jueves, 2 de agosto de 2012

LA TÍA MOJETA



            La tía Mojeta no se llamaba así. Le pusieron el apodo en el pueblo en el que vivía, por la sencilla razón de que le gustaba, más que ninguna otra cosa en este mundo, mojetear en la vida de los otros. Todos los rumores le llegaban, de un modo o de otro, y ella ayudaba a su difusión en el lavadero, en el colmado, en el horno cuando iba a comprar el pan… Así, como quien no quiere la cosa, se metía en las conversaciones ajenas y colocaba el rumor, o la noticia, o lo que fuera, solamente por el placer de ver la cara que ponían los demás al enterarse.


            Cuanto más jugoso era el chisme, más disfrutaba la tía Mojeta con su “yo no sé nada, pero me han dicho que…”, que era la manera en que siempre dejaba caer sus cotilleos. Si alguna chica del pueblo quedaba en estado, nadie sabe cómo, pero la tía Mojeta era la primera en enterarse, y la noticia se extendía más rápido que si la dieran en el telediario. El marido que se la pegaba a la esposa, el mozo que rondaba a la viuda joven, el cornudo que cargaba con un hijo de autoría desconocida, la afición del cura a visitar a la peluquera (“yo no sé nada, pero me han dicho que algún trato tendrán, porque él va a su casa y luego sale con el pelo sin cortar. Otras cosas le arreglará que no son los pelos…”), y cosas por el estilo eran conocidas y difundidas por ella con gran placer, deleite que era mayor cuanto más escándalo provocaban sus afirmaciones entre los vecinos del pueblo.


            De joven tuvo un par de pretendientes, pero salieron huyendo en cuanto se dieron cuenta de que era lo más cotilla que había parido madre por aquellos contornos, así que la tía Mojeta permaneció soltera y entera hasta que llegó Adolfo. Nadie sabe de dónde venía ni a dónde iba, pero por alguna razón a ella le gustaron su porte de galán, sus ojos verdes y sus manos blancas, tan distintas de las de los mozos del pueblo. Eran las fiestas patronales, hacía calor y el vino desataba las lenguas y amortiguaba las conciencias, así que después de unos cuantos pasodobles y un baile agarrado, a la tía Mojeta, que andaría ya por los cuarenta, se le olvidaron sus convicciones y probó el pajar. El tal Adolfo desapareció al día siguiente. Ella, después de cerciorarse de que nadie sabía nada del revolcón festivo, volvió a su vida de siempre, decidida a olvidar su escarceo y a no probar el vino nunca más. Con lo que no contaba es con lo que iba a venir después.


            Lo tomó como un desarreglo de menopausia precoz, pero no fue al médico para que nadie pudiera pensar ni cotillear a su costa (cosa que ella habría hecho sin dudar). Cuando ya le fue casi imposible abrocharse la bata se marchó a la ciudad “a pasar un tiempo con mi tía Virtudes, que la mujer anda delicada, y si no la cuido yo, no la cuida nadie”. Pensó dejar la criatura con las monjas, pero después de parirla no tuvo valor, e inventó una patraña para volver al pueblo con ella sin levantar suspicacias. Diría que era hija de una prima suya que había fallecido al dar a luz, y ella, con su habitual sentido de la caridad, se había ofrecido a tutelarla y criarla como si fuera hija propia.


            Difundió su mentira, orgullosa, en cuanto llegó a casa. Paseó a la niña por la tienda, el lavadero, el horno, la plaza y cuantos lugares se le ocurrieron, y todo el mundo le dio la enhorabuena por su gesto de adoptar a la huerfanita que llevaba en brazos. Siguió su vida, convencida de que ya estaba a salvo de la maledicencia popular; por supuesto, se puso al día enseguida de todas las noticias que se habían producido mientras “cuidaba a la tía Virtudes”, opinó sobre ellas, y volvió a sus actividades de cotilla integral como si nada hubiese pasado.


            Pero llegó la primavera siguiente, y las cuadrillas de mozos del pueblo salieron, como era costumbre, a cantar los Mayos a las chicas, y a entonar coplillas graciosas sobre los vecinos. Al pasar delante de su casa, la tía Mojeta oyó a los quintos pararse y rasguear guitarras. Se extrañó, no tenía pretendiente que le cantase los Mayos, y no imaginaba qué copla habría de escuchar. Después de oírla, estuvo dos días enteros sin salir de casa.


“Quien le mojó el mojete a la tía Mojeta lo hizo tan hondo,/


que entró en el pajar con un pajarete y salió con bombo./


Si te deja preñada algún mocetón, niña, no lo dudes/


y vete unos meses para cuidar a tu tía Virtudes”.


            Desde entonces, a la niña, de nombre Aurora, todo el pueblo pasó a conocerla como “La Aurora, la del Mojete”. Y la tía Mojeta, a la que no habría servido de nada negar lo evidente, agachó la cabeza y no volvió a cotillear sobre nadie. Bueno, eso no es del todo cierto; se compró un ordenador y ahora es una de las más célebres blogueras de la prensa del corazón. Y es que el que nace gato maúlla toda su vida, pero cuando otros gatos le arañan, aprende a guardar las uñas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario