viernes, 24 de agosto de 2012

MARÍA JESÚS


Se me quedaron grabadas a fuego las palabras que me dijiste hace ocho años, cuando aún no habías cumplido los cincuenta y dos. “Me han hecho biopsia de un bulto en el pecho. Es malo, tengo cáncer. No quiero morir, quiero llegar a ser abuela. Me quedan aún muchas cosas por vivir”.

            Mirando más atrás, recuerdo tu voz por los pasillos del hospital, cuando venías a ayudarme en el parto de mi hija mayor. No llegaste a tiempo, se me dio tan bien… Sin embargo, asumiste el papel de mi madre, que tampoco llegó a tiempo, y me enseñaste a ponerme la criatura al pecho. Típico de ti, la mamá y la enfermera, no se sabe nunca dónde acaba una y comienza la otra. “Vigílale la hemorragia, tiene la conjuntiva muy pálida”. Las dos de la madrugada, tus hijos en casa y tú dando instrucciones precisas al enfermero de planta. No te fuiste tranquila, y al día siguiente ya te tenía de nuevo a mi lado, contándole a mi propia madre lo bien que había ido todo, como si fueras algo mío. Y sí, lo eres, de algún modo. Madre de una de mis hermanas de cariño, suegra de otra. Tía de mis hijas, que te han querido desde que tienen memoria.

            “Quiero llegar a ser abuela, mis hijos aún me necesitan, todavía son unos críos, aunque los veamos grandes. No quiero morir”. Cuántas veces me acuerdo de eso. Te dije que contaras conmigo para lo que fuera, pero saliste de aquello agarrándote a Luis y a los chicos, sin querer molestar a nadie más. Hasta mandaste a retocar la peluca de manera que quedase más a tu estilo, para que los que no sabían de tu mal no se diesen cuenta de nada. Y la sonrisa como tarjeta de visita, el ánimo arriba cuando había gente delante. Lo malo lo guardaste para dentro de casa, por no amargarle la vida a nadie. Menos mal que no estabas sola. Sé lo que fue aquello, pero no sé si yo habría sabido llevarlo con la misma dignidad y entereza con que lo afrontasteis vosotros.

            Me sería imposible contar los kilómetros que mis bebés han hecho gateando por el pasillo de tu casa, las fotos que tienes de ellas y las veces que he adivinado el orgullo en tus ojos viéndolas crecer. Ahora, ese mismo orgullo es el que yo siento al mirar a tu nieto. Porque sí, lo has conseguido. Has sobrevivido a un cáncer de mama, has cumplido los sesenta años, y has conocido la alegría de ser abuela. Pero esto no acaba aquí, es hora de comenzar a marcarte metas nuevas, porque tienes mucho tiempo por delante para alcanzarlas.

            Para tu cumpleaños, tus hijos me encargaron un cuento. No me fue difícil escribirlo, ya son muchos agostos los que tengo la suerte de conocerte, así que “Lo que sé de ti” prácticamente se escribió él solito. Lo que no esperaba es que los demás hiciesen apuestas acerca de cuánto aguantarías sin echarte a llorar, si una página o dos. Yo no participé en esa porra, de haberlo hecho habría ganado yo, que sabía que solamente con ver en la portada a tu Garbancito ya tendrías que sacar el pañuelo.

            Confío en seguir a tu lado muchos años más, María Jesús. Nos quedan aún hijos por casar, nietos por conocer, charlas que mantener y botellas de cava por descorchar. Y no pienso, que lo sepas, perderme nada de lo que pase a tu alrededor, ni dejarte al margen de nada de lo que me vaya ocurriendo. Mientras tanto, doy gracias a la vida por no arrebatarnos la tuya. Feliz cumpleaños, querida amiga. Brindo por ti. ¡Salud!

1 comentario:

  1. qué bonita y emocionante historia la de Maria Jesús, que consigue cumplir su sueño, y como dice Susana, ahora hay que pensar en otros deseos que se hagan realidad. FELICIDADES MARIA JESÚS!!!!!

    ResponderEliminar