repetirá.

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