domingo, 12 de agosto de 2012

LA GOMA DE BORRAR



            Cuando David comenzó a ir al colegio su día a día se llenó de grandes descubrimientos: las primeras letras, las ceras blandas de colores, las duras a las que se puede sacar punta, los rotuladores… y la goma de borrar. Le parecía maravilloso ver que con ese pedacito de materia blanda se podían eliminar los errores, las cosas que no nos gusta cómo han quedado, las faltas y las rayas de los dibujos que salían mal.


            El niño, desde el día en que la mágica goma de borrar apareció en su vida, siempre llevaba una en el bolsillo del pantalón. Con ella al alcance de la mano se sentía seguro, porque estaba convencido de que no había nada que ese asombroso invento no pudiera borrar. De ese modo, si se caía y se hacía una herida en la rodilla, frotaba los alrededores de la lesión con la goma (donde no dolía), y pensaba que así la iría borrando y reduciendo hasta curarla del todo. El yodo y las tiritas eran “cosas de mamá”, lo que realmente hacía desaparecer la herida era su “Milán Nata 2000”.


            David fue extendiendo su visión de las virtudes de la goma, y si su abuelo decía una palabrota, le frotaba la boca con su borrador mágico; el abuelo, divertido, trataba de volver a pronunciarla moviendo los labios y fingiendo que la voz no le salía. El chiquillo, con sus inocentes cuatro años, se quedaba con la boca abierta, maravillado por la eficacia de ese trocito de materia que podía comprar en cualquier papelería por un precio ridículo. Si se echaba una mancha de kétchup en la camiseta, la frotaba con su goma antes de llevar la prenda al cesto de la ropa sucia. Cuando luego la encontraba limpia, sin rastro de tomate, en el cajón de su armario, no se daba cuenta del jabón, la lejía o las manos de su madre peleando para eliminar la mancha, sino que pensaba: “jopé, menos mal que la froté con mi borrador super-potente”.


            Por aquel entonces, el padre de David tuvo problemas en el trabajo: su empresa no iba bien, hizo una reducción de plantilla y le despidieron. Fue una época muy difícil para todos, y el niño sacaba su goma del bolsillo para intentar borrarle el ceño fruncido por la preocupación a papá, y las huellas de las lágrimas que mamá se empeñaba, sin éxito, en esconder. Los dos trataban de sonreír cuando el pequeño estaba delante, pero no siempre lo conseguían. Pasaron los meses, y aunque David frotó cuanto pudo la cartilla del paro de su padre, él no encontraba trabajo en ningún lado.


            Un día, cuando ya estaba llegando el verano, vio las maletas fuera del armario en donde se guardaban siempre, y preguntó. “A papi le han ofrecido un empleo, cariño, pero es en un sitio bastante lejos. Solamente serán dos meses, y luego volverá a buscarnos para que nos vayamos todos juntos a ese lugar”. Demasiadas noticias duras para un niño tan pequeño. David se escondió en el cuarto de baño y lloró hasta quedarse dormido. No quería que su padre se fuera, no quería irse y dejar a los abuelitos. ¿Quién los iba a cuidar si él no estaba? Pero si su padre se quedaba, seguiría sin trabajo, preocupado y triste, igual que mamá. No sabía qué hacer para arreglarlo.


            A la mañana siguiente, su padre se despidió de él: “durante dos meses vas a ser el hombre de la casa, David. Cuida de mamá, ayúdala en casa y pórtate bien. Así, el tiempo pasará más rápido. Te quiero, chiquitín”. Y, después de abrazarlo, se fue. El chaval trató de ser fuerte, y cuando echaba de menos a papá, se escondía para borrarse la frente con la goma, tratando de no pensar en él para no ponerse triste. La madre también intentaba estar alegre delante de él, así que pasaron los días mintiéndose el uno al otro para sufrir lo menos posible. Ella pensaba que el niño lo llevaba muy bien, David pensaba que a su madre casi no le importaba que papá no estuviera, y así anduvieron varias semanas. Hasta una noche en que la madre se levantó, harta de dar vueltas en la cama sin conseguir pegar ojo, a beber agua. Notó que faltaba el calendario de la cocina, en el que, con grandes aspas rojas, David tachaba cada día que su padre estaba lejos de él. Lo tenía el niño que, escondido debajo de la cama, frotaba desesperado con su goma de borrar los días que faltaban para que papá volviese a casa y lloraba porque, por más que frotaba, no desaparecían.


            El pequeño guardó la goma en el estuche escolar la mañana siguiente, desengañado de su magia. Acababa de perder un trozo de niñez.

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