miércoles, 26 de septiembre de 2012

AUTILLOS, GATOS Y ESCARABAJOS RINOCERONTE


            Una de las muchas (y estupendas) sorpresas que nos aguardaban en Romancos, ese pequeño trozo de Guadalajara que visitamos este fin de semana, fue nuestro alojamiento. Confieso que me decidí por esa casa por una sencilla razón: su dueño fue el primero en cogerme el teléfono cuando llamé. No miré las fotos en internet, ni me informé de nada. Reservé, y punto. A la aventura. He descubierto que cuando te creas expectativas sueles acabar defraudado, así que, si vas a ciegas, todo lo bueno que te encuentres hace que te sorprendas de una forma tremendamente agradable. Cierto es que, con ese sistema, corres peligro de terminar pasando la noche en un antro, pero bueno, el que no arriesga no gana. O eso dicen.

            Cuando se es músico y se viaja con el instrumento al hombro, uno queda curtido en mil batallas, tanto en lo tocante a comidas como en lo que a alojamiento se refiere. Hemos pasado noches en albergues juveniles, colegios, cuarteles militares, conventos, casas particulares, hoteluchos de quinta categoría, de tres estrellas, de cuatro infiernos (aún recuerdo uno en Andorra cuya sola mención me pone los pelos de punta). Como dice mi buen amigo José Luis Alonso, que de esto también sabe lo suyo, en algunos sitios las pernoctaciones pueden ser auténticos aquelarres. Por eso, porque puedo dar fe de que una noche se pasa de cualquier manera, no miro mucho el tema de los hospedajes a la hora de hacer una escapada. Antes sí lo hacía, pero después, al llegar al sitio en cuestión, me sentía como cuando pides una hamburguesa o plato combinado en algún restaurante guiándote por el aspecto de las fotos que muestra la carta. La cara de panoli que se te queda al darte cuenta de que lo que te han servido y lo que viste en la fotografía solo tienen en común el nombre y el precio es difícilmente disimulable. Y luego, encima, te cargan el IVA, toma estocada en todo lo alto.

            Pues con ese talante aventurero que nos caracteriza, sin esperar nada, llegamos a Los Autillos. Abrimos la verja, metimos el coche y tocamos la campanilla que vimos junto a la puerta. Daniel nos abrió y nos hizo pasar. Lo que encontramos dentro fue una especie de salto en el tiempo que nos dejó con la boca abierta. Cada detalle estaba cuidado con mimo: la decoración, la distribución de los dormitorios, los colores, los olores… Había preparado para nosotros dos habitaciones: “Lavanda” y “Mi pueblo”. En la primera, los tonos morados de la flor de lavanda decoraban las paredes, contrastando con las maderas oscuras del cabecero y las mesillas. Más flores en los cuadros, puntillas de encaje en las estanterías del cuarto de baño, toallas blancas y un olor deliciosamente temático. Las mantas de las camas, bajo las colchas inmaculadas, también ostentaban el color que daba nombre a la estancia.

            “Mi pueblo” fue la elegida por las niñas para dormir. Colores blancos y teja, como las casas antiguas. Preciosa, con una gavilla de espigas de trigo en la pared junto a la horquilla de madera; un nido de gorriones descansaba sobre la viga de la entrada, y en el aire dominaba el olor a la hierba recién cortada y a tierra mojada por la lluvia. Daban ganas de quedarse a vivir. En la entrada, un trillo a modo de mesa, cencerros colgando de las vigas, antiguos aperos de labranza, y un viejo libro sobre naturaleza, abierto estratégicamente por la página en que está dibujado el autillo que dio nombre a la casa.

            Los otros dormitorios, “Ajedrea”, con sus colores verdes y su olor a limón y hierbabuena, y “La flor del manzano” (esta voy a dejar que os la imaginéis), quedaron vacíos. Éramos los únicos huéspedes en aquella maravilla de lugar. Daniel nos condujo arriba por la escalera, para mostrarnos el comedor, con sus sofás confortables, una gran pantalla de televisión, películas para entretener tardes de invierno, juegos y docenas de libros sobre apicultura, animales, plantas y paisajes. Varias mesas, con sus correspondientes sillas, esperaban a los comensales. Al lado, una enorme cocina a la que no le faltaba detalle. Por todos lados encontramos abejas de peluche, o de paja, o de madera, o de barro.

            Daniel nos explicó que antes tenía panales, pero que los insectos cogieron un parásito, luego un virus, y dejaron de producir o murieron. Pensaba volverlo a intentar cuando consiguiesen encontrar un remedio a ese problema. “Las abejas son vitales para el ecosistema; si ellas mueren, las plantas también”. Mis hijas, con los ojos abiertos como platos, no perdían ni una coma de cuanto él nos explicaba. “¿Un autillo es como un búho?”, preguntó mi pequeña. La enciclopedia de naturaleza que nos había hospedado les enseñó una foto del pájaro. “Ahora ya no hay, emigran al norte de África. En primavera volverán. Son pequeñitos, nocturnos, cazan para comer…” En fin, aquello fue una deliciosa clase de ciencias naturales acompañando el desayuno que él mismo nos había preparado. Para terminar, les enseñó un escarabajo rinoceronte que guardaba para impresionar a los visitantes infantiles, y luego soltó a los gatos para que jugasen con ellos mientras nosotros terminábamos de hacer la maleta.

            “Si anoche se hubiesen quedado a cenar, tenía pensado prepararles una ensalada con tomates de aquí, son espectaculares, y también hacemos un aceite muy suave que les va perfecto”. Otra vez será, desde luego. Habrá oportunidad, porque pensamos volver. En pocos lugares he pagado la cuenta más a gusto que en Los Autillos.


PD: Mirando las fotos de la web me doy cuenta de que no se corresponden con la realidad. Lo que hay allí es mucho más que lo que veis. Palabra.

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