lunes, 20 de agosto de 2012

MANÍAS



            “Las manías no las curan los médicos”. Esa es una de las verdades universales cuya veracidad he comprobado más veces, por distintas circunstancias. Empezando por las mías, desde luego, porque manías tengo. Y muchas. Pero la historia de hoy no la escribo para hablar de mí, sino de un personaje al que he conocido en mi nuevo trabajo. No se llama Ginés, pero vamos a suponer que sí, que ese es su nombre.


            Ginés es un discapacitado intelectual con una inteligencia fuera de lo común. De hecho, le he visto resolver rompecabezas y puzles bastante complicados. Si hubiera sido una persona normal se le podría haber calificado incluso de guapo: alto, fornido, rasgos armoniosos, ojos vivaces, nariz griega, mentón cuadrado… pero algo no funcionó bien en la formación de su cerebro, y aparte de tener algunos ataques que le ponen en riesgo, se llenó de manías que no puede controlar.


            No es capaz de hablar, aunque con sus ojos dice mucho. Cuando ve algo, tiene que tocarlo, y después recorrer el pasillo tocando todo lo que se le parece. Si ve un interruptor de la luz, lo acciona dos veces, y después busca todos los interruptores a su alcance para accionarlos dos veces antes de poder continuar con lo que estaba haciendo. En ocasiones, se me escapa de la ducha, mojado y enjabonado, porque ha visto mis zuecos color naranja, los ha tocado, y necesita tocar cuantos objetos color naranja hay en su entorno antes de dejar que continúe duchándolo. Así que se va, desnudo y empapado, a medio afeitar y con la cabeza llena de espuma de champú, pasillo adelante sin que mis llamadas hagan efecto alguno en él. No puedo obligarle a nada, mide treinta centímetros más que yo, soy incapaz de retenerle. Cuando termina, vuelve y deja que acabe de arreglarle. Es inmune a mis regañinas.


            A Ginés le gusta jugar. Tiene una serie de objetos que lleva siempre en la mano: un tapón de bote de gel, dos trozos de tubo, un embellecedor de interruptor de la luz arrancado y un envase de pastillas vacío. Me los deja en el regazo, y después se descubre el trasero para sentarse en el suelo con las nalgas en contacto con las baldosas, buscando el fresquito. Y espera. Yo tiro sus tesoros al suelo, y comienza su ritual. Gatea hasta el trasto más cercano, se sienta. Se quita la sandalia izquierda, la coloca de canto con la suela en contacto con el objeto. Después, coge su juguete en la mano, recupera la sandalia, se toca con ella la barbilla y se la pone en el pie. Gatea hasta el siguiente objeto, se quita de nuevo la sandalia y repite todo el proceso. Cuando termina de recoger de esa peculiar forma todos sus trastitos, gatea hasta llegar a mí y me los coloca de nuevo en el regazo, sonriendo. Quiere seguir jugando.


            Ginés tiene una sonrisa especial guardada en el bolsillo: la de las travesuras. Sabe perfectamente cuándo lo que va a hacer está mal. No la usa cuando me toca el trasero, cosa que hace solo si observa algún cambio en mí: una camiseta de otro color, un turbante del pelo que no es el de siempre. Cuando voy a trabajar con él sé que debo ir vestida y peinada exactamente como las otras veces, porque cualquier cambio le desconcierta, y tiene que asegurarse de que soy yo de verdad tocándome la retaguardia con el dedo índice; no me incomoda porque sé que no hay malicia ninguna en su gesto, únicamente perplejidad. Su sonrisa de travesuras es lo único que nos anuncia que se va a salir de sus extrañas manías por una vez, nos pone sobre aviso. El día en que lo veo sentado en el suelo, en cualquier rincón, con los pantalones bajados (como de costumbre) y esa pillería manifiesta pintada en la cara, me pongo ojo avizor porque sé que la va a liar. El domingo echó sus sandalias en el cubo de fregar de la limpiadora, y le tuve que reñir. Ni aun cuando estaba echándole la charla de “eso no se hace” se le borró esa luz del rostro.


            No todo el mundo le cae bien a Ginés. Yo sé que pertenezco al selecto club de sus “amigos” porque me han dicho que, cuando me marcho, se queda mirando por el agujero de la cerradura todo mi recorrido por el pasillo, hasta que desaparezco en el cuarto del personal. Creo que me aprecia porque yo no intento que se comporte como una persona normal, no le grito continuamente que se suba los pantalones, y no me niego a jugar con él cuando tengo cinco minutos libres. Sería inútil tratar de modificar su conducta para acercarle a “nuestra normalidad”, porque sé que, como dije al principio, las manías no las curan los médicos.


            Hoy le he visto llorar, y me ha dado mucha pena. Otro interno más fuerte, menos inteligente y más egoísta, le ha arrebatado sus cosas, y él, que las protegía con su cuerpo, se ha visto empujado, ninguneado y sometido. No se ha defendido con agresividad, elemento que el otro no ha dudado en usar. Se ha sentado y se le han llenado los ojos de lágrimas. Yo solamente he podido pensar: “mira, aquí también gana el más tonto usando la fuerza, como en los colegios, como en los institutos, como…” Y es que ellos, a pesar de sus deficiencias, siguen siendo, esencialmente, seres humanos.

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