viernes, 17 de agosto de 2012

GOMERA LINDA



            En este verano negro de llamas y carbones que nos está tocando vivir, se me han quemado ya varios trozos de corazón. No solamente he tenido que barrer cenizas durante días viendo arder los montes de Cortes, Dos Aguas y Andilla, no solamente he visto La Junquera en llamas y a la gente tirándose acantilado abajo para morir de un golpe por no morir abrasada, no solamente he llorado al saber que pilotos, brigadistas y militares se están dejando la vida tratando de parar este desastre. No solamente he visto desaparecer entre el humo negro muchas hectáreas de paisaje increíble en la zona de Masca y El Tanque, en Tenerife. También he visto evacuar a toda prisa poblaciones enteras mientras nuestros máximos responsables, que debieron estar al pie del cañón, se iban tranquilamente a ver la Eurocopa a donde Cristo perdió el gorro, en vez de dar el callo como deberían. Y eso es algo que me ha dolido en el alma.


            El pasado fin de semana, mientras el fuego amenazaba tres de nuestros parques naturales protegidos más importantes, con diecinueve incendios forestales activos en todo el país, el titular de Medio Ambiente se lo pasaba teta en los toros, en lugar de interrumpir sus vacaciones para ir a coordinar los esfuerzos y medios imprescindibles para acabar con esta masacre incendiaria que hace que a casi todos nos sangre el alma. A los que la tenemos, claro. Y me indigna, no puedo ocultarlo. Aunque no puedan hacer mucho, aunque cubran su incompetencia pagando a una corte entera de asesores, aunque su presencia no sea útil a efectos prácticos, su deber era estar ahí, en primera línea, y no aplaudiendo goles ni verónicas. Me recuerdan al capitán del Costa Concordia, que cuando vio que el barco se hundía “se cayó” a una lancha salvavidas mientras sus pasajeros se ahogaban en los camarotes.


            Desde hace más de una semana, una esmeralda verde se consume víctima del fuego que algún (piiiiiii – palabrota gorda censurada – piiiiiii) se ha encargado de propagar. Veinte horas es lo que tarda un hidroavión en llegar desde la península a las islas. Veinte horas. Tiempo suficiente para que las llamas arrasen muchas hectáreas de bosque; sin embargo, nuestro orondo ministro, que sabe más de desayunos, comidas y cenas de trabajo que de extinción de incendios, dice que “Canarias es un territorio demasiado pequeño como para dotarlo de dos hidroaviones con base fija en las islas”, y se queda tan ancho. Mientras tanto, La Gomera arde como una tea, el parque natural del Garajonay grita con su voz milenaria, Vallehermoso se asfixia, y el señor ministro de las barbas se marcha, no se vaya a perder el tercio de banderillas del primero de la tarde.


            Imaginad un trozo de carbón como la palma de vuestra mano. Ahora imaginad un diamante de las mismas dimensiones; el tamaño es el mismo, pero el diamante tiene un valor enorme porque hay muy pocos con tantos kilates, y cualquiera pagaría una fortuna, si la tuviera, por tenerlo y conservarlo. La Gomera, señor ministro, es pequeña y está más lejos de usted que Marbella o Ibiza, pero su valor es tan grande que merece la pena el esfuerzo y el gasto por salvarla y conservarla. Supone una riqueza tan irreemplazable que me espanta ver cómo usted y sus amigos trivializan el desastre en que está inmersa. Canarias necesita y merece una base de hidroaviones fija, tanto como algunos de nuestros respetables dirigentes (y le incluyo, caballero) merecen la carta de despido procedente y sin indemnización. Vaya usted allí, señor ministro. Vaya, recorra, vea, moléstese, que para eso se le paga, y si le toca escuchar más de lo que le gustaría, aguántese. Al fin y al cabo, un ministro, por definición, está al servicio del pueblo, así que dé la cara y haga las cosas bien alguna vez.

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