viernes, 31 de agosto de 2012

LA PALMERA DE DON JULIO


            Don Julio odiaba las motos. Siempre decía que no eran más que máquinas de ruido infernal pensadas para fabricar inválidos y muertos. Nunca montó en ninguna, ni accedió a comprarles moto a sus hijos. Sin embargo, las motocicletas, de un modo indirecto, terminaron con el recuerdo más visible que dejó en el pueblo: la palmera de su casa.

            Estaba muy orgulloso de su palmera, un ejemplar bien cuidado, alto y esbelto, que había a pocos metros de la puerta, en su minúsculo jardín. En ella se posaban las tórtolas por la tarde, y no le dolía el dinero que se gastaba al año en pagar al especialista que la podaba. Le hacía quitar también los racimos de dátiles, para que el peso excesivo no se aliase con algún viento malintencionado y tronchase el delgado tronco. Su cogollo, verde intenso y frondoso, se veía desde todos los lados del pueblo, destacando sobre las casitas bajas. Era una referencia visual tan válida y patente como el campanario de la iglesia.

            Cuando las autoridades anunciaron a bombo y platillo la construcción de un circuito para motocicletas a pocos kilómetros, Don Julio refunfuñó durante días. Imaginó lo que aquello supondría: todo se llenaría de ruidosos cacharros, moteros tatuados y barbudos, y seguramente cada año habría víctimas de las dos ruedas que lamentar. “Esto no traerá nada bueno”, decía. Ya por entonces era un anciano, y no llegó a ver la inauguración del circuito, una neumonía se lo llevó antes. Ley de vida.

            Sucedió que las obras de construcción de aquel recinto para carreras de motos se fueron retrasando, y parecía que no llegarían a tiempo de terminarlo. La primera carrera del mundial que se habría de celebrar allí no podía ser suspendida, era preciso acabarlo todo para esa fecha, así que los responsables aceleraron algunas cosas que nunca debieron acelerar. Y una de ellas fue la colocación de las palmeras que habían de embellecer los principales accesos al circuito. Las mandaron traer del trópico, se saltaron a la torera la cuarentena obligatoria, las plantaron la semana anterior a la carrera y fueron, con sus mejores galas, a hacerse la foto.

            Un conocido mío, cultivador de ese tipo de árboles, me dijo una vez: “cuando veas una palmera sobre la que parezca que se ha sentado un elefante, a esa la mató el picudo, no hay duda”. El picudo rojo, un escarabajo grande y de largo morro, venía en estado larvario en aquellos árboles que se plantaron sin respetar la cuarentena, una norma establecida, principalmente, para prevenir problemas como ese. Esos macro-bichos, que son además resistentes y duros como la madera y saben volar, se extendieron pronto por toda la provincia, poniendo sus huevos en los cogollos de cuantas palmeras encontraron. Las larvas, gordas como dedos pulgares, voraces y repulsivas, se alimentan de la madera sin dar señales exteriores del mal.

Cuando las hojas se empiezan a secar ya todo el tronco está minado y podrido, y no queda más remedio que cortar el árbol y prenderle fuego para evitar que la infección se siga extendiendo. Y así, como ya habréis supuesto, terminó la palmera de Don Julio, igual que otros muchos cientos de ellas en muchos kilómetros a la redonda: talada y pasto de las llamas. El anciano llevaba razón cuando decía que lo de las motos iba a traer problemas, aunque no del modo que él imaginaba.

Las prisas no son buenas para nada, pueden llegar a ocasionar desastres que ni siquiera imaginábamos que se pudiesen producir. De momento, en el pueblo, lo único que se ve ahora destacar por encima de los tejados es el campanario de la iglesia. Tardaremos muchos años en tener otra palmera que lo mire de tú a tú. Menos mal que Don Julio ya no está aquí para verlo.

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