jueves, 27 de septiembre de 2012

ALAS MALTRECHAS


            Se ha escrito y debatido tanto, a lo largo de los siglos, sobre los ángeles, que hasta ahora no sabía yo bien qué pensar. Siempre creí que podían ser niños gordetes y medio desnudos, como los pintaba Murillo, o negritos, como cantaba Machín. Aunque luego, analizando bien la oración que me enseñaron (y que se supone debía rezar cada noche antes de dormir, pero siempre he sido un poco vaga para eso, lo reconozco) del ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, etcétera, llegué a pensar que podían ser abuelitos cariñosos y protectores. Todas estas suposiciones se me esfumaron cuando por fin conocí a un ángel de verdad, y hoy os voy a contar su historia.

            Un ángel nace, no se hace. Se distingue, a poco que te fijes, por un detalle sutil e importante: desea y procura el bien de cuantos le rodean, vive y respira por proteger, defender y construir, y nadie, de las personas que lo conocen, es capaz de albergar el más mínimo sentimiento negativo hacia él. Cuando en tu vida aparece uno, la simpatía y el cariño que se desarrolla hacia ese ser son instantáneos, es un sentimiento reflejo, instintivo. Si escuchásemos a nuestro corazón, él nos lo diría, lo que pasa es que en los tiempos que corren no solemos detener nuestra endémica prisa para preguntarle al que más sabe de nosotros mismos: la patatilla latente que llevamos en el pecho y que distribuye oxígeno, sangre y sentimientos por nuestros entresijos. Un ángel no habla mal de nadie, es comprensivo y compasivo hasta el extremo, y sufre con el sufrimiento ajeno tanto como con el propio.

            El ángel del que voy a hablaros es mujer (eso de que los ángeles no tienen sexo es un cuento chino) y, como todos los demás, nació sin alas. Pero no las ganó siendo buena ni haciendo ninguna heroicidad, como en las películas americanas, porque a los ángeles, lo que de verdad les completa, es lo que nos completa a todos: nuestra pareja. Él son sus alas. Por ellas y con ellas vuela, en ellas se apoya, y las ama tanto como a sí misma porque forman parte de sí misma. El amor bien entendido consiste en eso: en ser uno con quien te complementa, con quien te entiende sin necesidad de que le hables, con quien sabe lo que piensas antes de que tú mismo seas consciente de ese pensamiento. Ella no se eleva sin sus alas, y sus alas no despegan sin ella, y juntos, siendo uno, iniciaron tres proyectos de futuro en los que ponen cada día su esfuerzo y su esperanza.

            Las alas de mi ángel comenzaron a perder plumas esta primavera. Primero fueron unas poquitas, se las arrancó la prisa. Luego algunas más, afeitadas por la preocupación. El trabajo y la crisis fueron abriendo grandes claros en su carne, dejando al aire los agujeros que evidenciaban la ausencia de más plumas cada día. Ella las fue recogiendo del suelo, y pasó el verano empleando todo el pegamento de su cariño para tratar de colocarlas en su sitio, pero muchas se las llevó el viento, y no las pudo recuperar. Y con el otoño cayeron las hojas de los robles, y la mayoría de las plumas que les quedaban. Las alas se rompieron sin que el ángel pudiese hacer nada por evitarlo. Con el dolor inmenso de quien sufre la amputación de una parte de su cuerpo, tuvo que separarse de ellas y llevarlas a un lugar en donde supiesen cuidarlas, pero yo sé que lo ha hecho con el alma hecha pedazos, y que así sigue, con una fractura interna que le hiela la sangre y la sonrisa. Aunque por fuera trate de que nadie lo vea, aunque siga procurando el bien y la tranquilidad de todos, aunque siga trabajando para que los tres proyectos que iniciaron juntos no se resientan y continúen avanzando y creciendo, los ojos de mi ángel son como diminutas peceras, en las que el agua no se derrama porque el cristal la contiene.

            Con este cuento te envío, mi querida angelilla, tres cosas que espero que te ayuden. Una pluma de paloma libre y una de gaviota marina, para sustituir algunas de las que se os han perdido. También las doce cuerdas de mi laúd, llenas de música, para que trates de remendar con ellas, como si fueran hilo de coser, tus alas maltrechas. Y por último, un abrazo de cielo azul lleno de afecto y calor. Con eso, con tiempo y tu infinita ternura, estoy segura de que tus alas volverán pronto a tu espalda con la misma alegría de siempre, y que aunque de alguna manera los remiendos se noten, aunque las cicatrices se vean y remuevan a veces antiguos dolores ya pasados, tus alas volverán a su lugar para continuar juntos con esos proyectos que no pueden dejarse a medias.

            Nadie se merece más que tú que esto acabe y se quede en un mal recuerdo. Sé que así será, pero mientras tus alas recuperan su vigor, aunque no tengas ganas, deja que nuestra fiel amiga la música te arrulle, te consuele y te sirva de refugio. Todo quedará atrás, como las pesadillas, porque los episodios de la vida de alguien como tú solo pueden tener finales felices.

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