viernes, 28 de septiembre de 2012

CARTAS DE AMOR


            La clase de lengua y literatura no era, desde luego, la favorita de la mayoría de aquellos alumnos. El grupo de adolescentes, algunos atentos, otros no tanto, y muchos con la mente vagando quién sabe por qué lejanos derroteros, recibían las explicaciones de la Señorita Lomas, que se desesperaba viendo que su esfuerzo por enseñarles se perdía, clase tras clase, junto con su paciencia. No sabía qué podía hacer por animar a aquellos chavales a que leyesen buenos libros, a que se atreviesen a escribir. Necesitaba que comprendiesen el poder y la belleza que encierra el arte de juntar palabras, pero no encontraba la forma.

            Un día llegó al instituto, situado en un barrio marginal de una gran ciudad, resuelta a cambiar el hecho evidente de que la mayoría de aquellos chicos y chicas eran incapaces de expresarse por escrito de una manera correcta y coherente. Cuando les indicó la actividad que iban a realizar, todos la miraron de arriba abajo, como si no la conocieran. Pero no, era la misma señorita Lomas de siempre, con su pelo corto y alborotado, su blusa de flores, su falda recta y sus michelines. “la Búho”, como la apodaban a sus espaldas aludiendo a sus enormes gafas de pasta y su naricilla afilada, les miró a su vez, desafiante. “Vamos, no iréis a decirme que con quince años que tenéis no vais a ser capaces de escribir una carta de amor. ¿Cómo lo hacéis para decirle a alguien que os gusta y que queréis algo más que una coca-cola en el parque?” Todos se echaron a reír. La profesora señaló a uno de los estudiantes, un chico alto y guapote que tenía a la mitad de las niñas del instituto bobas perdidas. “Pues… me molas, tía. ¿Quedamos?” Se escucharon algunas risas tímidas, y a más de una le subieron los colores a la cara. “Y tú, Mónica, ¿cómo lo haces?”, le preguntó a una chica de la cuarta fila de pupitres, una estudiante regular con un serio ataque de acné en la cara. “Le mando un whatsapp, o si no tengo el móvil, un privi a su tuenti”. La señorita Lomas la miró fijamente. “Y en ese mensaje privado, ¿qué le escribes?” De nuevo risas. “No sé, estás como un queso, sería guay quedar, y eso”. La profesora levantó los ojos al cielo pidiendo ayuda. Aquellos jóvenes adolecían de una pobreza de vocabulario y una escasez de recursos a la hora de relacionarse que resultaban alarmantes.

            “Imaginad que vivís en otra época, un tiempo en el que solo había un teléfono en cada casa, y no en todas podían permitirse ese lujo. No existían los móviles, ni los PC, ni internet, ni las redes sociales. Nada de sms, ni de televisión de pago. Alguien os gusta desde hace tiempo, pero no está bien visto que vayáis directamente a decírselo a la cara, ni tenéis oportunidad de quedar a solas con esa persona porque las normas sociales no lo permiten. Tenéis que volcar todo lo que sentís en una carta, y enviársela. En ella debéis dejar claro cuanto queréis decirle, porque quizá de ello dependa que os mire o se aleje definitivamente. No vale sacarla de internet, quiero el trabajo escrito a mano, legible y bien presentado. Utilizad palabras correctas, al que se pase de listo con el tema sexual le pondré una mala nota. ¿Entendido? Pues hale, a trabajar. Tenéis hasta el viernes”.

            El murmullo de descontento se extendió por toda el aula. Nadie sabía por dónde empezar. Algunos pensaron en pedir ayuda a sus abuelos, otros en mirar en la Wikipedia algún escritor antiguo especializado en ese tipo de cartas para leer algo suyo y tomar ejemplo. Otros, la mayoría, decidieron improvisar. El siguiente viernes las pusieron sobre la mesa de la señorita Lomas, que las recogió para corregirlas en casa, con calma, durante el fin de semana.

            Armada de paciencia y bolígrafo rojo, la profesora de literatura emprendió su tarea el sábado por la mañana, después del desayuno. Aquello no había por dónde cogerlo. “Estás tan wena que lo flipo contigo”. “Me corta mogollón mirarte porque todas mis amigas están pilladas por ti”. “Cuando veo a las parejas morrearse en el parque, molaría que tú y yo fuéramos como ellos”. Estas y otras frases por el estilo salpicaban aquellos escritos; había faltas de ortografía tremendas, abreviaturas típicas del lenguaje electrónico, y la letra de algunas era infernal. Imposible calificarles el trabajo, eso significaría un suspenso general. No se salvaba ni uno.

            “Con esto no se enamoraría de vosotros ni una cabra, chicos. No puede ser que a estas alturas escribamos tan mal y con tantas faltas. Vamos a leer un libro cada dos semanas hasta que esto mejore”. Ahora sí que el murmullo de descontento se extendió como la pólvora. ¿Un libro cada dos semanas? ¡Eso era una barbaridad! ¿Qué se había pensado “la Búho”? Igual creía que no tenían otra cosa que hacer que perder tanto tiempo leyendo.

            Al día siguiente, la señorita Lomas recibió una nota del director para que fuera a hablar con él al despacho. Los alumnos y los padres habían puesto una queja contra ella por excederse con la carga de trabajo a los chicos. “Pero si solo les he pedido que lean”, protestó. “Saber escribir cartas de amor no es un objetivo del curso escolar”, le contestó el director. “Cíñete al programa o todos tendremos problemas. Y para lo que nos pagan, no vale la pena molestarse tanto”.

            Al final de aquel curso, la profesora de lengua y literatura se cansó de remar contra corriente, pidió la excedencia y puso una tienda de embutidos y fiambres. Triunfó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario