lunes, 20 de agosto de 2012

MARIPOSAS



            Hace muchos, muchos años, existía en nuestros campos una raza de mariposas que no era como el resto. En apariencia no se diferenciaban demasiado de sus semejantes: no eran las más grandes, ni tampoco las más pequeñas. Tampoco eran las más vistosas, ni las que más colorido tenían. Carecían de dibujo alguno en sus alas; eran, simplemente, maripositas azules, con sus patitas, sus antenas y su frágil vuelo.


            Siempre se desplazaban en bandada. No había posibilidad de encontrar un ejemplar solitario, aislado de su grupo. Aparecían de repente, sin que nadie las llamase, y nadie sabía ni dónde criaban ni dónde se escondían. Pero rodearse de ellas era algo que deseaban casi todas las muchachas del lugar, porque las mariposas azules, esas mariposas azules, llegaban para acompañar a las jóvenes que se enamoraban por primera vez. Olían la emoción de ese sentimiento tan intenso, tan puro y vehemente, esa bendita oleada de suspiros y esperanzas, de latidos acelerados, descubrimientos y sueños, y de esa energía se alimentaban. Por eso, cuando un pecho juvenil se inflamaba con el primer amor, venían desde donde estuvieran a posarse sobre la cabeza, los hombros y la falda de la muchacha, revoloteaban a su alrededor como un halo encantado, y la hacían sentirse la más especial, la más hermosa de las mujeres. La hacían sentirse como la única persona del mundo que estuviese enamorada. Por eso, cuando una novia iba al altar con un velo azul vivo y cambiante, era la más bonita de las novias, y se le auguraba un futuro lleno de felicidad.


            Sucedió en una ocasión que las mariposas vinieron atraídas por el calor que desprendía Ángela. Ella las vio, y se echó a temblar aterrorizada. Nadie debía saber que se había enamorado, ella misma era consciente de la locura que constituía ese amor, pero no había podido evitar comenzar a sentirlo. A los dieciséis años, cuando la fuerza de la juventud es imparable, uno no elige de quién ni cuándo se enamora: ocurre sin que se pueda evitar. Ella sabía que habría de casarse algún día con aquel a quien su familia la había prometido, y no era él, precisamente, quien había despertado sus sentimientos, sino uno de los pastores que cuidaba el ganado de su padre. Y es que, para quien no lo sepa, hasta una época no demasiado lejana las mujeres no eran más que moneda de cambio en transacciones económicas, sobre todo entre los ricos. La alianza con la familia de su prometido era conveniente, y por ello iban a entregarla a alguien a quien no amaba ni amaría nunca. “Si fuese pobre, como la gente del pueblo, podría casarme con el pastor”, pensó. Pero no podía cambiar la cuna en la que había nacido, y la presencia de las mariposas no haría sino delatar sus sentimientos.


            Aquella desgraciada criatura se armó de su matamoscas y trató de matar a los insectos que la iban rodeando, pero por cada par de alas que caía, llegaban dos más, hasta quedar cubierta completamente del leve velo azul. No podía consentir que nadie la viese, no debía permitir que aquellos bichos delatasen lo que su corazón escondía. Si su padre se enteraba, nunca volvería a ver al pastor.


            Decidió ir a ver a su ama de cría, una mujer muy sabia que seguramente podría aconsejarle cómo proceder. No fue necesario que hablase, cuando la vio llegar cubierta de insectos celestes lo supo enseguida, y se quedó pálida. “Escóndeme, ama. Si me ven así estoy perdida”. Ella fue la que llamó al pastor y prestó su casa para que los dos jóvenes hablasen. Solamente ellos podían decidir lo que debían hacer. El muchacho vio su pellejo peligrar por una aventura con la hija del amo; él no estaba enamorado. Sí, la chica le gustaba, pero no más que otras que había conocido. “Si te vienes tras de mí pasarás semanas enteras sola en una cabaña, cuidando del huerto. Yo tendré que estar en los campos con los animales. Tendrás que parir cuantos hijos vengan tú sola, no creo que el lujo de un médico esté a nuestro alcance. Olvídate de las sábanas de hilo entre las que has dormido siempre, un pellejo de cordero es lo que nos cubre a los pastores y a nuestras mujeres”. Continuó durante un buen rato hablándole del tipo de vida que llevaría de continuar con aquella locura. “Esas manos tuyas tan finas se llenarán de callos, muchas noches no habrá sino agua y algo de sebo de cordero para cenar todos; cuanto conociste hasta ahora te será negado. De pobre a rico se pasa bien, pero al contrario…”


            Ángela se fue para su casa caminando sola, y mientras andaba pensaba en todo cuanto le había dicho el pastor. No le importaba tanto lo que había oído de sus labios; lo que más daño le había hecho fue comprender que él no la quería. Una a una, las mariposas iban muriendo y cayendo sobre el camino, formando una especie de estela azul tras la muchacha. La última cayó a la puerta de su casa y fue barrida por la criada un rato más tarde.


            Después de mucho llorar, la joven entendió que ningún amor se aguanta en pie si no es correspondido, tarde o temprano acaba muriendo, como las mariposas. Y que nadar contra corriente requiere una madurez que raramente se tiene a los dieciséis años.

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