lunes, 27 de agosto de 2012

EL PARARRAYOS


El pararrayos estaba harto. No veía sentido a su vida, se juzgaba inútil ahí arriba, siempre solo y aburrido, sin moverse ni hacer nada. Habría querido ser veleta, como esas en forma de gallo o de bruja en su escoba, que marcan la dirección del viento. Pero no era más que un palo metálico con tres puntas en el extremo y un cable enganchado a su trasero. Lo habían instalado para proteger la antena de telefonía móvil de un pueblo de montaña, y allí, en la cima de aquel monte al que no subían ni las cabras, a lo largo de más de un año de dura sequía no había hecho nada. Absolutamente nada.

            La antena y el pararrayos apenas hablaban; ella estaba muy entretenida siempre escuchando y transmitiendo las conversaciones telefónicas de los vecinos del pueblo, y él no tenía a nadie a quién contarle lo que le ocurría. Se sentía simplón, vacío y poco importante. Estaba cansado: cansado de estar callado, de ver siempre el mismo horizonte, de no poder soltarse de sus anclajes para mandarlo todo a paseo y emigrar. De estar condenado a la intemperie, al hielo en invierno y al calor en verano, a no conocer el abrigo de un hogar.

            Un día, aburrido de su suerte, aprovechó la visita del técnico de la antena para, a hurtadillas, usar sus herramientas y aflojarse los tornillos de sujeción. En cuanto anocheció, se soltó de sus anclajes, arrancó de un violento tirón el cable que le unía a la tierra, y se marchó.

            Durante varias semanas se asomó a las casas del pueblo. Hablaba con los pasamanos de forja, con las rejas de las ventanas, las antenas de televisión de los tejados y las cancelas de hierro, los únicos elementos domésticos con los que se podía entender, ya que estaban hechos de la misma o parecida materia que él. Las rejas le dijeron que, si ellas no estuvieran en su lugar, los hombres no dormirían tranquilos, vivirían con miedo de ser asaltados en sus propias casas. Estaban contentas, orgullosas de su cometido. “Somos aquello que deciden para nosotros cuando nos fabrican. Nuestras vidas no están vacías, ni son inútiles. Servimos al hombre que sacó el hierro de la tierra, donde no éramos nada, y le dio forma. Sin él no estaríamos aquí”. Las cancelas le dijeron algo similar: “¿Qué sería de la gente si no estuviéramos nosotras para guardar sus portales?” “¿Cómo verían la televisión?”, preguntaron las antenas. “Se caerían por las escaleras si no pudieran apoyarse en nosotros al subir y bajar”, le contaron los pasamanos. “Algo importante tendrás tú que hacer, si no, no se habrían molestado en fabricarte y colocarte en donde quiera que estuvieses”. Pero el pararrayos no se resignaba a su suerte, habría preferido ser cualquier otra cosa antes que lo que era.

            Aquella tarde de finales de agosto, de pronto, se desencadenó una tormenta. El primer rayo cogió a la antena desarmada por la ausencia de quien debía protegerla, y la chamuscó sin piedad. Ella cayó, y con ella la comunicación del pueblo con el resto del mundo. El segundo rayo, a falta del elemento que debía atraerlo y conducirlo a donde no pudiese herir a nadie, partió en dos el pino más alto del monte, iniciando un incendio forestal que dejó la zona devastada porque no se pudo apagar en varios días. Un tercer rayo se dirigió, furioso, al campanario de la iglesia. Pero éste tenía su propio pararrayos, que al grito de “no tocarás mi torre aunque yo me funda por defenderla” absorbió la descarga y la disolvió en la tierra, donde ya no podía herir a nadie.

            En unos días instalaron en el monte una antena nueva, y con ella un nuevo pararrayos. Nuestro descontento amigo había entendido el mal que su fuga había ocasionado a los demás, pero ya era tarde, porque en su puesto vigilaba otro guardián, orgulloso de su cometido.

            Saltó dentro del camión del chatarrero en cuanto supo que andaba por el pueblo. Tal vez le fundieran con otros metales, y lo convirtieran en otra cosa. Pero, fuera lo que fuera su cuerpo en el futuro, desempeñaría su trabajo con orgullo, porque había aprendido que todos, aunque no nos lo parezca, tenemos una función importante. Todo tiene una razón de ser, tal vez no sepamos verla o nadie nos la haya explicado, pero así es, y debemos descubrirla y aprender a valorarla antes de que sea tarde. No a todos se les da, como al pararrayos, una segunda oportunidad.

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