lunes, 6 de agosto de 2012

SU FORMA DE BAILAR



            No se llaman Óscar ni Rosa, pero vamos a suponer que esos son sus nombres de verdad. Protejo así a los dos seres que hay detrás de esta historia, porque realmente su identidad no tiene ninguna importancia; lo que realmente quiero es poder contaros su gesto.


            Los he conocido este fin de semana. No se parecen en nada, no he visto criaturas más dispares en mi vida. Lo único que tienen en común es que los dos viven en la misma residencia para discapacitados severos. Ni siquiera me recuerdan a los protagonistas de aquella emotiva canción de Víctor Manuel, “Sólo pienso en ti”, ¿os suena? Su historia no es de amor, y además ignoro por completo por qué razón son así. Tampoco interesa conocer esos datos para lo que os voy a contar.


            Rosa es enorme. No hay otra palabra para definirla. Su cuerpo se desborda por todos los lados, las piernas hinchadas, el vientre inmenso, los pechos tremendos. Lleva el pelo corto por necesidades asistenciales y no camina, sino que la desplazan en una silla de ruedas. Cuando no está comiendo, suele emitir exclamaciones cortas y rítmicas, moviendo la cabeza de un lado a otro, y de vez en cuando profiere alguna palabra suelta (a menudo “discoteca”, porque lo que hace con esos grititos es cantar). No es capaz de mirarme a los ojos, y no me ha sonreído nunca. Se la aparca en un lado de la sala de estar, entre dos mesas, por razones de seguridad: pega a todo el que se la acerca, exceptuando a quien lleve comida en la mano. Si otro residente pasa junto a ella y queda al alcance de su brazo, lo más probable es que le golpee. Por eso nadie se le arrima. Así pasa gran parte de sus horas despierta: aparcada.


            Óscar es todo lo contrario: menudito, delgado. No le he oído emitir el más mínimo sonido, ni cuando anda, ni cuando se sienta. Camina solo, pero únicamente va a donde se le manda, no tiene iniciativa propia de deambular, ni de nada. Si le dices “ven, siéntate aquí a comer”, él va y se sienta. Luego le dices “ven, vamos al baño a cambiar el pañal”, él va, luego vuelve y se sienta de nuevo. Solamente mira al suelo y no habla, ni grita, ni te toca. Nada.


            Ayer era domingo, día de visita, pero ni Óscar ni Rosa recibieron ninguna. Pasaron casi toda la mañana sentados, ella en su silla junto a la pared, él en un sofá, con otros internos. La tele emitía dibujos animados, y él permanecía sin mirarla, con las piernas cruzadas. Ella tampoco atendía a la pantalla, sino que movía su cabeza a izquierda y derecha, con su “ah, ah, ah, ah, ah” sonoro y rítmico de cantar a su manera, y golpeaba la mesa con rabia. Y de pronto, sucedió.


            Fue como un destello, un gesto extraño. Rosa alzó su mano y comenzó a gritar más fuerte, como tratando de llamar la atención. Óscar, sin mirar, sin decir nada, se levantó del sofá y fue hacia ella. Yo traté de impedirlo, me dio miedo que el pobre hombre recibiera uno de los golpes que la mujer reparte sin miramientos, pero estaba demasiado lejos para llegar a tiempo. No ocurrió, desde luego, lo que yo temía, ni mucho menos. Él cogió la mano de ella, y Rosa comenzó a sacudir su brazo arriba y abajo, al mismo ritmo de sus exclamaciones “cantarinas”: ah, ah, ah, ah… diez veces. Ni una más, ni una menos. Luego profirió una sonora risotada, se soltaron y Óscar volvió a su sofá. Acababan de bailar.


            Seis veces ocurrió lo mismo a lo largo de la mañana: ella reclamaba, él acudía, diez sacudidas de mano, una risa, y vuelta al punto de partida. No sé por qué lo hacen, pero hay entre ellos una conexión especial que no tienen con nadie más, y que ignoro en qué se basa. Óscar es el único ser a quien Rosa no agrede, y Rosa es el único ser con quien Óscar quiere bailar. Y ya está. No tiene más trascendencia, pero a mí me parece importante. Son vidas que solo cuentan con manos mercenarias para cuidar de sus cuerpos, su alimentación y su higiene, y no tienen más que esos pequeños fogonazos de ternura, sus bailes de salón, para procurarles felicidad auténtica. Ya veis qué poquita cosa.

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