viernes, 21 de septiembre de 2012

CANDELA, TÉ Y COSTURA


         Después de mucho buscar, Candela se convenció: a pesar de su formación, de su experiencia laboral, a pesar de su profesionalidad y su buen carácter, nadie tenía trabajo para ella. Cuarenta años es una edad estupenda para casi todo, pero en la mayoría de los sitios desestimaban su currículum por “ser mayor”. Había que pasar al plan “B”, pero desgraciadamente ese maravilloso plan aún no existía. No tenía ni idea de lo que podía hacer.

            Pensó en montar un negocio. Era una posibilidad que le rondaba la cabeza a menudo, pero todo lo que se le ocurría lo desechaba por inviable. Nada era lo suficientemente original, lo bastante creativo y atractivo como para mantenerse abierto en una época en que todas las persianas de tiendas y cafeterías se iban bajando, una tras otra, para no volver a levantarse. No se podía arriesgar a que eso ocurriese con su negocio. Tenía que salir adelante, sí o sí. En el momento comenzase, ya no habría vuelta atrás.

            Lo leyó en una revista: grupos de personas quedaban en un parque público para tejer, una forma de ocio creativa y barata, pero en cuanto llegaba el otoño esas citas se interrumpían por el mal tiempo. Después escuchó a una amiga quejarse de que necesitaba arreglar unas cortinas de su casa, pero que como no tenía máquina de coser debía encargar ese trabajo a una tienda y le cobraban un dinero que no le sobraba. Una mujer mayor se lamentó en la frutería de que su piso era tan pequeñito que tenía que cortar las piezas de los abrigos que hacía para sus nietas en el suelo, porque en ninguna mesa tenía suficiente espacio. En otra ocasión oyó a una amiga de su hermana, también desempleada, arrepentirse de no haber aprendido a coser y tejer, labores que nuestras abuelas dominaban pero que la mayoría de las jóvenes desconocemos por completo, y que en tiempos de crisis son tan útiles para salir adelante. Todos esos comentarios se fueron acumulando en su mente, y una noche, cuando se estaba quedando dormida en el sofá delante de la televisión, se unieron unos a otros como las piezas de un puzle. ¿Y si…?

            Rescató del trastero la vieja Singer de la abuela. No funcionaba, pero el mecánico se la puso a punto. “Si la vende se la compro, ya no hay máquinas como esta. Cose hasta lo más duro, no como las de ahora, que en cuanto cogen una tela un poco gorda se despatarran”. Pero la idea de Candela no era precisamente vender aquella pieza de museo, sino volverla a la vida. Con un pequeño préstamo compró tres máquinas nuevas, con motor eléctrico. Encontrar el local para alquilar no fue tarea fácil, pero al fin lo logró. Instaló una buena luz y las máquinas de coser. Después, puso un tablero grande con dos caballetes en un rincón, y junto a él colocó un maniquí de costura comprado de segunda mano. Una tabla de planchar, un centro de planchado doméstico que le habían regalado por Navidad y algunos libros sobre corte y confección completaron el conjunto.

            La parte central de su local fue el destino que eligió para los sofás; puso una mesita en el centro, de modo que aquello parecía casi el salón de su casa. Allí es donde se colocarían los tejedores, casi todo mujeres, pero con algún atrevido caballero que quisiera iniciarse en el arte de las agujas. En la barra, refrescos, una cafetera y una cuidada selección de tés e infusiones de todo tipo. No necesitaba más.

            Le costó un poco hacerlo funcionar. Recorrió el barrio dejando propaganda en los buzones, puso carteles en los portales, en las mercerías, en las tiendas. En todos los sitios que se le ocurrieron: “Candela, té y costura. Alquiler por horas de máquinas de coser. Tráelo hilvanado y termínalo aquí”. Se lo dijo a cuantas personas se le ocurrió que pudieran encontrarlo interesante: un buen té, conversación, costura, tejido. Pronto se formó un grupito de ganchillo que se juntaba por las tardes; unas a otras se enseñaban puntos y dibujos. Tres mujeres preguntaron si podían hacer encaje de bolillos allí, así que Candela habilitó un espacio con sillas para ellas. Y entre punto y punto, entre las telas, los hilos y el tac-tac-tac-tac de las máquinas, los consejos y las risas, iban y venían los tés, las galletas caseras que preparaba en el horno de su casa, y alguna que otra botella de mistela para alegrar las labores.

            “Candela, té y costura” es un lugar conocido en todo el barrio. Si os apetece probar una tarde, seguro que alguien os deja un par de agujas y un ovillo. La sonrisa de vuestra anfitriona, un buen té con hierbabuena y unas pastas de mantequilla puede que os hagan descubrir una nueva afición que os llene de verdad.

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