domingo, 26 de agosto de 2012

MI NUEVO HUERTO


            Durante este mes de agosto, los fines de semana me entrego al cuidado de un nuevo huerto. Es un lugar especial, y en él el mundo de fuera nunca consigue entrar. La televisión ladra sus malas noticias durante gran parte del día, pero para las hortalizas que viven aquí todas esas imágenes y palabras no significan nada. Nada en absoluto.

            Este huerto está poblado de verduras imperfectas. Unas ya nacieron así, otras resultaron dañadas por accidente, o por distintos males. Algunas son mudas, otras solamente gritan, o balbucean de forma casi ininteligible. Las pocas que hablan, lo hacen en un lenguaje de escasas palabras y nula lógica. La mayor parte de ellas no entiende de instrucciones, normas ni órdenes, sino que se rigen por las necesidades de sus cuerpos: comer, descomer, beber, desbeber, dormir, abrir los ojos.

            Llevo ya unos días cuidando de estas hortalizas diferentes, suficiente tiempo como para darme cuenta de que, aunque no comprenden lo que les digo, sí tengo una forma de comunicarme con ellas: cantando. Es mi manera de sacarlas de su mutismo, entretenerlas y arrancarles alguna que otra sonrisa. Busco melodías y ritmos que les resulten amables, y ya cada una tiene su canción, igual que cada una tiene su ropa y sus zapatos. Cuando necesito lavarlas, levantarlas, acostarlas o alimentarlas; para vestirlas o moverlas de su sitio, uso con cada una su nombre y su canción. A cambio, su silencio se vuelve más luminoso, me regalan su mirada y su atención, su agresividad se reduce, y algunas incluso intentan seguir el ritmo con sus raíces torpes y condenadas al ocio.

            Cuando entro a trabajar, ya enfilo el pasillo cantando “Ese toro enamorado de la luna”, mi canción de llegar. Así, antes de verme, ya saben que soy yo. Luego voy usando, según con quién me las tenga que ver, “Una rosa es una rosa”, “Paco, Paco, Paco”, “La, la, la”, “Eva María se fue”, “Margarita se llama mi amor”, y unas cuantas más. Cuando vengo con el carro de la comida, “Tengo una vaca lechera”, y ya alguna se va sentando en su lugar del comedor. De la siesta, las levanto con boleros. No entienden las letras, pero creo que les gusta despertarse así, con canciones suaves, porque casi todas tienen un nivel de tolerancia al estrés bastante pequeño (por no decir inexistente), se desbaratan enseguida, y esos temas me ayudan a mantener todo bajo control.

            Cuando una de estas “verduritas especiales” se trastorna y me agrede, o se resiste a lo que debe hacer y se enfada (con imprevisibles consecuencias por lo general), no le grito, ni dejo que note que estoy dolida o enojada. Simplemente no le canto más en lo que queda de jornada, la trato como a una hortaliza cualquiera, normal y corriente. Ya no se siente especial, y es el castigo más efectivo que puedo administrarle. Por sus miradas culpables sé que mi silencio no les gusta. Reconozco que en esas ocasiones me entran ganas de ladrar al oído del rebelde algo de heavy metal o rap, estridente e irritante, para responder a su agresión, pero no lo hago. No creo en el “ojo por ojo”, y con ellos tampoco sirve de nada. Con ellos menos que con nadie.

            Las hortalizas distintas son inmunes a los gritos, pero no a la música. Ella casi siempre logra lo que no se consigue de ningún otro modo. No conozco lenguaje más poderoso y universal. ¿Y vosotros?

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